Denmet es una joven soñadora que estudia gastronomía y lucha por construir un futuro lejos de las dificultades de su pasado. Cuando una oportunidad laboral la lleva a trabajar a la imponente mansión Kivilcim, jamás imagina que aquel empleo cambiará su vida para siempre.
En aquella casa vive Güner Kivilcim, un hombre atractivo, poderoso y profundamente solitario. Desde la muerte de su esposa, Fraize, Güner se ha convertido en un hombre frío y distante. Convencido de que fue traicionado por la mujer que amaba, decidió cerrar su corazón y dedicar toda su existencia al imperio empresarial de su familia.
Pero detrás de la aparente muerte accidental de Fraize se esconde una historia mucho más oscura.
Cuando Denmet llega a la mansión para trabajar en la cocina, su dulzura, sinceridad y carácter comienzan lentamente a derribar las murallas que Güner ha construido alrededor de su corazón.
Lo que ninguno de los dos imagina es que enamorarse será apenas el comienzo...
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capítulo 19
La habitación permaneció en silencio.
Leyla no podía apartar la mirada de la figura que acababa de entrar.
Su rostro se había llenado de terror.
—No... —susurró—. Tú no.
Murat sonrió con satisfacción.
—Parece que todos tenemos recuerdos que preferiríamos olvidar.
La persona cerró la puerta lentamente.
Vestía un abrigo oscuro y mantenía el rostro parcialmente oculto.
Leyla retrocedió.
—¿Qué haces aquí?
La figura levantó lentamente la mirada.
Murat cruzó los brazos.
—Vino porque yo lo llamé.
—¿Por qué? —preguntó Leyla.
Nadie respondió.
El corazón de la mujer comenzó a acelerarse.
—¿Qué quieren de mí?
La figura dio un paso hacia ella.
—La verdad.
Leyla soltó una amarga risa.
—Todos quieren la verdad.
—Porque tú la has escondido demasiado tiempo.
Leyla apretó los puños.
—No saben lo que están pidiendo.
Murat tomó la fotografía que había dejado sobre la mesa.
El joven de la imagen sonreía.
—Queremos saber por qué desapareciste después de su muerte.
Las lágrimas llenaron los ojos de Leyla.
—Porque tenía miedo.
—¿De quién?
—De todos.
La figura se acercó aún más.
Leyla pudo reconocer finalmente aquel rostro.
Su respiración se detuvo.
—Kerem...
Kerem permaneció serio.
—Hola, Leyla.
—¿Qué haces con él?
Murat sonrió.
—También me gustaría saberlo.
Kerem lo ignoró.
—No vine por Murat.
—Entonces, ¿por qué?
—Por Denmet.
El nombre hizo que Leyla se estremeciera.
—No tienen derecho a hablar de ella.
—Todo esto la involucra —respondió Kerem.
Leyla negó.
—No.
—Sí.
Kerem tomó la fotografía.
—Ella merece saber quién es su padre.
—¡No!
Leyla se levantó de golpe.
—No lo entiendes.
Murat observó la reacción de ambos.
—Parece que ustedes saben más de lo que pensé.
Kerem miró a Leyla.
—¿Cuánto tiempo pensabas seguir ocultándolo?
—Toda la vida.
—Eso es imposible.
—Para ti quizá.
Kerem guardó silencio.
Murat se acercó.
—Basta.
Ambos lo miraron.
—Estoy cansado de juegos.
Murat señaló la fotografía.
—Digan su nombre.
Leyla cerró los ojos.
Kerem permaneció inmóvil.
Finalmente, Leyla susurró:
—Cem.
Murat frunció el ceño.
—¿Cem?
La mujer comenzó a llorar.
—Sí.
—¿Cem Kivilcim?
El silencio fue absoluto.
Leyla levantó lentamente la mirada.
Murat observó su rostro.
Y comprendió.
—No puede ser...
Kerem cerró los ojos.
—Ahora lo sabes.
Murat retrocedió.
—Cem era el hermano mayor de Güner.
Leyla no respondió.
Murat miró nuevamente la fotografía.
—Entonces Denmet...
—Es la hija de Cem —dijo Kerem.
El mundo pareció detenerse.
Leyla bajó la mirada.
Aquella verdad había permanecido enterrada durante más de veinte años.
Pero finalmente había salido a la luz.
Murat soltó una amarga risa.
—Qué increíble.
—Murat... —dijo Leyla.
—¡Güner no tiene idea!
Kerem apretó los puños.
—Y así seguirá siendo por ahora.
