Dante Vassari es un poderoso alfa y jefe de una de las organizaciones mafiosas más temidas. Hace años perdió el olfato tras un misterioso atentado, y con él perdió toda posibilidad de encontrar a su destinada. Hasta que una nueva becada llega a su empresa. Aria Moretti es inteligente, obstinada y demasiado sincera para su propio bien. No le teme a Dante y no duda en señalar los errores de sus proyectos, aunque eso signifique enfrentarse al hombre más poderoso de la empresa. Lo que ninguno de los dos sabe es que su encuentro no es una casualidad. Porque quizá la destinada que Dante lleva años buscando siempre estuvo más cerca de lo que imaginaba.
NovelToon tiene autorización de maleramram para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Demasiado cerca
El auto se detuvo frente a un edificio de departamentos.
Dante levantó la mirada.
No era precisamente el tipo de lugar al que estaba acostumbrado.
El edificio era viejo, de varios pisos, con pintura desgastada y un pequeño portal iluminado por una luz que parpadeaba.
Aria se desabrochó el cinturón.
—Bueno… llegamos.
Dante la miró.
—¿Aquí vives?
—Sí.
Ella señaló el edificio como si fuera la cosa más normal del mundo.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—La de alguien que acaba de descubrir que su empleada no vive en una mansión.
Dante arqueó una ceja.
—No estaba pensando eso.
—Claro.
Aria soltó una pequeña risa.
Abrió la puerta, pero antes de bajar volvió a mirar el interior del automóvil.
Era evidente que sabía perfectamente cuánto costaba aquel vehículo.
—Tengo que admitir algo.
—¿Qué?
—Es muy irreal.
—¿Qué cosa?
Aria señaló el auto.
—Ver un auto que probablemente vale más que todo este edificio detenido frente a mi departamento.
Dante la miró en silencio.
—Y encima con un millonario dentro.
Ella sonrió.
—Eso lo hace todavía más absurdo.
Dante negó con la cabeza.
—Te estás burlando de mí.
—Un poco.
—Deberías tener más cuidado.
—¿Por qué?
—Porque soy tu jefe.
Aria sonrió aún más.
—Ah, sí. El jefe intimidante.
Dante recordó la conversación del trayecto.
—Sigues con eso.
—Es divertido.
—Para ti.
—Exactamente.
Aria bajó del auto.
Antes de cerrar la puerta, se inclinó ligeramente hacia él.
—Gracias por traerme.
—No tienes que agradecerlo.
—Sí tengo.
Ella hizo una pequeña pausa.
—Buenas noches, Dante.
Él se quedó mirándola.
—Buenas noches, Aria.
Ella cerró la puerta.
Caminó hacia la entrada del edificio y, antes de entrar, se giró.
Levantó una mano en un pequeño gesto de despedida.
Dante no hizo ningún movimiento.
Simplemente la observó desaparecer detrás de la puerta.
Y entonces soltó lentamente el aire que no sabía que estaba conteniendo.
Era ridículo.
Completamente ridículo.
Él pertenecía a un mundo de mansiones, seguridad privada, empresas millonarias y decisiones que podían cambiar la vida de cientos de personas.
Ella vivía en un edificio pequeño.
Tomaba el autobús.
Trabajaba hasta tarde para demostrar que merecía una oportunidad.
Y aun así…
Lo trataba como si fuera cualquier hombre.
No como el dueño de una de las compañías más poderosas de la ciudad.
No como un hombre al que todos tenían cuidado de no contrariar.
No como el jefe al que nadie se atrevía a mirar demasiado tiempo.
Simplemente como Dante.
Y eso era precisamente lo que más le desconcertaba.
Su lobo se movió dentro de él.
Dante cerró los ojos.
—No.
El animal respondió con un gruñido.
Había estado inquieto durante todo el trayecto.
Y ahora que Aria se había alejado…
La inquietud se había transformado en frustración.
Dante apoyó la cabeza contra el asiento.
Su olfato seguía vacío.
Pero aquella noche había sentido algo.
Algo que no podía explicar.
Una presencia.
Una especie de rastro.
Y su lobo parecía completamente convencido de que había algo más.
Algo que debía encontrar.
Algo que debía reconocer.
Dante apretó la mandíbula.
Lo peor era que podía imaginarlo.
Si pudiera recuperar su olfato…
Si pudiera sentir realmente el olor de Aria…
¿Cómo sería?
Su lobo pareció responder antes que él.
Delicioso.
Dante abrió los ojos de golpe.
—Cállate.
El animal volvió a gruñir.
No estaba dispuesto a obedecer.
Porque por primera vez en años había encontrado algo que quería.
Y no poder sentirlo lo estaba volviendo loco.
Dante miró hacia el edificio.
La ventana de un departamento se iluminó unos pisos más arriba.
Quizás era la de Aria.
Se quedó observándola durante unos segundos.
Entonces algo llamó su atención.
Un automóvil oscuro estaba estacionado al otro lado de la calle.
No tenía las luces encendidas.
Dante frunció el ceño.
Había estado allí cuando llegaron.
Y ahora seguía allí.
No era extraño que hubiera autos estacionados en esa zona.
Lo extraño era que el vehículo estuviera perfectamente orientado hacia la entrada del edificio.
Dante observó el parabrisas.
No podía ver quién estaba dentro.
Su instinto cambió de inmediato.
El jefe desapareció.
El mafioso tomó el control.
Miró nuevamente hacia la entrada.
Aria estaba dentro.
Sola.
Dante sintió un desagradable tirón en el pecho.
—No…
Su lobo se levantó dentro de él.
Esta vez no había deseo.
Había alerta.
Peligro.
Dante tomó el teléfono y marcó rápidamente un número.
—Quiero que revises un auto oscuro estacionado frente al edificio donde vive Aria.
Escuchó la respuesta.
—Ahora.
Colgó.
Volvió a mirar el vehículo.
Durante un instante, una silueta pareció moverse detrás del vidrio.
Dante entrecerró los ojos.
Pero el auto arrancó.
Pasó lentamente frente a él.
Y desapareció por la esquina.
Dante permaneció inmóvil.
No sabía quién estaba dentro.
No sabía si realmente estaban siguiendo a Aria.
Pero algo en su interior le decía que no había sido una coincidencia.
Y esa sensación no le gustaba.
......................
Dante volvió a apoyar la cabeza contra el asiento.
Su lobo seguía inquieto.
Esta vez no por el olor de Aria.
Sino porque había comprendido algo que Dante todavía se negaba a aceptar.
Ella no solo despertaba algo en él.
También podía convertirse en un punto débil.
Y los enemigos de Dante Vassari siempre buscaban exactamente eso.
Dante miró una última vez hacia el edificio.
Había sido una buena idea dejarla allí.
Una excelente idea.
Porque si hubiera permanecido unos minutos más a su lado…
No estaba seguro de que su lobo hubiera seguido siendo capaz de comportarse.
Y eso era un problema.
Uno muy grande.
Porque Dante Vassari no perdía el control.
Nunca.
Pero aquella mujer estaba empezando a convertirse en la primera excepción.
Y quizá alguien más ya había empezado a darse cuenta.