Ella murió a manos de su propia hermana. Pero el destino le dio una segunda oportunidad: despertó en el cuerpo de una mujer inteligente, carismática y casada con el hombre más poderoso y deseado. El mismo hombre por el que siempre había sentido admiración.
Todo parece un sueño hecho realidad. Hasta que descubre que el "amor del pasado" de su esposo no es otra que su asesina.
Ahora, atrapada en un matrimonio que cree una farsa, solo quiere una cosa: el divorcio y la libertad para vengarse. Pero su esposo, frío e implacable con el mundo, se convierte en un muro de fuego cuando ella pronuncia la palabra "Divorcio".
Él no piensa soltarla. Ella no piensa quedarse.
Y entre la venganza, los secretos y un deseo que ninguno de los dos puede controlar, comienza una guerra de poder donde el amor se disfraza de odio... y la verdad podría ser el arma más peligrosa de todas.
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Capítulo 2: El Teatro del Dolor
La mansión de la familia Fernández amaneció envuelta en un silencio pesado. Las cortinas de terciopelo estaban corridas, los criados se movían de puntillas y el aroma a café recién hecho flotaba en el aire sin lograr disipar la atmósfera de duelo que se había instalado en cada rincón.
En el salón principal, la familia estaba reunida. La noticia había llegado al amanecer: Ana Fernández había muerto. Se había arrojado desde la azotea del edificio de la empresa familiar.
O eso decía Fernanda.
La joven estaba sentada en el sofá de terciopelo azul, con el rostro hundido entre las manos y los hombros temblorosos. Sus lágrimas caían con una precisión casi teatral, cada sollozo medido para provocar la reacción adecuada.
—No entiendo por qué lo hizo —murmuró, con la voz entrecortada—. Si yo... si yo hubiera sabido que estaba tan mal...
Su prometido, Alexander Santander, estaba a su lado con el brazo rodeando sus hombros. Su rostro era una máscara de preocupación, aunque sus ojos grises miraban el vacío sin un ápice de emoción genuina.
—No te culpes, Fernanda —dijo él, con una voz que sonaba ensayada—. No podías hacer nada.
—Pero es mi hermana —gimió Fernanda, apretándose contra su pecho—. Debería haberla cuidado mejor. Debería haber notado que algo andaba mal.
La madre, Doña Carmen Fernández, permanecía en el sillón contiguo con la mirada perdida. Sus dedos jugueteaban con un pañuelo de encaje, arrugándolo una y otra vez. Tenía los ojos enrojecidos y el rostro pálido, como si hubiera envejecido diez años en una sola noche.
—Mi niña —susurró, con voz quebrada—. Mi Ana...
El hermano mayor, Leonel Fernández, se inclinó sobre su madre y le tomó la mano con firmeza.
—Tranquila, mamá.
A su lado, el segundo hermano, Martín Fernández, asintió con el rostro sombrío. Tenía los puños apretados y la mandíbula tensa. No había llorado. Aún no.
—¿Qué pasó exactamente? —preguntó Leonel, dirigiendo su mirada hacia Fernanda—. ¿Por qué Ana subió a la azotea?
Fernanda levantó el rostro, con las mejillas bañadas en lágrimas y los ojos enrojecidos. Parecía la imagen perfecta del dolor.
—Estaba... estaba muy alterada —respondió, entre sollozos—. Llegó a mi habitación anoche y empezó a gritarme. Me dijo que me odiaba. Que estaba celosa de mi compromiso con Alexander. Que siempre había sido la favorita y que no soportaba verme feliz.
—Pero si ella sabía que tú te casarias con el —repitió Martín, frunciendo el ceño—. Ana nunca fue una persona celosa. ¿estás segura de eso?.
—No la conocías como yo —se apresuró a decir Fernanda—. Últimamente estaba rara. Muy rara. Se encerraba en su habitación, no quería hablar con nadie, y cuando lo hacía, decía cosas horribles.
Carmen levantó la mirada, con una chispa de incredulidad en sus ojos.
—¿Cosas horribles? ¿Cómo qué?
Fernanda dudó un segundo, como si el recuerdo le causara dolor.
—Decía que yo le había robado todo. Que Alexander debería ser suyo. Que merecía ser la novia y no yo. Luego salió corriendo y subió a la azotea. Yo... yo intenté detenerla, mamá. Lo juro. Pero Ella me gritó que yo tenía la culpa de todo y saltó.
