Daniel siempre decía que su superpoder era encontrarle el chiste a cualquier tragedia. Si se quemaba la cena, era "una oportunidad para probar el carbón gourmet". Si llovía a cántaros y se inundaba la calle, "un parque acuático gratuito". Sonreír era fácil. Era su escudo, su forma de mantener el mundo a una distancia segura donde nadie pudiera ver lo que realmente guardaba en el pecho
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Capítulo 23: Las cuentas claras
El sonido de la puerta del departamento cerrándose a la espalda de Daniel retumbó en mi pecho como un disparo. Quise correr tras él, sujetarlo del brazo y recordarle cada palabra que nos habíamos dicho en el auto, pero ver la rigidez de su espalda al irse me detuvo.
Daniel necesitaba aire, y yo necesitaba limpiar el terreno antes de poder traerlo de vuelta a casa.
En cuanto nos quedamos a solas, la atmósfera del salón cambió por completo. La compasión que había sentido al ver a Camila llorar se evaporó en un segundo, reemplazada por una rabia helada al recordar la mirada rota de Daniel.
Dejé caer la carpeta médica sobre la mesa con un golpe seco. Camila dio un pequeño respingo, limpiándose las lágrimas de las mejillas con el dorso de la mano, intentando dar un paso hacia mí.
—Alex, yo sé que esto es difícil, pero... —empezó a decir con voz trémula.
—Cállate, Camila —la corté de inmediato. Mi voz no sonó alterada, sino plana, cortante y desprovista de cualquier rastro del afecto que alguna vez le tuve.
Caminé hacia ella de forma pausada, obligándola a sostener mi mirada. Ya no era el chico sumiso que se tragaba sus excusas en el departamento; el peso de la traición y el miedo a perder a Daniel me habían dado una claridad implacable.
—No voy a evadir mi responsabilidad si este hijo es mío —continué, cruzándome de brazos, manteniendo una distancia física insalvable entre los dos—. Pero no te equivoques. Las cosas entre tú y yo murieron la noche en que te encontré con otro en mi propia cama. El hecho de que estés embarazada no borra lo que hiciste, ni te da un pase libre de regreso a mi vida.
Camila abrió los ojos de par en par, con la boca entreabierta, como si no reconociera al hombre que tenía enfrente.
—¡Alex, es tu hijo! ¿Cómo puedes ser tan frío? El laboratorio del campus dice que el tiempo coincide perfectamente con las semanas antes de que... de que todo pasara —sollozó, intentando apelar a mi culpa.
—Por eso mismo —respondí, señalando la hoja sobre la mesa—. El tiempo coincide contigo, pero también coincide con la persona con la que me engañaste.
No sé cuánto tiempo llevabas viéndote con él a mis espaldas, Camila, y no pienso confiar ciegamente en tu palabra. Así que vamos a hacer las cosas bien.
Me incliné un poco hacia ella, fijando mis ojos oscuros en los suyos para que viera que no estaba jugando.
—Exijo una prueba de paternidad. Una prueba de ADN prenatal, de las que se hacen con una muestra de sangre. Mañana mismo iremos a una clínica privada a programarla. Si el bebé es mío, me haré cargo de cada gasto y de su crianza, pero tú y yo no vamos a volver a ser una pareja.
Y si resulta que no es mío, Camila, te juro que no volverás a ver mi cara en lo que te queda de vida. Ahora, por favor, sal de este departamento.
Camila se quedó muda, paralizada por la fría determinación de mis palabras. Apretó los puños, tomó su bolso de la barra con manos temblorosas y caminó hacia la salida sin decir una sola palabra más, dejándome a solas en el silencio del departamento que Daniel había construido y que yo ahora tenía que salvar a como diera lugar