Isabella, una escritora huye a Italia a buscar algo que la inspiré para una historia de amor. Su novio la engaño con su mejor amiga y su jefa le dijo que no sirve para escribir.
No imagino que en aquel pueblo de Italia encontrará el amor, disfrazado de una coraza celosa, posición y amor.
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La Fiesta Del Brunello.
Fue el 2 de abril. La fiesta más importante de Montalcino. La fiesta de los productores de Brunello.
Todos los dueños de viñedos, de Siena, de Florencia, de Roma, se juntan en el castillo viejo a probar el vino nuevo y a bailar. Hay luces, hay mesas largas, hay 200 botellas abiertas, hay música toscana.
Pietro no quería ir. Odiaba esas fiestas. Pero Franco, su padre, le dijo: "Tienes que ir, porque ahora tienes mujer y tienes que presentarla como Valero".
Así que fueron. Isabella con un vestido negro que Pietro le había comprado en Florencia, pegado, elegante, con la espalda descubierta. Con el pelo rizado suelto, muy bella. Demasiado bella para una fiesta de hombres borrachos de vino.
—Quédate a mi lado — le dijo Pietro al entrar, agarrándole la mano fuerte —. Acá todos miran.
Y era verdad. Todos la miraban. La mujer de Valero. La escritora que vivía con el hombre peligroso y que no se había ido.
La fiesta iba bien. Isabella probó vinos, habló con la panadera que ahora la saludaba con cariño, bailó una canción con Giulia, que al fin la aceptaba. Pietro estaba a dos mesas, hablando de barricas con su hermano Marco, pero sin dejar de mirarla.
A las once de la noche, Isabella fue al baño. Giulia iba a acompañarla, pero una mujer la entretuvo, luego perdió de vista a Isabella. El baño del castillo era viejo, de piedra, al final de un pasillo, lejos de la música.
En el fondo del pasillo había un hombre mirándola. No era de Montalcino. Era un productor de Roma, de 50 años, borracho, con corbata suelta, que la había estado esperando toda la noche.
—Tú eres la de Valero, ¿no? — dijo, cerrando la puerta del baño con seguro —. La peruana.
Isabella se asustó.
—Déjame salir — dijo.
El hombre no la dejó. Se acercó. Le tocó el trasero por encima del vestido negro, fuerte, sin permiso. Y la agarró de la cara para besarla a la fuerza.
Isabella gritó. Le pegó. Le arañó la cara. Pero el hombre era más fuerte y estaba borracho.
—No seas así — le dijo —. Si estás con Valero es porque te gusta que te traten mal. Yo también te puedo tratar mal.
Isabella lloró y le pegó una cachetada tan fuerte que le hizo sangrar el labio. Gritó el nombre de Pietro, con toda la voz que tenía.
Afuera, Pietro se dio cuenta de que Isabella tardaba. Demasiado. Se levantó de la mesa. Fue por el pasillo oscuro. Escuchó el grito.
Tumbó la puerta del baño de una patada. La puerta de roble viejo se rompió.
Vio al hombre de Roma con la mano todavía en el vestido negro de Isabella, y a Isabella llorando, con el labio temblando, con el vestido roto en el hombro.
Pietro no habló. Agarró al hombre del cuello y lo sacó al pasillo a golpes. Le pegó tres puñetes que lo tiraron al piso. Toda la fiesta se dio vuelta a mirar.
El hombre de Roma, tirado en el piso, borracho, humillado, sacó algo del saco. Algo que nadie esperaba en una fiesta de vino.
Una pistola chica.
—Tú no eres dueño de nada, Valero — gritó.
Y disparó. Una vez. Cerca.
El tiro le dio a Pietro en el hombro derecho. No en el corazón. En el hombro.
Isabella gritó. Todo Montalcino gritó. Marco y Franco corrieron. Agarraron al hombre de Roma y lo tiraron al piso otra vez.
Pietro cayó contra la pared de piedra, con la mano en el hombro, sangrando, con el traje blanco manchado de rojo.
Isabella corrió y se arrodilló a su lado, llorando, agarrándole la cara.
—Pietro, Pietro, amor — decía —. No te mueras, no te mueras por favor.
Pietro, con dolor, con sangre, con la mirada todavía inquietante aunque estuviera herido, le agarró la mano y le dijo, en voz baja para que solo ella escuchara, mientras todos corrían y llamaban a la ambulancia:
—No llores, mi amor. Solo es el hombro. ¿Ves? Te dije que era peligroso venir a estas fiestas. Pero tú querías bailar. Ahora bailamos en el hospital.
Y se desmayó en sus brazos, con el vestido negro de ella lleno de su sangre.
La ambulancia llegó en 10 minutos. Se llevó a Pietro. Isabella se subió con él, sin soltarle la mano, con el vestido roto, con la cara arañada por el hombre de Roma, con todo el castillo mirándola.
Esa noche, por primera vez, Montalcino no dijo que Pietro Valero era peligroso.
Dijo que Pietro Valero había sangrado por su mujer.
Declaró tomar Vino es más peligroso que tomar Ron puro.
Atrapa
afloja
y habré lo que se debe mantener cerrado.
y acá va a:
calentar.
subir la temperatura y abrir lo que estaba cerrado pero entrando en calor y poniendo más aguado que gelatina fuera del enfriador. ( nevera o heladera)
ahora lo culpan😭