Lady Genevieve es la joven rebelde que escandaliza a la alta sociedad londinense. Lordian, un duque frío, metódico y perfecto, viaja de incógnito por la campiña inglesa cuando sus caminos se cruzan.
Sin conocer su verdadera identidad, Genevieve decide enseñarle las antiguas lecciones orientales que aprendió de su tío: fluir como el agua, encontrar el equilibrio y aprender a soltar. Entre risas, barro, estrellas y una atracción imposible de ignorar, ella descubrirá que incluso el corazón más rígido puede aprender a amar.
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Capítulo 6: La caída de la corbata
El cielo sobre la campiña de Kent terminó de despojarse de sus nubes grises con la misma rapidez con la que las había convocado. Cuando la última llovizna se disipó en una niebla dorada y tibia, el sol del atardecer comenzó a teñir las copas de los robles con un tono cobrizo que hacía parecer que el bosque entero estuviera ardiendo en llamas silenciosas.
En el interior de la choza, la penumbra había dado paso a un ambiente dorado y envolvente.
Lordian y Genevieve se encontraban sentados en la misma banca de madera, tan juntos que el costado del hombro de él rozaba constantemente el de ella. El papel de estraza sobre la mesa solo conservaba unas cuantas migas de pan y el hueso limpio de la ciruela. Sin embargo, ninguno de los dos mostraba la menor prisa por ponerse en pie. La tensión entre ambos ya no era la de dos extraños que chocaban por sus diferencias, sino la de dos fuerzas que habían descubierto lo inevitable de su atracción.
—El sol está empezando su descenso —observó Lordian, rompiendo el silencio con una voz que había perdido cualquier rastro de la aridez parlamentaria que solía acompañarlo—. Si aplicamos el cálculo habitual del crepúsculo en esta época del año, nos quedan aproximadamente cuarenta minutos de luz utilizable antes de que el sendero hacia la posada se vuelva impracticable.
Genevieve ladeó la cabeza, mirándolo con una sonrisa de reojo mientras recogía la última miga de pan con la yema del dedo.
—Y ahí está de nuevo —dijo con burla cariñosa—. El hombre de los cuarenta minutos. Pensé que habíamos dejado los números olvidados debajo de la mesa junto con su libreta de cuentas.
—No estoy contando por ansiedad, Genevieve —corrigió él, y el uso de su nombre de pila sin el tratamiento formal de "señorita" sonó en su boca con una naturalidad pasmosa—. Estoy contando porque no tengo el menor deseo de que esta hora termine. Y cuando un recurso es escaso, el análisis de su duración se vuelve una necesidad lógica.
Genevieve se giró por completo sobre la banca, quedando de frente a él. Apoyó una mano en el rodilla de Lordian, una audacia física que en cualquier salón de la capital habría provocado un desmayo colectivo, pero que allí parecía el gesto más natural del mundo.
—Si no quiere que la hora termine, deje de mirarse el bolsillo del chaleco buscando el reloj que no tiene —dijo ella, subiendo la mano despacio por el muslo del duque hasta alcanzar la solapa de su abrigo de viaje—. Míreme a mí.
Lordian obedeció. Sus ojos oscuros, habitualmente fríos y analíticos, se clavaron en los de ella con un ardor que hizo que a Genevieve se le acelerara el pulso.
—La miro —murmuró él, bajando la mano para cubrir los dedos de la chica que descansaban sobre su pecho—. Y me temo que cada segundo que paso mirándola, la estructura de mi vida anterior me parece un edificio construido sobre arena.
Genevieve contuvo el aliento. La sinceridad desarmada de las palabras del hombre de piedra era mucho más peligrosa que cualquier galanteo ensayado de los caballeros de la corte. Había una gravedad en Lordian, una verdad absoluta cuando hablaba, que le encendía la piel y le hacía desear probar hasta dónde podía empujar sus límites.
Despacio, con una delicadeza calculada que contrastaba con su habitual naturaleza salvaje, los dedos de Genevieve se desplazaron hacia el cuello de la camisa de Lordian.
El nudo de la corbata de seda —aquel símbolo supremo de su control, su rango y su disciplina— permanecía firme, pulcro y perfecto.
