Mónica Morgan lo perdió todo cuando descubrió que el hombre que amaba siempre había preferido a su propia hermana. Con el corazón destrozado y después de perder al hijo que esperaba, decidió alejarse de aquella vida y comenzar de nuevo.
Nunca imaginó que encontraría una nueva oportunidad en los brazos de Cristopher Sinclair, un hombre poderoso, distante y completamente ajeno a los sentimientos. Él le propone un trato: fingir ser su pareja a cambio de setenta mil dólares. Para Mónica, solo sería un acuerdo; para Cristopher, una forma de demostrarle algo a su abuelo.
Pero fingir estar enamorados resulta más difícil de lo esperado. Las miradas comienzan a durar demasiado, la cercanía deja de sentirse incómoda y los celos aparecen donde no deberían existir.
Mónica sabe que aquello tiene una fecha de finalización. Cristopher insiste en que entre ellos no hay nada real.
Sin embargo, si todo comenzó como una mentira… ¿qué ocurrirá cuando alguno de los dos termine enamorándose de verdad?
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Capítulo 14
Al llegar al sexto piso, todo allí se veía imponente, casi intimidante. Ella se sentía pequeña frente a tantos candidatos, pero tomó una bocanada de aire antes de que el elevador se abriera. Apretó los puños con fuerza en señal de resistencia y, con un paso firme y desafiante, salió de aquel encierro metálico.
Allí la recibió una secretaria del personal que, sin expresión, le indicó el número de turno que tendría. Era de las primeras en llegar. Después le entregó un formulario donde debía escribir sus datos para enlistarla con los demás. Mónica buscó con la mirada una silla libre y, al hallarla, se sentó erguida, transmitiendo seguridad aunque por dentro se desplomaba. Observó alrededor: rostros jóvenes, ansiosos, llenos de futuro, mientras ella estaba por cumplir treinta. El estómago le dolió de solo pensarlo. Pero el nudo en su garganta se aflojó cuando vio salir del elevador a Abigail. Rápidamente se puso de pie.
—Mónica —susurró Abigail, jalándola con discreción para apartarla de los demás—. Toma, aquí tienes algunas de las respuestas que harán en la entrevista. —Le pasó un papel doblado con sigilo, depositándolo en su mano— No son todas, pero te pueden ayudar.
El corazón de Mónica golpeó como un tambor. Sabía que aquello era peligroso, incluso podía costarle a su amiga el trabajo. Miró el papel, lo sostuvo un segundo y luego lo rompió en pedazos diminutos.
La expresión de Abigail fue de sorpresa. —En serio agradezco lo que haces, pero no quiero que tengas problemas por ayudarme. Además, aquí todos luchan sin ventaja. No sería justo, ni quiero engañar para conseguirlo. Prefiero caer con dignidad a ganar con trampa.
Abigail sonrió con orgullo al ver aquella determinación. —Sabía que lo harías. Te conozco demasiado bien para imaginarte jugando sucio. Y aunque ese papel podía darte un respiro, me alegra confirmar que sigues siendo esa persona íntegra. No te preocupes, lo harás bien, confía. —La abrazó con fuerza, transmitiéndole energía.
—Gracias Abigail, de verdad eres una amiga invaluable. —Respondió Mónica apretándola más fuerte de lo normal, como si necesitara anclarse.
—Debo irme. Y escucha, ya ganaste puntos solo por llegar temprano. La secretaria que ves ahí no está solo para repartir turnos, también evalúa puntualidad. —Le guiñó un ojo y se marchó, dejando tras de sí un aire de complicidad.
Cuando su amiga desapareció, el vacío regresó con más fuerza. No quiso beber agua, sabía que después su ansiedad la empujaría una y otra vez al baño. Así que se quedó quieta, luchando contra sus pensamientos.
El reloj parecía burlarse, acelerando el paso de las horas mientras llegaban más candidatos. Cuando el horario pactado se cumplió, las entrevistas comenzaron con absoluta puntualidad, pasando al primero según los números entregados.
La secretaria, siempre observando, abrió otro archivo y comenzó a anotar con frialdad los nombres de quienes llegaban tarde. Cada gesto de su pluma era como una sentencia. Para Mónica, parecía necesitarse un milagro para lograrlo. Algunos entraban tarde, y la mujer solo alzaba la ceja, marcando su destino con un simple movimiento.
Al fin, el momento llegó. El número que mencionaron, el nombre que llamaron, era el suyo. Sintió que la boca se le secaba, como si fuera un animal llevado al matadero, esperando la cuchilla del verdugo. El miedo le recorrió la espalda, pero sabía que si dudaba de sí misma, la eliminarían sin pensarlo, aunque hubiera estado entre las primeras en llegar.
