Durante cinco años viví convencida de que el amor entre mi esposo y yo era indestructible. En el camino dejé atrás mi carrera, mis amigos y a mi propia familia, volcando todas mis fuerzas en sostener un hogar que hoy lo entiendo, solo existía en mi imaginación. Mis dos hijos son mi mundo entero y mi mayor orgullo. Sin embargo, nunca imaginé que en cuestión de días todo lo que construí con tanto sacrificio se vendría abajo, ni que el hombre con quien compartí mi vida terminaría mostrando su verdadero y frío rostro. Ahora me toca descubrir que el amor no lo es todo... y que es momento de reconstruirme.
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Capítulo I La vida perfecta
...¡Hola, mis apreciados lectores!...
...Paso por aquí para regalarles una nueva historia y también para recordarles la importancia de dejar sus likes y comentarios constructivos. Espero que les guste este nuevo trabajo que hice con mucho cariño para ustedes....
A mis treinta años, el título de abogada que cuelga en la pared de mi estudio no es más que un adorno cubierto de polvo. Jamás llegué a pisar un tribunal para defender a nadie; mi vida entera se redujo a defender las paredes de un hogar que, ingenuamente, creí mío.
Me llamo Elena de Fábregas. Estoy casada con Alberto Fábregas, un prestigioso abogado de treinta y cinco años, brillante, impecable ante la sociedad y, hasta hace muy poco, el centro absoluto de mi universo.
Cuando lo conocí, yo era solo una estudiante soñadora en mi último año de carrera. Alberto era mi profesor. Recuerdo la fascinación con la que escuchaba sus clases y cómo sus elogios sobre mi rendimiento me hacían sentir especial. “Serás la mejor abogada de este país, Elena”, solía repetirme con esa sonrisa calculadora que en su momento confundí con admiración.
Una noche de celebración universitaria, entre copas de más y la vulnerabilidad de la juventud, crucé la línea con él. Lo que comenzó como un romance clandestino, escondido de los reglamentos de la facultad, dio un giro definitivo cuando el resultado positivo en una prueba de embarazo cambió mi vida para siempre. Nos casamos casi de inmediato. A mis veinticinco años, graduada y embarazada de gemelos, sentí que estaba viviendo mi propio cuento de hadas.
Pero el cuento de hadas no tardó en desteñirse.
La llegada de los niños convirtió mi rutina en un remolino agotador. Intentar mantener la casa impecable, atender a dos bebés a la vez y cumplir con las expectativas de Alberto me consumía las fuerzas. Él trabajaba todo el día y regresaba a casa exhausto, incapaz de sostener un biberón o relevarme un par de horas. Los fines de semana, sus constantes “viajes de negocios” lo alejaban aún más de nosotros.
—Todo lo que hago es por el bien de nuestra familia, Elena —me decía, besando mi frente con frialdad que yo confundía con amor.
Y yo, ciega de amor y cansancio, le creía cada palabra.
Dos años después de la boda, Alberto me sorprendió con una noticia que creí que sería mi salvación: traería a su madre y a su hermana a vivir con nosotros. “Así no estarás tan sola con los niños”, me prometió. Fantaseé con la idea de tener un respiro, una mano amiga en casa. Qué ingenua fui.
La llegada de Miranda, mi suegra, y Melissa, mi cuñada, no fue un alivio; fue una invasión. En cuestión de semanas, esas dos mujeres se adueñaron de cada rincón. La casa que yo había construido con tanto esmero dejó de pertenecerme. De la noche a la mañana, pasé de ser la esposa y madre de la familia a convertirme en la esclava personal de cuatro personas. Mi opinión dejó de importar, mi cansancio se volvió invisible y mi dignidad comenzó a desmoronarse en silencio.
Un día caí rendida, el peso del día me sobrepasó y entré en un sueño profundo. La noche llegó rápidamente y el estruendo de la puerta al abrirse llenó mi habitación.
—Paso todo el día trabajando y lo único que pido es llegar a casa y encontrar mis alimentos calientes —la voz de Alberto resonó en cada rincón de aquella habitación. —Mientras yo me mato trabajando para tenerte como una reina tú estás aquí holgaceanando.
