Rosaly es una loba Alfa de pura sangre, primogénita de la manada Tierra de Fuego. Sin embargo, para huir de las guerras y de la presión por encontrar a su pareja ideal, se exilia en la ciudad y abre el Spa Serenidad Azul junto a su mejor amiga Thais. Su pacífica vida de oficina cambia por completo cuando dos hombres imponentes vestidos de traje entran exigiendo un masaje VIP.
Al cruzar miradas, su loba ruge una palabra: «¡MATE!». El cliente de ojos carmesí es Asmodeo Vane, el mismísimo Rey del Inframundo. Él busca a unos demonios traidores compinchados con brujas oscuras y con el tío rebelde de Rosaly para destruir a su familia.
Rosaly no es una sumisa damisela en apuros y Asmodeo no acepta un «no» por respuesta. En medio de un sensual tira y afloja entre la CEO de la ciudad y el Soberano del Abismo, se sellará la alianza más peligrosa de sus vidas. ¿Podrá el fuego del infierno domar el orgullo de la manada?
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CAPITULO 17. EL DESFILADERO DE LAS SOMBRAS
El camino hacia el centro del bosque era cada vez más empinado y oscuro. Nos movíamos en una sola fila india, pegados a las paredes de roca gris del gran desfiladero que partía el Valle de las Sombras en dos. La niebla aquí abajo era tan espesa que apenas me permitía ver la espalda de mi padre, que iba unos pasos por delante guiando la marcha con paso firme. A mi lado, Asmodeo caminaba sin hacer el menor ruido, con las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta de cuero, pero con sus ojos rojos brillando en la penumbra como dos brasas alerta.
Detrás de nosotros venían Thais y Damian, seguidos muy de cerca por Saúl y Tobías, que avanzaban con los puños apretados y una tensión que se podía cortar con un cuchillo. Cerrando la comitiva, la reina bruja Celeste y tres de sus seguidoras sostenían sus báculos de madera blanca, listos para cualquier sorpresa.
Kala, mi loba, caminaba con las garras listas en mi mente, olfateando el aire con desconfianza. El olor a pino y tierra de nuestra manada había desaparecido por completo; ahora el ambiente apestaba a azufre y a esa magia de sangre podrida que delataba la presencia del clan de Morgana.
—Estamos cerca —susurró mi padre, deteniéndose detrás de una enorme roca que bloqueaba parte del sendero—. El campamento central de mi hermano está justo al pasar esta curva de la montaña. Pero mis ojos no ven nada más allá de tres metros por culpa de esta dichosa niebla artificial.
Celeste dio un paso al frente, colocándose al lado de mi padre. Rozó el agua del suelo con la punta de su báculo blanco y un destello dorado muy tenue, como el reflejo del sol en un espejo, empezó a extenderse por las paredes del desfiladero.
—Es el velo de Morgana —explicó la bruja blanca en voz baja—. Ha cubierto el desfiladero con un hechizo que nubla la vista y el olfato de los cambiaformas. Si dais un paso más sin protección, vuestros sentidos os engañarán y acabaréis cayendo por los barrancos o caminando directos hacia sus trampas. Esperad un momento.
Celeste cerró los ojos y empezó a susurrar unas palabras en un idioma que sonaba a viento y a hojas de árboles en primavera. El cristal de su báculo brilló con más fuerza, y vimos cómo una onda de luz dorada avanzaba por el suelo del desfiladero, empujando la niebla oscura hacia los lados, abriéndonos un camino limpio y visible.
Gracias a la magia de Celeste, el panorama quedó al descubierto. A unos veinte metros, apostados en los salientes de la roca, tres lobos rebeldes de Gustav hacían guardia. Tenían los ojos inyectados en sangre y las garras fuera, pero parecían desorientados porque la luz dorada de Celeste estaba anulando el hechizo que los ocultaba.
