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Después del divorcio, la doctora reina

Después del divorcio, la doctora reina

Status: Terminada
Genre:Venganza / Doctor / Juego de roles / Mujer despreciada / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:26
Nilai: 5
nombre de autor: Ayu Lestari

Durante cinco años, Naira Salazar fue la esposa invisible de la familia Mendoza: la que cocinaba, la que callaba, la que preparaba en secreto el remedio que mantenía en pie a su marido mientras todos la trataban como si no valiera nada. Hasta que una tarde lo vio entregarle a otra mujer la invitación que llevaba su nombre… y decidió que ya había sido paciente demasiado tiempo.

Lo que la familia Mendoza nunca imaginó es a quién habían estado humillando. Porque detrás de la esposa dócil hay una cirujana brillante, una heredera que renunció a su apellido por amor y una mujer dispuesta a recuperar, pieza por pieza, todo lo que le arrebataron: su carrera, su dignidad y el nombre de su madre, enterrado bajo una mentira.

Su divorcio será apenas el principio.

Cuando Naira vuelve a ocupar el lugar que le corresponde, el poder cambia de manos de la forma más elegante y demoledora posible. Y en su camino aparece Darío Vergara, un hombre tan peligroso como imposible de ignorar, acostumbrado a mandar sobre todo y sobre todos… salvo sobre ella. Con él, Naira aprenderá que hay una diferencia enorme entre un hombre que decide por una mujer y un hombre que le pregunta: "¿Dónde necesitas que me ponga?".

Pero hay secretos que alguien pagó muy caro por enterrar, y una verdad que amenaza con arrastrarlos a todos.

NovelToon tiene autorización de Ayu Lestari para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 2

Capítulo 2

Esa noche, la casa de la familia Mendoza se sentía más animada que de costumbre.

Doña Raquel había organizado una cena para recibir a Clara. Decía que la muchacha acababa de volver a la ciudad y que había que darle la bienvenida como a alguien de la familia. La mesa estaba repleta: sopa de rabo, pollo asado, ejotes salteados, hasta un pastel de capas de los que solo aparecían cuando había una visita importante.

Naira se sentó en la punta de la mesa.

Ese lugar siempre había sido suyo.

No por respeto, sino porque desde ahí quedaba más cerca de la cocina. Si faltaba un plato, se acababa el agua o a doña Raquel de pronto se le antojaba más salsa, Naira podía levantarse sin mover ninguna otra silla.

—Clara, sírvete más —dijo doña Raquel, pasándole el mejor trozo de pollo al plato—. Estás muy delgada. Seguro trabajas demasiado en el hospital.

Clara sonrió con cortesía.

—Gracias, señora.

—No me digas señora. Dime mamá. Desde hace años te considero una hija.

La cuchara se detuvo un instante en la mano de Naira.

Damián lo vio, pero no dijo nada.

Al otro lado de la mesa, Vanesa, la hermana menor de Damián, soltó una risita.

—Se nota la diferencia, mamá, una mujer con carrera. Clara tiene un aura elegantísima. Seguro que en el hospital todos la respetan.

Doña Raquel miró de reojo a Naira.

—Sí. La gente con estudios se nota.

Naira tomó su vaso de agua.

Había oído frases como esa cientos de veces. Solía callarse. Callar resultaba más fácil que explicarle algo a quien nunca había querido entender.

Pero esa noche el silencio se le atravesó en la garganta como un cuerpo extraño.

—Damián —llamó doña Raquel—. Mañana llevas a Clara al hospital, ¿verdad? Su auto sigue en el taller.

Clara negó rápido con la cabeza.

—No hace falta, mamá. Puedo pedir un auto por aplicación.

—Nada de eso. No está bien que una muchacha ande sola de un lado a otro. Menos una médica joven como tú.

Damián miró a Clara.

—¿A qué hora?

Naira dejó el vaso sobre la mesa.

Ese pequeño ruido bastó para que Damián girara la cabeza.