La sala de entrevistas era majestuosa, nada que ver con la pequeña recepción. En el centro, una silla solitaria esperaba bajo las miradas penetrantes de cuatro figuras: un miembro de recursos humanos y tres jefes administrativos del departamento en cuestión.
Ellos no dieron tregua. Le señalaron la silla con frialdad y, apenas se sentó, dispararon la primera pregunta.
—Buenos días. Vamos a ser directos… ¿por qué cree que usted es la persona indicada para un puesto como este?
Mónica respiró hondo antes de responder.
—Bueno… creo que tengo la preparación necesaria y, aunque no tengo mucha experiencia, sí tengo muchas ganas de aprender. Sé que no va a ser fácil, pero soy una persona responsable y cuando me propongo algo, trato de hacerlo bien.
El entrevistador no respondió enseguida. Se limitó a observarla desde el otro lado del escritorio, con una expresión seria que hizo que Mónica sintiera que acababa de decir algo incorrecto.
—¿Y qué hace cuando las cosas se complican? Porque aquí van a haber momentos en los que todo pase al mismo tiempo.
Mónica acomodó ligeramente las manos sobre sus piernas.
—Supongo que primero intento no entrar en pánico —admitió con una pequeña sonrisa nerviosa—. Trato de ver qué es lo más urgente y empiezo por ahí. Si me pongo a pensar en todo al mismo tiempo, probablemente no voy a resolver nada.
Por primera vez, el entrevistador pareció prestar más atención.
—Bien. Entonces imagine que tiene tres problemas al mismo tiempo: un informe que debe entregar, una reunión que salió de repente y un proveedor llamando porque tiene un problema. ¿Qué hace?
Mónica se quedó pensativa unos segundos.
—Dependería de cuál de los tres pueda afectar más en ese momento. Si la reunión es realmente importante, atendería eso primero. Al proveedor intentaría darle una respuesta rápida o pedirle unos minutos, y después terminaría el informe. Creo que lo importante sería no dejar todo abandonado por concentrarme en una sola cosa y saber administrar el tiempo.
El silencio que siguió le pareció demasiado largo.
Mónica podía sentir el sudor en las palmas de sus manos. Las mantenía juntas debajo de la mesa para que él no lo notara.
—En este puesto, un error puede afectar a muchas personas. ¿Qué haría si comete uno?
Ella bajó la mirada apenas un segundo.
—Lo reconocería ¿Así de sencillo?
—No creo que sea sencillo —respondió, esta vez con más seguridad—. Seguramente me preocuparía bastante. Pero esconderlo sería peor. Primero intentaría solucionar lo que hice y después vería qué puedo hacer para que no vuelva a pasar.
El hombre levantó ligeramente una ceja.
—Aquí no basta con ser organizada. Hace falta carácter. ¿Cómo sabe que tiene disciplina si nunca ha trabajado en un puesto como este?
Mónica sintió que la pregunta iba directo a su punto débil.
—No puedo decir que tengo experiencia si no la tengo —contestó—. Pero sí puedo decir que estoy acostumbrada a ser responsable con lo que hago. Me gusta tener mis cosas en orden, cumplir con lo que digo y terminar lo que empiezo. Supongo que ahora me toca demostrar que puedo llevar eso a un trabajo.
El entrevistador hizo una anotación en su libreta.
Mónica siguió el movimiento del bolígrafo con la mirada y sintió que el estómago se le encogía.
—Última pregunta.
Ella levantó la vista.
—¿Por qué debería confiar en usted y no en alguien que ya tiene años de experiencia?
Mónica tragó saliva. Esa era exactamente la pregunta que había estado intentando no escuchar desde que entró a aquella oficina.
Por un instante, pensó demasiado en qué debía responder. Luego decidió dejar de buscar la respuesta perfecta.
—Porque sé que tengo mucho que aprender —dijo—. Y precisamente por eso voy a tomarme esta oportunidad en serio. Tal vez alguien con más experiencia pueda hacer algunas cosas más rápido que yo al principio, pero yo estoy dispuesta a aprender y a esforzarme para alcanzarlo. Solo necesito que me den la oportunidad de demostrarlo.
El entrevistador la observó durante unos segundos.
Mónica mantuvo la mirada, aunque por dentro sentía que el corazón todavía le golpeaba con fuerza.
No sabía si había respondido bien.
Pero, al menos, había sido sincera.
El silencio posterior fue brutal, como un golpe seco en el aire. Mónica se sintió desnuda, frágil, al borde de quebrarse, pero al mismo tiempo orgullosa. Había respondido con la verdad, y en ese instante, una chispa de esperanza se encendió en lo más profundo de su alma.