Él la desea por su pasado. Ella lo busca por su futuro. ¿Podrán escapar de las sombras del pasado? 🖤
Dorian Collins es "El Magnate de los Diamantes" 💸, un CEO millonario, frío y destrozado por la muerte de su amada esposa Anna 🕊️. Para el mundo es indestructible, pero por dentro se consume en la soledad y en un deseo reprimido que no lo deja en paz.
Charlotte Mousier es una valiente obrera del sur de Francia ⚒️. Sin dinero y agobiada por las deudas, lucha por salvar la vida de sus padres enfermos 🏚️. Cuando el corrupto encargado de la mina intenta abusar de ella y la deja en la miseria, Charlotte emprende un viaje desesperado a París para plantarle cara al mismísimo dueño del imperio 🏢.
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Capítulo 2: No Me Voy A Rendir
Leonard tenía razón. En esa pequeña y acotada provincia del sur de Francia, no había un futuro fuera de esas excavaciones. La mina era el corazón y el verdugo del pueblo; la única fuente de empleo real. Y todo, absolutamente todo lo que pisaban, era propiedad de un solo hombre: la dinastía invisible y poderosa de la familia Collins. Si Dorian Collins cerraba el puño, el pueblo entero se moría de hambre.
—Si te quedas en la calle, no habrá otra oportunidad —insistió Leonard, rompiendo su silencio—. Por favor, Charlotte... por tus padres. Vuelve ahí adentro y trágate el orgullo.
Charlotte se tuvo que tragar el orgullo. Por sus padres, por sus medicinas, por el miedo a verlos morir en la miseria, bajó la cabeza, apretó los puños y regresó a la oscuridad de los túneles.
Pero la paciencia tiene un límite, y el hambre también.
Pasó un mes más. Cuatro semanas eternas de trabajo forzado bajo el sol, y los bolsillos de los obreros seguían vacíos. Sin paga, sin respuestas y con la salud de sus padres deteriorándose rápidamente por la falta de medicamentos, Charlotte no pudo más. El miedo se transformó en pura y absoluta desesperación.
Volvió a entrar a la oficina de Bernard, pero esta vez no iba a negociar. Iba a exigir.
—¡Necesito mi dinero, señor Bernard! —exclamó Charlotte, con la voz temblando de impotencia mientras golpeaba el escritorio—. Mis padres están enfermos. Si no les compro sus medicinas esta semana, van a empeorar. ¡Es su obligación pagarnos!
Bernard, que revisaba unos papeles con total indiferencia, soltó una risa burlona y cínica. Dejó el bolígrafo de oro a un lado y la miró con profundo desprecio.
—¿Tus padres? —soltó el hombre, recostándose en su silla—. Escúchame bien, Mousier. A la empresa no le importan un par de viejos inútiles que ya solo sirven para estorbar. Son un gasto innecesario. Si no tienes dinero para mantenerlos, mejor hazle un favor al mundo y déjalos morir. Así dejas de llorar por unas malditas monedas.
El mundo pareció detenerse para Charlotte. La sangre le hirvió en las venas y, antes de que pudiera procesarlo, su mano derecha se movió por puro instinto.
¡ZAS!
Una bofetada limpia, violenta y cargada de toda su furia impactó de lleno en la mejilla de Bernard, haciéndole girar el rostro.
El silencio que siguió fue aterrador. Bernard se llevó la mano a la mejilla encendida, sus ojos inyectados en sangre fijos en ella. La sorpresa se transformó en una rabia animal.
—¡Maldita perra! —rugió.
Se levantó como un resorte y, antes de que Charlotte pudiera retroceder, la tomó del cabello con una fuerza brutal. Charlotte ahogó un grito de dolor cuando el hombre la lanzó con violencia hacia el suelo. El impacto contra la madera le sacó el aire de los pulmones. Bernard no se detuvo; se abalanzó sobre ella, usando su peso para someterla, mientras sus manos toscas intentaban desgarrar la camisa de trabajo de Charlotte.
—Te vas a arrepentir de haber nacido... —le siseó Bernard al oído, con un aliento asqueroso, intentando besarla a la fuerza.
—¡Suéltame! ¡Quítate de encima! —gritó Charlotte, luchando con uñas y dientes.
La adrenalina inundó su cuerpo. Buscando un punto débil, Charlotte flexionó las piernas con todas sus fuerzas y le asestó una patada certera y brutal directo en los bajos.
Bernard soltó un alarido de dolor puro, doblándose de inmediato y rodando por el suelo mientras se sujetaba la entrepierna, incapaz de respirar.
Charlotte no perdió un segundo. Se puso en pie como pudo, acomodándose la ropa rasgada con manos temblorosas, y salió corriendo de la oficina, azotando la puerta tras de sí.
Afuera, varios mineros se habían agrupado al escuchar el escándalo. Leonard corrió hacia ella al verla deshecha, pálida y con la respiración entrecortada.
—¡Charlotte! ¡Dios mío, qué pasó! ¿Te hizo algo? —preguntó él, tomándola de los hombros, con el rostro desfigurado por la angustia.
Charlotte lo miró. Sus ojos verdes ya no tenían rastro de miedo; solo quedaba una determinación fría, dura y peligrosa. Se soltó del agarre de su amigo y se limpió las lágrimas de rabia con el dorso de la mano.
—Ya fue suficiente, Leonard —dijo, con la voz extrañamente firme, audible para todos los presentes—. Ya fue suficiente de humillaciones.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Leonard, temiendo lo peor.
Charlotte miró hacia la oficina donde Bernard seguía quejándose, y luego fijó la vista hacia el norte, donde se encontraba la capital.
—Voy a ir a París —sentenció, con el fuego de la justicia quemándole el pecho—. Voy a buscar al mismísimo Dorian Collins. Si el dueño de este imperio no sabe qué clase de monstruo tiene administrando sus minas, yo misma se lo voy a decir en su cara. Y si lo sabe... me va a tener que escuchar.
Sin mirar atrás, Charlotte caminó a pasos firmes hacia la salida de la mina, decidida a desafiar al Magnate de los Diamantes en su propio terreno.
Excelentes capítulos, quede sorprendida de como una madre sea capaz de tanto 😲