—Mañana a las tres —dijo Naira.

El ambiente de la mesa cambió apenas. No se detuvo; solo se volvió más lento.

Damián frunció el ceño.

—Ya me acuerdo.

—Bien.

Vanesa puso los ojos en blanco.

—¿Qué te pasa? Apenas mamá le pregunta algo a Damián y ya pones esa cara.

Doña Raquel se limpió los labios con una servilleta.

—¿Qué hay mañana?

Naira respondió antes de que Damián pudiera hablar.

—Vuelve mi papá.

Doña Raquel arqueó una ceja.

—¿Tu papá?

Por la forma en que pronunció esas dos palabras, Naira supo exactamente qué estaba pensando la mujer.

El padre que en todos esos años nunca había aparecido.

Quizá pobre.

Quizá una molestia.

Quizá volvía porque se enteró de que su yerno había prosperado.

Vanesa ni siquiera intentó disimular la sonrisa.

—Ah, ¿el que dicen que trabaja en el extranjero? ¿Y de qué trabaja, si se puede saber?

—Asuntos de familia —contestó Naira.

—La familia también tiene derecho a saber —dijo doña Raquel—. Si mañana viene aquí, que no nos haga pasar vergüenza.

Damián bajó la cuchara.

—Mamá.

Doña Raquel miró a su hijo.

—¿Qué? Solo digo. En cinco años de matrimonio, ese consuegro nuestro nunca vino. Nunca llamó. Nunca mandó nada. Es normal que una pregunte.

Clara bajó la mirada, como si no quisiera meterse. Pero los dedos seguían moviéndose despacio por el borde del vaso: la señal de que escuchaba cada palabra.

Naira miró a doña Raquel.

—Mi papá no va a venir a esta casa.

—¿Y eso? —Vanesa se rió—. ¿Le da vergüenza?

—Porque no hace falta.

Doña Raquel dejó la servilleta.

—Naira, últimamente tu tono se ha vuelto muy desagradable. No te aproveches de que Damián es demasiado paciente.

Naira tuvo ganas de reírse.

¿Damián, paciente?

Cinco años levantándose antes del amanecer, ocupándose de la casa, acompañando a doña Raquel al médico, preparando las medicinas de Damián, cuidando de que el apellido Mendoza siguiera limpio cada vez que había una crisis. Cinco años tragándose cada humillación porque alguna vez creyó que un matrimonio se cuidaba.

Y esa noche, el paciente seguía siendo Damián.

—Ya, mamá —dijo Damián al fin—. Mañana yo llevo a Naira.

Naira lo miró.

Era una frase simple. Pero el pecho, que llevaba tenso desde la tarde, se le aflojó un poco.

Quizá quedaba algo.

Quizá Damián aún recordaba que había hecho una promesa.

Doña Raquel resopló.

—Si no queda otra. Pero que no se demore. Clara también tiene cosas que hacer.

—No pasa nada, mamá —dijo Clara con dulzura—. Yo me arreglo sola.

Esa frase hizo que doña Raquel la quisiera todavía más.

—¿Ves? No da problemas.

Naira volvió a comer, aunque el arroz de su plato ya estaba frío.

Después de la cena, lavó los platos en la cocina. Había servicio, pero doña Raquel siempre decía que Naira era más cuidadosa. Era su forma sutil de mantenerla ahí, de recordarle su lugar.

Damián entró cuando ella enjuagaba el último vaso.

—Naira.

Ella no se volvió.

—¿Sí?

—Lo de esta tarde, Clara de verdad no lo hizo a propósito.

La mano de Naira se detuvo.

El agua seguía cayendo del grifo.

—¿Eso es lo que querías hablar?

Damián calló un momento.

—No quiero que agrandes el problema.

Naira cerró el grifo y se dio vuelta.

—Esa invitación estaba a mi nombre.

—Lo sé.

—No lo sabes.

Damián contuvo el aire.

—¿Qué quieres decir?

—Si lo supieras, no se la habrías dado a Clara.

