Elena Marín ha construido una vida perfecta sobre la precisión de su trabajo como restauradora de arte: reparar lo roto y disimular las grietas. Sin embargo, la noche en que su prometido, el influyente magnate Julián Valdés, es brutalmente asesinado, su fachada de control se desmorona por completo.
Mientras las pistas comienzan a incriminarla y una sustancia sintética amenaza la claridad de sus propios recuerdos, Elena deberá descifrar la verdad detrás del imperio Valdés antes de que las mentiras reprimidas y la trampa orquestada a su alrededor la condenen para siempre.
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CAPÍTULO 6: LA SOMBRA DEL DUDOSO REFUERZO.
El agarrón de Damián sobre la muñeca de Elena era un ancla de presión helada que le cortaba la circulación. El olor a humedad, cigarrillo barato y lluvia acumulada en su chaqueta de cuero llenó la trastienda en penumbra. Elena podía sentir la respiración agitada del hermano menor de Julián rasgándole la mejilla, un calor seco en medio del frío invernal del taller.
—Baja eso —repitió Damián, aflojando los dedos sólo un milímetro, lo suficiente para que el bisturí de restauración cayera sobre la mesa de trabajo con un tintineo metálico agudo.
—Estás muerto... Se suponía que estabas en el extranjero —balbuceó Elena, tratando de soltarse sin provocarlo. La luz halógena de la calle que atravesaba el ventanal dibujaba los ángulos afilados del rostro de Damián: la mandíbula apretada, las sombras oscuras bajo sus ojos y esa cicatriz en la ceja que no tenía cuando desapareció tres años atrás.
—Eso es lo que Julián quería que todos creyeran. Incluyéndote a ti —respondió él, liberando finalmente la muñeca de Elena, aunque manteniendo su cuerpo como una barrera entre ella y la salida—. Pero Julián ya no está para controlar el relato, ¿verdad?
Elena se llevó la mano a la muñeca enrojecida, temblando. Miró hacia la ventana delantera. A cincuenta metros, la patrulla policial aparcada mantenía una luz de cruce encendida. Gabriel Prado estaba fuera, o al menos uno de sus hombres.
—La policía tiene acordonada la casa de tu hermano —dijo Elena, bajando la voz hasta convertirla en un murmullo tenso—. Encontraron su sangre en la alfombra del estudio. Si te ven aquí...
—Me arrestarán. O peor aún, me acusarán de haber sido yo quien le apretó el gatillo o le clavó el acero —interrumpió Damián con una sonrisa amarga y carente de humor—. Es el guion perfecto. El hermano prófugo, el pecador de la familia, regresa justo a tiempo para heredar las ruinas o cobrar una factura de sangre. ¿Es eso lo que te dijo el detective Prado?
Elena no respondió inmediatamente. La imagen del cuaderno de notas de Julián con su propio nombre subrayado tres veces volvió a martillarle la mente.
—¿Por qué volviste, Damián? —preguntó ella, clavándole la mirada—. Apareces la misma noche en que él desaparece. Me envían una carta de chantaje con una foto nuestra de hace cuatro años...
Damián dio un paso al frente, acortando la distancia hasta que su sombra cubrió a Elena por completo. La intensidad de su mirada trajo de golpe el recuerdo de la noche en que se besaron por última vez, antes de que Julián los descubriera y Damián fuera borrado de la junta directiva de la empresa.
—Vine a buscar los libros de contabilidad de la red de importación —confesó Damián, inclinándose sobre ella—. Julián llevaba meses lavando activos a través de la venta de piezas falsificadas en tu galería. Si no los encuentro antes de que la fiscalía los audite, la policía no solo se llevará la memoria de mi hermano: te llevarán a ti como complice.
Elena dio un paso atrás, chocando contra el borde de la mesa de mezclas.
—Eso es mentira. Yo restauro las piezas, no manejo los libros contables.
—Entonces eres más ingenua de lo que recordaba —susurró Damián, extendiendo una mano para rozarle la mecha de cabello mojado que le caía sobre la frente, un gesto de intimidad que hizo que a Elena se le helara la sangre—. Julián te usó como fachada desde el primer día. Y si no jugamos juntos esta vez, Elena... nos van a pudrir en una celda antes de que el verdadero asesino celebre su victoria.
Antes de que Elena pudiera responder, el destello de unos faros potentes iluminó el ventanal del taller. El sonido seco de dos puertas de vehículo al cerrarse resonó en la calle exterior.