Alberto camino a pasos largos hasta donde yo estaba, me agarró con fuerza del brazo obligándome a ponerme en pie.
—¿Por qué me tratas así? Suéltame que me estás lastimando —rogué con mi voz quebrada.
Las lágrimas nublaron mi rostro mientras era arrastrada fuera de la habitación, al llegar a la sala pude ver las figuras borrosas de mi suegra y cuñada, cada una con uno de mis hijos en sus brazos.
—Si no hubiéramos llegado quién saber qué habría pasado con mis nietos —comentó Miranda con su falsa voz de abuela abnegada.
Alberto me arrojó al suelo con tanta fuerza que sentí me había roto un hueso.
—Gracias al cielo mi madre y mi hermana viven en esta casa, ellas encontraron a los niños jugando solos en las escaleras… no quiero imaginar lo que hubiese pasado si no llegan a tiempo — gritó Alberto volviéndose a mi.
Se puso de rodillas y me tomó de la barbilla con mucha fuerza, me dolía, me dolió ver sus ojos llenos de furia, pero lo que más dolió fue lo que dijo después.
—Eres una inútil que ni para meterte en mi cama sirves. Mi madre siempre tuvo la razón al decirme que no eras más que un estorbo —susurró a mi oído para que solo yo lo escuchara.
Un día, el agotamiento acumulado de meses terminó por doblegarme. Mi cuerpo simplemente no pudo más. Me colapsé sobre la cama y caí en un sueño pesado, aturdido, casi inconsciente.
La noche cayó sin que me diera cuenta. Lo siguiente que escuché fue el estruendo seco de la puerta al abrirse de golpe, sacudiendo la habitación.
—Paso todo el día matándome afuera y lo único que pido es llegar a casa y encontrar la comida caliente en la mesa —la voz de Alberto resonó contra las paredes, cargada de una furia violenta—. Mientras yo me rompo el lomo para que vivas como una reina, tú estás aquí, holgazaneando como si no tuvieras responsabilidades.
No alcancé ni a parpadear cuando sentí sus dedos enterrándose en mi brazo. Su agarre fue brutal; me levantó de la cama de un tirón seco que me hizo soltar un ahogado gemido de dolor.
—Alberto, ¿por qué me tratas así? Suéltame, me estás lastimando... —rogué, con la voz quebrada y la respiración entrecortada.
Las lágrimas me nublaron la vista mientras me arrastraba fuera del dormitorio. Cuando salimos a la sala, la luz blanca del pasillo me encegueció por un segundo. Entre la bruma de mis ojos alcancé a distinguir las siluetas de mi suegra y mi cuñada. Cada una sostenía a uno de mis hijos en brazos, observándome con una mezcla de desprecio y triunfo.
—Si no hubiéramos llegado a tiempo, quién sabe qué desgracia habría pasado con mis nietos —comentó Miranda, usando ese tono falsamente compasivo que tanto domina.
Alberto me soltó con un empujón tan violento que salí despedida hacia el suelo. El impacto del suelo frío contra mis rodillas y mis costillas me sacó el aire por completo; por un segundo creí que se me había fracturado un hueso.
—Gracias a Dios mi madre y mi hermana viven aquí —gritó Alberto, volviéndose hacia mí con el rostro desencajado por la rabia—. Ellas encontraron a los niños jugando solos cerca de las escaleras... ¡No quiero ni imaginar lo que habría pasado si no hubiesen estado!
Se inclinó hacia mí, se puso de rodillas y me sujetó la mandíbula con una presión aplastante. Sentí la fuerza de sus dedos hundiéndose en mi piel, pero el verdadero dolor no fue físico. Lo que me destruyó por dentro fue la frialdad de sus ojos y la veneno de sus palabras.
—Eres una inútil —susurró muy cerca de mi oído, para que nadie más escuchara la ponzoña de su voz—. Ni para meterte en mi cama sirves ya. Mi madre siempre tuvo razón... no eres más que un maldito estorbo.
En ese momento supe que debía terminar con esto, no podía permitir que mis hijos crecieran viendo como su madre era maltratada y humillada por el hombre que un día le prometió una vida perfecta.