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Mamá por contrato: El secreto de los gemelos del magnate

Mamá por contrato: El secreto de los gemelos del magnate

Status: En proceso
Genre:Niñero / Padre soltero / Madre por contrato / La Vida Después del Adiós / Reencuentro
Popularitas:4.3k
Nilai: 5
nombre de autor: lulu

Ximena Rosales despertó de un largo coma sin recuerdos, sin familia y con una montaña de deudas. Cuando recibe una oferta para convertirse durante tres meses en la “mamá por contrato” de dos gemelos, no puede darse el lujo de rechazarla.
Leo y Luna, los pequeños herederos del poderoso Dante Nocedal, han ahuyentado a todas las mujeres que intentaron cuidarlos. Sin embargo, desde el momento en que conocen a Ximena, se aferran a ella como si llevaran toda la vida esperándola.
Dante no confía en aquella desconocida que ha conquistado tan rápido a sus hijos. Pero cuanto más intenta mantenerla a distancia, más difícil le resulta ignorar la atracción que crece entre ellos.
Entonces comienzan las amenazas, aparecen documentos falsificados y los recuerdos de Ximena regresan en forma de pesadillas: una noche en el hospital, dos bebés llorando bajo la lluvia y unas manos que se los arrancan de los brazos.
Alguien le robó su identidad, su pasado y cinco años de vida.
Pero el secreto más cruel duerme todas las noches bajo el techo de Dante Nocedal.

NovelToon tiene autorización de lulu para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 15

Lo que no se dijo esa noche

Bajaba con Luna recién bañada en brazos, envuelta en su toalla de unicornios que insistía en usar todas las noches, cuando mi pie resbaló en el último escalón, húmedo por algún charco que nadie había secado. Solté un grito, más de sorpresa que de miedo, y caí de lleno contra un pecho firme que apareció justo a tiempo para atajarnos a las dos.

—Te tengo —murmuró Dante, con los brazos cerrados a mi alrededor, sujetándome contra él mientras Luna, ajena por completo a la tensión del momento, se acurrucaba entre nosotros como si aquello fuera de lo más normal, bostezando contra mi hombro sin siquiera abrir bien los ojos.

Nos quedamos así varios segundos de más, su respiración cerca de mi oreja, el calor de su cuerpo filtrándose a través de mi ropa todavía húmeda por el baño de Luna, un latido que no supe si era el mío o el suyo, tan fuerte que parecía llenar todo el hueco de la escalera.

—Gracias —dije, apartándome al fin, con las mejillas ardiendo.

—Ten más cuidado —respondió él, seco, aunque no soltó del todo mi brazo hasta que estuve segura sobre mis pies, sus dedos deslizándose despacio antes de retirarse, como si les costara trabajo obedecer la orden de soltarme.

Luna, todavía medio dormida en mis brazos, levantó la cabeza justo a tiempo para ver la escena entre nosotros.

—¿Papá te va a atrapar siempre que te caigas? —preguntó, con esa lógica implacable de los niños que conectan puntos que los adultos prefieren no mirar de frente.

—No sé, mi amor —respondí, sintiendo que la cara se me encendía de nuevo—. Espero no volver a caerme, para no averiguarlo.

—Yo sí espero que te vuelvas a caer —dijo Luna, ya casi dormida otra vez, con una sonrisa somnolienta que no dejaba lugar a dudas sobre sus intenciones—. Así papá siempre te atrapa.

Dante carraspeó, incómodo, y se alejó por el pasillo antes de que yo pudiera responder nada, dejándome ahí, con la respiración todavía alterada y una niña dormida murmurando cosas que ninguno de los dos adultos estaba listo para admitir en voz alta.

Terminé de subir la escalera con Luna acomodada contra mi hombro, sintiendo todavía el calor de aquel abrazo accidental en la piel, igual que si me hubiera dejado una marca invisible. La arropé despacio, cuidando de no despertarla del todo, y me quedé un momento junto a la cama viendo cómo su respiración se volvía pareja, profunda, mientras yo seguía atrapada en el eco de unos brazos que no eran los míos para reclamar y que, sin embargo, se habían sentido exactamente como un lugar al que pertenecía.

—◆—

Después de la cena, los niños insistieron en jugar "tú lo dibujas, yo lo adivino", con crayones desparramados por toda la mesa, envolturas de plástico y puntas rotas incluidas. A Luna le tocó dibujar a su papá, y el resultado fue un monigote de líneas torcidas y expresión furiosa, con el ceño tan exagerado que ocupaba media cara del dibujo.

—¡Así te ves cuando te enojas! —explicó, orgullosa de su obra, sosteniéndola en alto para que todos la vieran.

—No me veo así —protestó Dante, aunque todos en la mesa nos reímos, incluido él mismo, un poco a su pesar.

Después le tocó dibujarme a mí, y esta vez el resultado fue distinto: una figura sonriente, rodeada de corazones torcidos de todos tamaños, con letras grandes que decían "MAMÁ" arriba, subrayado dos veces con crayón rojo.

