"Dos apellidos enfrentados. Un amor prohibido. Una vida que lo cambiará todo."
Camila Santana siempre supo que su familia odiaba a los Santoro. Creció escuchando historias de traiciones, sangre y ruina. Por eso, cuando la envían al extranjero a los ocho años, cree que escapa de ese infierno. Pero el infierno la espera a su regreso.
Veintitrés años, fogosa y decidida, Camila vuelve a casa para encontrarse con su destino: el hijo de los Santoro. Lo que nace entre ellos es un torbellino de pasión y peligro, de caricias que saben a pecado y miradas que prometen guerra. Pero el odio de sus familias no es un rumor: es una sentencia.
Cuando un embarazo inesperado los une para siempre, Camila deberá enfrentarse a la pregunta más difícil: ¿puede el amor de dos personas vencer al odio de dos apellidos? ¿O su hijo estará condenado a heredar una guerra que no eligió?
Una historia de amor, lealtad y el valor de romper cadenas.
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Capítulo 15 No soy tu cuñada
Camila tenía que hablar seriamente con Carola; debía pedirle quedarse en la casa de su prima para no levantar sospechas. Y Carola estaba furiosa: esos Santoro andaban dando batalla.
—Cami, ¿qué dijo la tía? ¿Te quedas? —dijo Carola mientras Camila asentía.
—Le dije que ya casi está mi departamento cerca de la empresa, y que no tendré que molestarte tanto —Carola asintió.
—Es verdad, es difícil pasar estos sobresaltos con los Santana sobre tu cabeza. Bien, ¿a qué hora se ven? —dijo Carola mientras Camila se arreglaba un poco, ni exageradamente llamativa ni demasiado sencilla, como quien va a cenar con un amigo que no ve hace tiempo.
Camila llegó al Mercader Pescante, y antes de que pudiera entrar, un hombre joven se acercó: Andrés Getta, el mejor amigo de Rocco Santoro.
—Cuñada, Rocco me pidió que te lleve a su departamento. Vamos —dijo abriendo la puerta del coche, que obviamente no tiene nada que ver con los autos Santoro.
Camila dudó, pero recibió un mensaje. Andrés Getta es mi amigo desde la infancia, él te trae, decía el mensaje. Camila asintió y se subió en el asiento de atrás; no confía en los Santoro y menos en sus amigos.
—Cuñada, eres increíble. Ninguna mujer hizo que Rocco Santoro se retire de una puja que quería ganar, o que sus amigos de infancia sean choferes, y para colmo de males, eres una Santana —dijo mientras Camila miraba por la ventana y no sabía si sentirse halagada o insultada.
—Andrés, ¿verdad? Solo tenemos negocios y cosas que tratar, y si soy una Santana, por lo mismo no deberías andar especulando tonterías —dijo mirándolo por el retrovisor, y fue cuando la encantadora mirada de Camila se volvió fría y con un tinte de malicia.
—Perdón, cuñada —pero antes de que Andrés terminara de hablar:
—No soy tu cuñada, soy una joven soltera. Si lo dices en público, me vas a meter en problemas; aún planeo casarme y tener una familia —dijo Camila mientras Andrés se quedó mudo. Cerró la boca por fin.
Camila se bajó en el aparcamiento del edificio FontanaRicci. Ya en el ascensor, Rocco la esperaba.
—Hola, conejita. Vamos arriba, hablemos de negocios —dijo mientras Camila asentía y entraban al ascensor.
—¿Tienes alergia a algo? —dijo mientras subían al penthouse, que es el departamento de Rocco.
—Soy alérgica al maní, pero si hay accidentes, tengo mi epinefrina en mi cartera. ¿Y tú?, ¿tienes alguna alergia? —Camila preguntó con genuina curiosidad; siempre fue animada, de buen carácter, espontánea y alegre.
Rocco la miró y había un brillo en sus ojos que ni él mismo reconocería.
—No tengo alergias, pero ahora sé que cuando nos veamos, en este departamento está prohibido el maní —Rocco casi sonríe al decirlo. Él, que nunca está pendiente de lo que hay para comer en su departamento, de repente tiene que vigilar su nevera a la hora de cocinar para Camila.
—¿Eh? No tienes que cuidar nada, solo pide algo para llevar que no tenga maní —dijo ella distraída, haciendo que Rocco suelte una carcajada que coincide con el ascensor abriéndose.
—Nada de eso. Yo voy a cocinar esta noche, y mientras tanto, hablamos sobre la colaboración de Metaltech. —Rocco, que tenía ropa de diario, se veía más joven, menos frío.
—¿Tú cocinas? —Camila estaba impresionada y se sentó entusiasmada en la silla de la isla.
—Claro que sí. He vivido solo años. La señora que te dejó el recado el otro día se llama Sara, es mi ama de llaves, pero ella solo se ocupa de la limpieza, de que todo esté en orden, las compras y demás. Pero si solo por falta de tiempo no puedo cocinarme, ella me cocina.
—Vaya, eres talentoso —Camila sonrió como un lindo sol, dejando a Rocco emocionado y caliente como un volcán.
—Lo sé. Espera a probar mi comida y me dices qué tal lo hago. Después de todo, no necesito preguntar qué tal lo hice la otra noche en la cama; ya me diste tu respuesta esa misma noche —dijo mientras Camila se ponía roja y se enfadaba.
—Degenerado, y todavía lo mencionas. Aún me debes por eso… —Camila casi bufaba.
—No, conejita. Recuerda que perdiste una apuesta; la que me debe noches de placer eres tú —dijo Rocco mientras cortaba las verduras, y Camila quería asesinarlo.
*_*
Mientras tanto, algo que nadie sabía era que César se fue al estudio fotográfico de Carola. Ella siempre se iba de noche a revelar sus fotos; era una excelente fotógrafa y no se metía en temas de la empresa. Cuando estaba esperando a que secaran sus revelados, el timbre sonó. Cuando abrió la puerta, ahí estaba César Santoro, con cara de pocos amigos pero con la determinación de definir qué era lo que le pasaba con Carola Belmonte.
—¿Qué haces aquí? —dijo Carola confundida.
Carola llevaba una camiseta escotada con un top que sujetaba su copa C sin mucho éxito, una calza que revelaba sus curvas y esas piernas que eran de catálogo. César tragó saliva, tres veces. Era tan difícil hablar con ella: preciosa y con un cuerpo que lo volvía loco, y para colmo, ese carácter que lo llamaba a querer pelear con ella todos los días de su vida, a llevarle la contraria solo para escucharla despotricar, razonar y ordenar como solo ella lo hace.
—Vengo a hablar sobre tu prima y mi hermano. Creo que deberíamos saber la postura de cada uno sobre esto —dijo César tratando de salir del paso, y también de salir de las ganas de saltar sobre ella en medio de ese estudio.