Saúl soltó un gruñido sordo y dio un paso al frente, listo para abalanzarse sobre ellos y destrozarlos con sus propias manos para llegar hasta su Luna, pero le puse una mano firmemente en el pecho, obligándolo a detenerse.
—Quieto, Saúl —le ordené en un susurro, mirándolo fijamente con mis ojos zafiro—. Si saltas ahora y ruges, alertarás a todo el campamento de Gustav. Hay que sacarlos de ahí sin hacer ruido.
—Tu hermana tiene razón, cachorro —intervino Damian, apareciendo detrás de nosotros con una agilidad pasmosa—. Dejadme esto a mí. En mi mundo, los centinelas que no ven venir el peligro no merecen una segunda oportunidad.
Damian miró a Asmodeo, y el Rey Demonio simplemente asintió con la cabeza, dándole el visto bueno. El general se agachó sutilmente y, en un abrir y cerrar de ojos, se desvaneció en el aire, convirtiéndose en una sombra gris que se deslizó velozmente por la pared de roca del desfiladero.
Thais se asomó por el borde de la roca, conteniendo la respiración, preocupada por su mate. Yo la tomé del hombro para darle ánimos. Segundos después, vimos cómo las sombras del desfiladero parecían cobrar vida propia en lo alto de los salientes. Los tres guardias de Gustav ni siquiera tuvieron tiempo de aullar; una fuerza invisible los tomó del cuello y los arrastró hacia la penumbra de las rocas. El silencio volvió a reinar en el desfiladero.
Un instante después, Damian reapareció frente a nosotros, sacudiéndose las manos de forma casual, como si acabara de limpiar el polvo de una estantería del Spa.
—El camino está despejado —anunció el general con su habitual tono de granito—. Pero daos prisa. Morgana va a notar la desaparición de su magia en este tramo en cuestión de minutos.
—Vamos —dijo mi padre, apretando los dientes y avanzando a paso ligero entre las rocas desfiladero abajo, con Saúl y Tobías pisándole los talones.
Aprovechando el momento de avance, Asmodeo se emparejó conmigo en la marcha, rozando su brazo con el mío. El lazo místico me envió un chispazo de calor reconfortante que me ayudó a mantener la calma en medio de tanta oscuridad.
—Lo estás haciendo de maravilla, Rosaly —me susurró al oído con esa voz grave que me revolvía las hormonas—. Controlar a un Alfa joven y desbocado por el dolor del lazo no es tarea fácil. Tienes la templanza de una verdadera gobernante.
—Te lo dije en el bosque, Asmodeo —le respondí de medio lado, sin apartar los ojos del camino—. Soy la CEO de mi negocio y la primogénita de esta manada. No voy a dejar que la impaciencia de mi hermano eche a perder todo el plan. Vamos a sacar a Lucía de ahí y vamos a enterrar a mi tío de una vez por todas.
Asmodeo sonrió de par en par, y sus ojos rojos brillaron con una admiración tan profunda que juraría que si no estuviéramos a punto de entrar en un campamento enemigo, me habría plantado otro beso de esos que te dejan sin aire.
—Me muero de ganas de verte en acción cuando lleguemos al altar, mi reina —admitió el Rey Demonio—. Morgana no sabe la que se le viene encima con vosotras.
Terminamos de cruzar el último tramo del desfiladero. Al doblar la gran curva de la montaña, la luz dorada de Celeste chocó de frente contra una barrera de energía violeta y oscura que palpitaba en el fondo de la hondonada. Frente a nosotros se abría el Valle de las Sombras en todo su esplendor lúgubre: las hogueras de fuego verde, el altar de piedra negra y las decenas de lobos corrompidos de mi tío Gustav patrullando los alrededores.
En lo alto del altar, pude divisar la silueta atada de la pequeña Lucía, y la furia de Kala en mi interior se encendió como una hoguera. El sigilo se había terminado. Estábamos en la entrada de su madriguera, las cartas estaban sobre la mesa, y el primer asalto de la batalla definitiva estaba a punto de estallar ante nuestros ojos.