Mientras tanto, en el otro extremo de la mesa, Luna repartía los crayones con una organización meticulosa que contrastaba con el caos de trazos que producía después, insistiendo en que cada color tenía un "trabajo" específico: el rojo para el amor, el amarillo para la felicidad, el negro solo para "cuando alguien se porta feo".

—A ella no le pusiste el ceño enojado —observó Leo, comparando ambos dibujos con la seriedad de un crítico de arte.

—Porque ella no se enoja como papá —explicó Luna, encogiéndose de hombros, como si fuera la cosa más obvia del mundo—. Ella solo se enoja cuando alguien nos hace algo feo. Papá se enoja hasta por el jarrón.

—Eso no es cierto —protestó Dante, aunque la protesta le salió débil, sin convicción, mientras seguía mirando el dibujo con corazones que Luna sostenía en alto, sin poder apartar los ojos de esas letras rojas.

Dante se quedó mirando ese dibujo más tiempo del necesario, algo cruzando por su rostro que no compartió con nadie, un gesto que se apagó tan rápido como llegó, como si lo hubiera atrapado a tiempo antes de que alguien más lo notara.

Más tarde, después de acostar a los niños, bajé a la cocina por un vaso de agua y pasé frente al despacho. La puerta estaba entornada, una franja de luz cálida cortando el pasillo oscuro. Adentro, Dante seguía sentado frente al escritorio, pero no trabajaba: tenía el dibujo de Luna extendido frente a él, mirándolo fijamente, con una expresión que no supe descifrar, algo entre el asombro y la nostalgia de algo que nunca había tenido.

Me detuve en el umbral. Él levantó la vista y me encontró observándolo.

Ninguno de los dos dijo nada. Nos quedamos así, mirándonos a través del espacio entre la puerta y el marco, con algo cargado en el aire que ninguno se atrevía a nombrar, un silencio que decía más que cualquier frase que pudiéramos armar.

—Buenas noches —dijo él, por fin, rompiendo el silencio, y apartó la vista con una brusquedad que no encajaba con el momento, guardando el dibujo en un cajón con cuidado casi ceremonial, igual que si fuera algo demasiado valioso para dejarlo a la vista.

—Buenas noches —repetí, y subí las escaleras con el corazón latiéndome extraño, preguntándome cuánto tiempo más podríamos seguir fingiendo que no pasaba nada entre nosotros, cuánto tiempo más podría yo misma seguir fingiéndomelo a mí sola.

A mitad de las escaleras me detuve, con la mano en el barandal frío de mármol, y volteé a mirar hacia abajo. La luz del despacho seguía encendida, la sombra de Dante todavía inmóvil frente a la ventana. Por un instante pensé en bajar de nuevo, en preguntarle directamente qué era lo que sentía, qué éramos en realidad más allá de un contrato y dos niños que ya nos habían adjudicado un final feliz sin preguntarnos. No lo hice. El miedo a la respuesta —fuera cual fuera— pesaba más que la curiosidad.

Ya en mi cuarto, me senté frente al espejo del tocador a cepillarme el cabello, un gesto mecánico que hacía cada noche sin pensar, y por primera vez me detuve a mirar de verdad mi propio reflejo. Una mujer de treinta y pocos años, con ojeras que ya no eran tan profundas como al despertar del coma, con una cicatriz pequeña en la ceja que nadie me había explicado del todo. ¿Quién eras tú, antes de todo esto?, le pregunté a esa desconocida en el espejo. ¿Sabías reír así, sonrojarte así, por un hombre que apenas conoces?

Me pasé el cepillo por el cabello una vez más, despacio, contando las cerdas contra el cuero cabelludo como quien busca en un gesto repetido algo de calma. Pensé en la mano de Dante sosteniéndome en la escalera, en el dibujo con corazones guardado en el cajón como un tesoro que no se atrevía a mostrar. Tal vez el pasado no importa tanto como creo. Tal vez lo que importa es esto: una casa, dos niños que ya me llaman mamá, un hombre que guarda mis dibujos como si fueran de valor. El espejo, por supuesto, no respondió. Solo me devolvió la misma pregunta, intacta, esperando una respuesta que ni siquiera yo sabía si algún día llegaría. Apagué la luz y me quedé despierta un buen rato, escuchando los ruidos propios de la casa asentándose para la noche —una puerta que se cerraba en algún piso, los pasos lentos de Don Simón haciendo su última ronda, el viento moviendo las jacarandas del jardín—, hasta que el sueño, al fin, me venció sin darme tregua para seguir pensando.

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Edith Valenzuela
es muy testaruda, no acepta ayuda, es agotadora
Edith Valenzuela
pero este personaje es muy tonta, cero capacidad de unir situaciones, cree que es mujer con super poderes!!!!!!
Isabella Varela
Lulú que novela tan larga nada de momentos de amor ,solo tragedia tras tragedia muy cansona no me gustó.
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