—Esta tira de seda es lo último que le queda de su prisión, señor Vance —susurró ella, deslizando la yema del pulgar por el borde de la tela justa debajo de la barbilla de él.
—Es una prenda indispensable para la presentación social de un caballero —respondió Lordian, aunque no hizo el menor intento de apartar la mano de ella. Su respiración se volvió más lenta, más pesada al sentir el roce de los dedos femeninos tan cerca de su garganta.
—Aquí no hay sociedad. No hay posaderos, no hay sirvientes, no hay damas de honor ni lores con peluca —dijo ella, atrapando el extremo suelto de la corbata entre sus dedos—. Solo estamos el bosque, usted y yo. Y creo que su garganta necesita recordar lo que es respirar sin pedirle permiso a una norma.
Con un tiro suave y firme, Genevieve tiró del extremo de la seda. El nudo perfecto se deshizo con un susurro de tela deslizándose sobre tela.
Lordian cerró los ojos un instante cuando la corbata se desprendió por completo de su cuello, dejando al descubierto la nuez de su garganta y el botón superior de su camisa de lino. El aire fresco de la estancia rozó su piel expuesta, provocándole un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura exterior.
Genevieve no dejó caer la corbata. La sostuvo entre las manos un segundo y luego la lanzó sin mirar hacia el rincón de la choza, donde cayó sobre la paja seca como una serpiente derrotada.
—Ahí está —dijo ella en un aliento apenas audible—. El hombre sin corbata.
Lordian abrió los ojos. La distancia entre sus rostros se había reducido a la nada. Podía sentir el calor que emanaba del cuerpo de Genevieve, el aroma embriagador a fruta madura y lluvia que se le pegaba a la piel, y la temblorosa expectación que emanaba de cada uno de sus movimientos.
—Ha destruido mi reputación, ha manchado mi ropa de barro, me ha hecho caminar descalzo por un arroyo congelado y acaba de despojarme de mi única prenda de vestir decente —recitó él con una voz tan grave y rasposa que hizo temblar a la joven—. ¿Tiene alguna otra atrocidad planeada para esta tarde, Genevieve?
—Varias —confesó ella con una sonrisa descarada, antes de subir ambas manos para enredar los dedos en el cabello oscuro de la nuca de Lordian.
El duque no esperó más. La tomó por la cintura con ambas manos, levantándola ligeramente de la banca de madera para pegarla contra su torso. El contacto fue directo, abrasador. Los labios de Lordian se apoderaron de los de ella con un dominio que ya no pedía permiso ni buscaba disculpas. Fue un beso profundo, marcado por la urgencia de quien ha descubierto que el tiempo real no se mide en minutos, sino en la intensidad con la que se consume cada aliento.
Genevieve soltó un pequeño gemido contra su boca, abriendo los labios para recibirlo, sintiendo cómo las manos de él descendían por su espalda con posesividad, delineando la curva de sus caderas, apretándola contra la evidencia innegable de su deseo.
—Lordian... —murmuró ella entre besos, usando por primera vez su nombre de pila sin el tono de burla.
El sonido de su nombre pronunciado con esa devoción salvaje terminó por romper cualquier barrera de autocontrol en la mente del duque. La atrajo hacia su regazo, haciendo que ella quedara a horcajadas sobre sus muslos mientras la penumbra del atardecer terminaba de envolver la choza de leñadores.
Las manos de Lordian, antes acostumbradas a sostener plumas de grafito y documentos de estado, se memorizaron cada curva de la joven bajo la lana fina del vestido: la firmeza de su talle, la calidez de su espalda, el temblor de sus muslos contra los suyos. Genevieve se entregó al galope de aquella pasión con una libertad sin reservas, arqueando el cuello hacia atrás mientras los labios de Lordian abandonaban su boca para descender por su barbilla y marcar un rastro de besos ardientes por la piel expuesta de su garganta.
—Esto... no estaba en ningún plan —confesó él contra su piel, mientras sus dedos desabrochaban con torpeza contenida los primeros botones del corpiño de ella.
—Los mejores planes son los que se arruinan, señor Vance —susurró ella, pegando su frente a la de él, con los ojos encendidos por un fuego que prometía consumirlos a ambos antes de que la noche cayera por completo sobre Kent.