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Me casé con el papá de mi acosadora

Me casé con el papá de mi acosadora

Status: Terminada
Genre:CEO / Diferencia de edad / Ascenso de clase social / Casada con el millonario / Romance oscuro / Venganza por acoso / Completas
Popularitas:1.2k
Nilai: 5
nombre de autor: VivianMansano

—Ve y acúsame con mi papá —se burló Daniela Solana después de humillarla una vez más.
Maite Guzmán hizo exactamente eso.
Con veintidós años, una beca que no podía perder y un celular lleno de pruebas, entró en la oficina del hombre más poderoso de Monterrey. Esperaba que Rodrigo Solana comprara su silencio. En cambio, él castigó a su propia hija, le dio de comer cuando Maite se desmayó de hambre y decidió que nadie volvería a tocarla.
Rodrigo tiene cuarenta y seis años, una fortuna de esas que abren cualquier puerta, una exesposa que todavía lo reclama y la costumbre de controlarlo todo. Maite es la compañera de universidad de su hija, viene de un rancho y no piensa deberle nada a ningún hombre.
Pero la gratitud se convierte en deseo. Las miradas clandestinas terminan detrás de una puerta cerrada, y el hombre más frío de Monterrey descubre que con Maite no sabe ser prudente: quiere protegerla en público, hacerla temblar en privado y convertirla en su esposa.
Daniela todavía no sabe que la becada a la que humilló duerme en la cama de su padre.
Cuando lo descubra, ya será demasiado tarde: Maite no será su víctima. Será su madrastra.

NovelToon tiene autorización de VivianMansano para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 20

Capítulo 20: Más de quince años, ni lo pienses

Rodrigo manejó con una mano. La otra la tenía ocupada: Maite se la había agarrado sin destaparse los ojos, y con la que le quedaba libre escribía algo en el celular, a ciegas, entre dos dedos abiertos.

—No hagas trampa.

—Le estoy contestando a mi amá.

—¿Qué le dijiste?

—Que ahorita voy. —Guardó el celular debajo del muslo—. Mentira número uno.

Él no dijo nada. Siguió el río hacia arriba, por la brecha, hasta donde los sabinos se volvían nogales y la sombra era más ancha. Se estacionó. Rodeó la camioneta, le abrió la puerta y la bajó de la mano, despacio, guiándola entre las piedras.

—Ya.

Maite se destapó los ojos.

Debajo del nogal más grande había una cobija extendida, una hielera azul, una sombrilla de playa clavada en la tierra y una canasta con fruta: mango ya pelado, sandía en cubos, uvas verdes. Tomás lo había mandado poner la noche anterior. Rodrigo no le preguntó a quién había despertado para hacerlo.

—¿Tú hiciste esto?

—Yo lo pedí.

—Eso no cuenta.

—Cuenta. —Se sentó en la cobija. Le tronó una rodilla. Los dos fingieron que no—. Ven.

* * *

Comieron con las manos. Ella se manchó la barbilla de mango y él se la limpió con el pulgar. Después, sin preguntar, Maite se acostó con la cabeza en su pierna y cerró los ojos.

—Me duele la cabeza desde anoche. De tanto llorar.

Rodrigo le puso dos dedos en las sienes y apretó en círculos, lento. A los cinco minutos, ella respiraba pesado. A los diez, dormía.

La dejó dormir una hora. No se movió. Se le acalambró la pierna y tampoco se movió. Revisó correos con el pulgar, sin sonido, y los dejó sin contestar.

Cuando abrió los ojos, él tenía una uva entre los labios. Se inclinó. Ella la tomó de su boca, riéndose, con los ojos todavía hinchados.

Luego se incorporó de golpe.

—Vámonos al Registro Civil. —Lo dijo muy seria, con el pelo aplastado de un lado—. Hoy. En General Terán. Nadie tiene que saber.

Rodrigo le sostuvo la mirada.

—No.

—¿Cómo que no? Tú me lo pediste.

—Te pedí que te casaras conmigo. No a escondidas de tu mamá.

—Rodri…

—No me voy a casar contigo a escondidas de tu mamá, Maite. —Le acomodó el pelo aplastado—. Voy a ir a tu casa. Voy a tocar la puerta. Y le voy a pedir tu mano.

—¿Mañana? —Maite se puso pálida—. No. Se me muere del coraje. Te juro que se me muere.

—¿Cuándo es tu cumpleaños?

—El veintisiete de octubre. ¿Por qué?

—Ese día, a más tardar, le pido tu mano a tu mamá. En persona.

Ella se quedó con la boca abierta. Iba a contestar cuando le sonó el celular. En la pantalla decía Amá. Maite respiró hondo y contestó con una voz que Rodrigo no le conocía, más aguda, más niña.

—Bueno. Sí, amá. No, es que me encontré a unas compañeras en la cabecera. Estamos viendo lo de las prácticas. —Pausa—. Sí, ya sé que está Beto. Dile que perdón. Llego a cenar.

Colgó. Se quedó mirando el celular.

—Mentira número dos.

Rodrigo miró el río. Algo se le hundió en el estómago, despacio, como una piedra en agua quieta.

—Perdóname.

—¿Tú por qué?

—Porque me escondes. —Lo dijo sin mirarla—. Y me escondes porque soy viejo.

Maite le tapó la boca con la mano. Fuerte. Tenía los dedos pegajosos de mango.

—No vuelvas a decir eso.

Él le besó la palma. Ella no quitó la mano hasta mucho después.