—Clara necesita una oportunidad. Tú nunca dijiste que esa invitación fuera importante.

Naira lo miró.

—Cada vez que dije que algo era importante, ¿alguna vez lo escuchaste?

Damián abrió la boca y volvió a cerrarla.

En la cocina, que aún olía a jabón y a caldo, el rostro del hombre se veía cansado. Antes, Naira se ablandaba apenas veía esa cara de agotamiento. Le preparaba un té caliente, le masajeaba la cabeza y dejaba que sus problemas se hundieran hasta el día siguiente.

Esa noche no se movió.

—Mañana a las tres —dijo.

Damián asintió.

—Ya te dije que voy a ir.

—No llegues tarde.

A Damián se le tensó la mandíbula.

—No soy un niño al que haya que recordarle las cosas.

—Bien.

Naira pasó a su lado, pero él la retuvo de la muñeca.

—Cambiaste.

Naira miró la mano de Damián sobre su muñeca. Un contacto que antes la hacía sentir segura y que ahora se sentía apenas como una vieja costumbre que llegaba tarde a soltarse.

—Quizá solo dejé de ser la persona que tú querías.

Damián la soltó despacio.

Esa noche Naira durmió en el mismo lado de la cama de siempre, pero la distancia entre ellos se sentía más ancha que el cuarto entero.

A la mañana siguiente, Damián salió temprano. Dijo que tenía una reunión breve y que pasaría por Naira a las dos y media.

Naira no preguntó más.

Abrió el armario y eligió un vestido sencillo azul oscuro, de los que le gustaban a su madre. En el cajón de más abajo tomó una foto familiar ya amarillenta. Esa foto la guardaba siempre lejos de los ojos de la familia Mendoza.

En ella, la Dra. Sara Belmonte posaba con su bata blanca. A su lado, Augusto Alcázar abrazaba a la pequeña Naira, que aún no entendía por qué los adultos siempre guardaban secretos.

Naira tocó la cara de su madre en la foto.

—Mamá, papá ya vuelve —susurró.

El celular le vibró.

Damián: La reunión se atrasó un poco. Igual voy a intentarlo.

Naira leyó el mensaje un largo rato.

La palabra "intentarlo" se sentía fría.

Escribió una respuesta y la borró.

No tenía sentido pedirle a alguien que eligiera, si desde el principio solo quería aparecer cuando fuera cómodo.

A las tres menos diez, Naira ya estaba de pie frente a la casa. El chofer de la familia le preguntó si prefería esperar dentro del auto. Naira negó con la cabeza.

A las tres en punto, Damián no había llegado.

A las tres y cuarto, el celular sonó.

En la pantalla apareció el nombre de Damián.

Naira contestó.

—Naira, perdón. Ahora no puedo ir para allá.

Naira miró la calle frente a la casa.

A lo lejos, el cielo de la ciudad se cubría de nubes.

—¿Por qué?

La voz de Damián sonaba apurada.

—Clara tuvo un accidente leve en el estacionamiento del hospital. Y también tiene que atender una urgencia. La llevo primero. Tu papá puede esperar un rato, ¿no?

Al otro lado de la línea, se oyó la voz de Clara.

—Damián, apúrate, por favor. Tengo miedo de que le pase algo al paciente.

Naira cerró los ojos.

Ya no le dolía el pecho.

Qué extraño.

Solo quedaba el silencio.

—Naira, ¿me oyes?

—Te oigo.

—Te prometo que después voy para allá.

Naira abrió los ojos.

—No hace falta.

—No te pongas así. Es una emergencia.

Naira miró el auto negro que ya se había detenido al final de la calle. Bajaron unos hombres vestidos con elegancia, esperando sus instrucciones. No eran los choferes de la familia Mendoza. Eran los hombres de su padre.

—Sí —dijo Naira en voz baja—. Una emergencia.

Cortó la llamada.

En la pantalla apagada del celular, su reflejo se veía sereno.

Esa última oportunidad ya se había terminado.

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