Un sollozo colectivo recorrió la sala.
Carmen se llevó el pañuelo a los labios y rompió a llorar. Leonel apretó los dientes y desvió la mirada. Martín clavó los ojos en el suelo, con una mezcla de incredulidad y rabia.
Solo el señor Ignacio Fernández permanecía en pie, al fondo de la sala, con los brazos cruzados y el rostro de piedra.
Era un hombre de sesenta años, alto y corpulento, con el cabello gris y unas cejas pobladas que se fruncían en una mueca de desagrado. No había llorado. Ni siquiera se había sentado.
Cuando al fin habló, su voz fue un latigazo.
—¿Se suicidó? —preguntó, y su tono no era de dolor, sino de furia contenida—. A caso la tratábamos tan mal para que hiciera eso.
—Papá —intervino Leonel , con cautela—, no es momento para eso.
—¿Para qué? —espetó el señor Fernández, dando un paso adelante—. ¿Para hablar de la vergüenza que nos ha causado? ¡Una hija mía suicidándose! ¿Sabes lo que dirán nuestros conocidos? ¿Qué dirán los periódicos? "Ignacio Fernández no pudo mantener a su propia familia. Su hija se mató porque no la trataban bien".
—¡Ignacio! —lo cortó Carmen, con voz temblorosa—. ¡Nuestra hija ha muerto! ¿Cómo puedes hablar así?
—Porque hasta muerta sigue siendo un problema —gruñó el hombre, sin inmutarse—. Siempre lo fue. No entiendo porque la tuviste. ¿Y ahora esto? Un suicidio en el edificio de la empresa. La policía va a investigar, los medios van a husmear. ¿Sabes el daño que puede hacer esto a la imagen de la familia?
Fernanda ahogó un sollozo y se aferró con más fuerza a Alexander.
—Papá, no seas cruel. Ana no estaba bien. Necesitaba ayuda.
—¡Pues debió pedirla antes de saltar! —bramó el señor Fernández—. Ahora tengo que lidiar con las consecuencias de su estupidez.
Alexander, que había permanecido en silencio hasta entonces, habló con suavidad pero con firmeza.
—Señor Fernández, entiendo su frustración. Pero creo que lo mejor ahora es enfocarnos en arreglar el asunto con discreción. La policía estará aquí en cualquier momento. Necesitamos tener una versión coherente de los hechos.
El señor Fernández lo miró con aprobación. Alexander siempre había sido un aliado útil.
—Tienes razón —dijo, enderezándose—. Voy a llamar a mi abogado. Que prepare una declaración para la prensa. Diremos que fue un accidente. Que Ana resbaló mientras estaba en la azotea. Nadie necesita saber la verdad.
—Pero papá, ¿cómo vas a mentir sobre la muerte de tu propia hija? —preguntó Martín, con el rostro encendido.
—¡Porque tengo que proteger a esta familia! —respondió su padre—. ¿O acaso quieres que todos sepan que mi hija estaba tan perturbada que se mató por los celos? ¿Quieres que el apellido Fernández sea el hazmerreír de todo el país?
—No puedes hacer eso papá —intervino Leonel, con voz tensa—. Estás haciendo que mi hermana quede como una enferma.
—Pues ella misma lo dijo, ¿no? —señaló el señor Fernández, señalando a Fernanda—. Le dijo que estaba celosa. Eso es suficiente para mí. Ahorremos todos el drama y enfoquémonos en salvar el negocio.
Fernanda, que había seguido la conversación con el rostro hundido entre las manos, escondió una sonrisa de satisfacción. Todo estaba saliendo según lo planeado. Su padre, el único que podía ponerle trabas, estaba tan cegado por su reputación que se tragaba la mentira sin cuestionarla.
Su madre y sus hermanos, por otro lado, no parecían dudar. Y la palabra de Fernanda, una hija inteligente, astuta y perfecta, siempre pesaba más que la de la hermana problematica.
Alexander la estrechó contra su pecho con ternura.
—Tranquila, amor —murmuró—. Todo va a estar bien. Vamos a superar esto juntos.
Fernanda asintió, con lágrimas rodando por sus mejillas.
será que ése viejo sabe que Fernanda mato a Ana y por eso no quiso investigaciónes.!!?? 😱
Alessandra mal interpretó todo o no puede que el todavía sienta algo por la zorra esa