* * *

Al atardecer se metieron a la camioneta por los mosquitos. Los besos empezaron por despedida y dejaron de serlo. Maite se le subió al regazo y le desabrochó dos botones de la camisa. Metió las manos por debajo, recorriéndole el pecho y la espalda con una prisa que le arrancó a Rodrigo un sonido ronco contra la boca.

Él le hundió una mano en el pelo y con la otra la sujetó de la cintura. El vestido se le subió por encima de las rodillas. La dureza de Rodrigo quedó apretada entre sus piernas y Maite soltó el aire de golpe. Se movió una vez, despacio, probando el roce.

Rodrigo cerró los dedos sobre sus caderas y la hizo repetirlo.

El segundo movimiento les borró la risa. La besó más hondo, le recorrió el cuello con la boca y bajó hasta el escote. Su palma cubrió uno de sus pechos por encima de la tela; el pulgar encontró el pezón endurecido y Maite arqueó la espalda, respirándole el nombre en la oreja.

Ella llevó una mano al cinturón. Rodrigo la alcanzó antes de que tocara la hebilla y se la sostuvo contra el pecho. Los dos jadeaban. La mano que él tenía en su muslo seguía demasiado arriba para fingir calma.

—Si abres eso, no salimos de esta camioneta —dijo.

—Entonces no salgamos.

Rodrigo cerró los ojos y apoyó la frente en la de ella. Tardó varios segundos en poder hablar.

—En nuestra casa, Maite. Quiero quitarte la ropa sin prisa. Quiero que mañana recuerdes dónde fue nuestra primera vez y no una camioneta llena de mosquitos.

Ella se quedó quieta, todavía respirando rápido.

—Me vas a volver loca.

—Ya somos dos. —Le bajó la orilla del vestido hasta las rodillas, aunque los dedos le temblaron al hacerlo—. Vente a Monterrey la semana que entra. A nuestra casa. Y cuando cumplas un mes en las prácticas, traemos a tu mamá unos días. Para que me conozca sin tener que decirle nada todavía.

—¿Y si le cae mal?

—Le va a caer mal. Al principio.

Maite se rio contra su cuello.

A las ocho y media recogieron la motoneta en el estacionamiento de la cabecera, donde la había dejado el muchacho que mandó Tomás. Rodrigo la siguió de lejos por la carretera, con las luces bajas, hasta que vio la motoneta doblar junto al letrero. Esperó a que desapareciera. Se quedó un minuto más.

Luego regresó a la cabecera.

* * *

El hotel tenía un ventilador de techo que hacía ruido y una colcha con flores. A las diez y media, Rodrigo estaba sentado a la orilla de la cama, con la camisa abierta y el celular en la almohada, oyéndola lavarse los dientes a cien kilómetros de su casa y a quince minutos de él.

—¿Ya te acostaste? —preguntó ella.

—Ya.

—¿Está feo el hotel?

—Tiene flores.

Ella se rio. Luego se oyó una puerta.

—Mija, ¿estás despierta?

La voz de doña Rosa. Se oyó un roce, la tela de una sábana, y el sonido cambió: amortiguado, cercano. Maite había volteado el celular boca abajo sobre la cama. No había colgado.

Rodrigo dejó de respirar.

—Siéntate, amá.

—Don Chema dice que te vio subirte a una camioneta negra en el río.

Silencio. El ventilador de techo daba vueltas.

—¿Tienes novio en Monterrey?

Pasó tanto tiempo que Rodrigo pensó que la llamada se había caído.

—Sí, amá.

Doña Rosa no dijo nada. Luego, más suave de lo que él esperaba:

—¿Y te trata bien?

—Muy bien.

—Pues que se cuide él, ¿eh? Que compre condones. —Una pausa corta, práctica—. No me vayas a salir con tu domingo siete.

—¡Amá!

—¿Qué? Soy tu mamá, no la de otra.

Rodrigo se tapó los ojos con la mano. Se le escapó el aire por la nariz, algo parecido a una risa.

—Amá —dijo Maite, y él conocía ese tono, el de antes de saltar—. ¿Y si fuera mayor?

—¿Mayor cuánto?

—Pues… mayor.

Doña Rosa tardó en contestar. Cuando lo hizo, cada palabra cayó en su lugar, sin prisa.

—Hasta quince años, pase. Más de quince, ni lo pienses. Eso ya no es novio, es un señor buscando muchachita. Y si tiene dinero, peor. Te va a tener de adorno.

Rodrigo bajó la mano. Se quedó mirando la colcha.

—Amá, no todos…

—Yo le dije a tu papá que fuera a revisar la bomba del agua. —La voz de doña Rosa se había vuelto otra, más baja, más vieja—. Con la tormenta. Yo lo mandé. Y ya no regresó. —Un silencio largo—. Ya enterré a un marido, Maite. No quiero verte a ti de viuda a los treinta.

Nadie dijo nada. Se oyó un beso, el crujido de la cama y los pasos de doña Rosa alejándose. La puerta.

Luego, el roce otra vez. La voz de Maite, muy cerca, temblando.

—¿Oíste?

—Todo.

Rodrigo se quedó sentado a la orilla de la cama. Esta vez no hizo la cuenta con la calculadora del celular. La hizo como hacía las de la empresa, con fechas. Casi veinticinco años. Los que tenía encima. Los que ella iba a vivir sin él, si las cuentas salían como salen siempre.

Viuda a los treinta.

—¿Rodri?

—Aquí estoy. —Se aclaró la garganta—. Me la voy a ganar, Maite. Pero no escondiéndome.

Ella sorbió la nariz. No contestó.

—El martes te mando a Chuy. Vente a casa.

—¿Y si mi amá…?

—Tu mamá me va a conocer. —Apagó la lámpara del buró—. Pero primero, tú vas a conocer tu casa.

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