El destino comete errores, y unir al Alfa de la manada con una simple humana es el más grande de todos. Mientras la manada exige una líder fuerte para la guerra y Alexander intenta marcarme como suya, yo me niego a ser el trofeo de un rey lobo. No tengo garras, no tengo instinto y no voy a pedir perdón por ser débil ante sus ojos. Soy humana, no una Luna. Pero para conservar mi libertad, primero tendré que sobrevivir a la pasión destructiva de un Alfa que no piensa dejarme ir.
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Capítulo XIX El vínculo cobra fuerza
Punto de vista de Amelia
Lo que me estaba pasando era sencillamente absurdo. Hasta hace apenas unos días llevaba una vida perfectamente estructurada y racional entre el olor a antiséptico, batas blancas y quirófanos. Ahora resultaba que era la mate destinada de un Alfa Supremo y que, junto a un hombre lobo, debía gobernar la manada más poderosa y temida de toda la región.
Y luego estaba lo que había ocurrido en el bosque esa misma noche. Todavía me negaba a aceptarlo. Mi mente científica necesitaba buscar una explicación lógica: toda esa magia, las flores brotando de la nada y la cicatrización instantánea de su herida, tenía que haber venido de Alexander. Él era la criatura mística aquí, no yo. Estaba convencida de que su aura simplemente había reaccionado para hacerme sentir fuerte, protegida y digna de estar a su lado ante su pueblo.
Caminamos despacio hasta la pequeña y acogedora casa de los omegas.
Agradecía infinitamente que Alexander siguiera respetando mi decisión de quedarme allí con los hermanos, dándome espacio mientras intentaba asimilar el torbellino que se había vuelto mi existencia.
—Ya quiero que vivas conmigo en la casa principal de la manada —susurró Alexander, deteniéndose justo en el porche, bajo la luz tenue de la entrada.
Sus ojos dorados me observaron con una mezcla de devoción y anhelo contenido.
—Aún no estoy lista para dar ese paso, Alexander. Necesito un poco más de tiempo mientras termino de digerir todo lo que me está pasando —respondí, mirándolo a los ojos con sinceridad.
Él dejó escapar un suspiro suave, pero asintió sin presionarme.
—Está bien. Respeto tu tiempo, mi reina. Mañana temprano vendré por ti para llevarte a la clínica.
Se acercó un poco más, acunó mi rostro por un segundo y se despidió besando tiernamente mi frente. Ese gesto tan simple y protector hizo que una calidez profunda se expandiera por todo mi pecho.
Al entrar a la casa, me topé de frente con Elena, quien me esperaba impaciente en la sala, caminando de un lado a otro como un león enjaulado.
—¡Por fin llegas! Cuéntamelo todo —exigió apenas me vio cruzar la puerta, agarrándome de los puños con los ojos desorbitados de curiosidad.
—Tengo muchísimo que contarte, pero mejor vayamos a mi habitación —murmuré en voz baja, consciente de que Camilo andaba cerca.
Subimos al segundo piso a toda prisa, dejando a Camilo completamente desconcertado junto a la puerta que daba a la cocina, sosteniendo un vaso de agua sin entender la prisa de su hermana.
En cuanto cerramos la puerta del dormitorio, Elena se cruzó de brazos.
—Bien, habla. ¿Qué pasó con los ancianos del Consejo? ¿Te ejecutaron o te nombraron reina?
Suspiré profundamente, me senté en el borde de la cama y comencé a detallarle cada segundo de la reunión: las acusaciones del anciano Caelen, las amenazas de Gerard, la mirada llena de veneno de Sabrina y la firmeza con la que los encaré. Luego, bajando aún más la voz, le conté lo que había ocurrido minutos después en la penumbra del bosque.
—¡¿QUÉ?! —chilló Elena, llevándose las manos a la boca de golpe para reprimir un grito que habría despertado a todo el vecindario—. ¡Es increíble! ¡Mi mejor amiga es una sanadora sagrada!
—No, Elena, no digas tonterías —interrumpí de inmediato, tratando de buscarle la lógica a la secuencia de hechos—. Algo más tuvo que haber ahí. Fue la energía de Alexander la que causó todo eso, no yo.
—¡Por favor, Amelia! ¡Abre los ojos! —murmuró Elena, acercándose a mí con una emoción desbordante en el rostro—. Por eso los guerreros que llegaron graves por el acónito sanaron tan rápido cuando los atendiste. ¡Por eso el mismo Alfa se recuperó milagrosamente la semana pasada cuando pusiste tus manos sobre sus heridas! No lo puedo creer... El Consejo te desprecia por creerte una humana débil y resulta que tienes más poder curativo en las manos que todos ellos juntos.
Negué enérgicamente con la cabeza, levantando las manos para frenar la desbordante imaginación de mi amiga.
—No, no y no. Te equivocas. Esa fuerza seguramente brotó de Alexander durante el beso. Ustedes son los que tienen dones mágicos... yo solo soy una simple médica mortal —repetí, sintiendo un nudo frío apretándome el estómago ante la responsabilidad que eso implicaba.
—Estás muy equivocada. Eres humana, sí, pero eres una humana bendecida directamente por la Diosa Luna —insistió Elena, sonriendo de una manera eufórica y contagiosa—. ¡Ya quiero ver la cara de la arrogante de Sabrina cuando se entere de lo que verdaderamente eres!
—Nadie puede saber esto —le advertí con severidad, tomándola del brazo—. Por lo menos no hasta estar absolutamente seguras de que soy yo la que provoca esas reacciones y no la presencia de Alexander.
—Tranquila, te lo juro por mi vida —prometió Elena, guiñándome un ojo—. Esperaré a que sea el mismo Alfa quien le grite a toda la manada tu verdadera identidad. Pero mientras tanto, vamos a practicar en secreto tu nuevo don.
Miré a Elena con un nudo en la garganta. Era una verdadera amiga. A pesar de que yo no pertenecía a su mundo ni tenía colmillos ni garras, ella me había aceptado, protegido y apoyado desde el primer segundo. Si el destino de verdad me llevaba a convertirme en la Luna del Norte, me aseguraría de elevar su estatus en la jerarquía social de la manada y de hacer que el idiota que la había rechazado se arrepintiera cada día de su vida por haberla dejado ir.
—Bueno, mi Luna... descanse, que mañana empezamos con los experimentos de sanación —dijo Elena con tono burlón.
—No me llames así. Para ti siempre seré Amelia, tu amiga.
Elena me regaló una última sonrisa cálida y salió de la habitación, cerrando la puerta despacio y dejándome a solas con mis pensamientos.
Me cambié de ropa, me metí entre las cobijas y me quedé contemplando el techo de madera. Poco a poco, el cansancio acumulado me fue venciendo hasta hacerme caer en un sueño profundo y extrañamente lúcido.
El sueño me llevó de vuelta al bosque, pero esta vez la penumbra estaba impregnada de una niebla cálida y dorada. Alexander estaba allí. No había guerras, ni Consejo, ni renegados acechando en las sombras; solo estábamos los dos. Fue una experiencia tan abrumadoramente real que podía sentir el calor abrasador de sus manos recorriendo mi piel, el olor a pino y lluvia fresca que emanaba de su cuello, y la firmeza de su pecho contra el mío. En el sueño, dejé de luchar contra la lógica, me olvidé de las dudas y sucumbí por completo a mis deseos, entregándome a él sin reservas en una marea de caricia y devoción que me erizó hasta el último poro.
Me desperté de golpe a mitad de la noche, jadeando y bañada en un sudor frío.
El corazón me martillaba contra las costillas con una fuerza salvaje. La sensación de sus labios y el eco de su toque aún escocían sobre mi piel con un realismo aterrador. Me llevé una mano al pecho, sintiendo un vacío enorme y un anhelo ardiente que jamás había experimentado en mi vida. En ese instante de penumbra y soledad, deseé con todas mis fuerzas poder comunicarme con él a través del enlace mental del que tanto me había hablado... solo para escuchar su voz asegurándome que todo estaría bien.
aunque los lobos una vez encuentran a su pareja son fieles inclusive mueren con ellas
Alexander solo te está protegiendo y el te ha reconocido como su pareja su mate su luna su destinada ,eres tu quien lo desprecia en vez de usar tu inteligencia y asimilar todo esto