Murat lo miró.
—¿Por qué?
Kerem guardó silencio.
—¿Por qué? —repitió Murat.
Leyla se acercó.
—Porque Cem murió antes de saber que yo estaba embarazada.
Murat la observó.
—¿Y?
—Y yo prometí proteger a mi hija.
—¿De qué?
Leyla miró a Kerem.
—De esa familia.
Kerem frunció el ceño.
—No todos somos iguales.
—Tu padre sí lo era.
Las palabras hicieron que el rostro de Kerem cambiara.
Murat sonrió.
—Ahora sí estamos llegando a algo interesante.
Leyla respiró profundamente.
—El padre de Güner y Cem nunca aceptó mi relación con su hijo.
—¿Por qué?
Leyla permaneció en silencio.
Murat la miró.
—¿Por qué?
—Porque yo trabajaba para ellos.
Murat abrió los ojos.
—¿Eso es todo?
Leyla soltó una risa triste.
—Para ellos era suficiente.
Kerem bajó la mirada.
—Mi tío...
—No.
Leyla lo interrumpió.
—No lo llames así.
Kerem permaneció en silencio.
—Ese hombre me amenazó.
—Leyla...
—Me dijo que si Cem descubría que estaba embarazada, me quitaría a mi hija.
Murat frunció el ceño.
—¿Qué?
—Tenía poder.
Leyla comenzó a llorar.
—Y yo no tenía nada.
Kerem cerró los ojos.
—Mi familia nunca supo de Denmet.
—Eso crees tú.
Kerem levantó la mirada.
—¿Qué quieres decir?
Leyla lo miró directamente.
—Alguien sabía.
Murat se acercó.
—¿Quién?
Leyla guardó silencio.
Kerem dio un paso hacia ella.
—Leyla.
—No puedo decirlo.
—Después de todo esto...
—¡No puedo!
Murat golpeó la mesa.
—¡Ya basta!
Leyla se sobresaltó.
—¿Quién sabía?
Pero antes de que pudiera responder, un teléfono comenzó a sonar.
Murat miró la pantalla.
Su expresión cambió.
—Tengo que contestar.
Se alejó unos pasos.
—¿Qué ocurre?
La voz al otro lado habló rápidamente.
Murat permaneció en silencio.
Después levantó la mirada.
—Entiendo.
Colgó.
Kerem lo observó.
—¿Qué pasó?
Murat sonrió lentamente.
—Parece que Güner está buscándonos.
Leyla palideció.
—No.
—Sí.
Murat tomó su abrigo.
—Y creo que es hora de darle una sorpresa.
Kerem se acercó.
—¿Dónde está?
Murat lo miró.
—Cerca.
—Murat.
—Relájate.
—¿Qué quieres hacer?
Murat sonrió.
—Todavía no lo sé.
Leyla sintió miedo.
Conocía aquella expresión.
Murat no había cambiado.
Seguía disfrutando del poder que tenía sobre los demás.
—Déjala fuera de esto.
Murat se volvió hacia ella.
—Demasiado tarde.
En la mansión Kivilcim, Güner caminaba de un lado a otro.
La desaparición de Leyla había provocado un caos.
Denmet permanecía sentada en el sofá.
No había llorado.
Y eso preocupaba más a Güner.
—Tenemos que hacer algo —dijo finalmente.
Güner se detuvo.
—Lo estamos haciendo.
—No es suficiente.
—La policía está buscando.
—Y Murat sigue libre.
Güner se acercó.
—Lo encontraremos.
Denmet levantó la mirada.
—¿Por qué?
Él frunció el ceño.
—¿Por qué qué?
—¿Por qué Murat se llevó a mi madre?
Güner guardó silencio.
—No lo sabes.
—No.
—Pero sospechas algo.
Güner la miró.
Denmet había aprendido a conocerlo.
Sabía cuándo ocultaba algo.
—Güner.
—No quiero sacar conclusiones.
—¿Sobre qué?
Él respiró profundamente.
—Sobre tu familia.
Denmet soltó una risa amarga.
—Mi familia.
—Denmet.
—¿Qué familia? Solo tengo a mi madre.
Aquellas palabras atravesaron a Güner.
—Eso no es exactamente cierto.
Ella levantó la mirada.
—¿Qué quieres decir?
Güner permaneció en silencio.
Había investigado después de hablar con Murat.
Y ahora tenía preguntas.
Demasiadas.
—Necesito saber algo.
Denmet se puso de pie.
—¿Otra vez?
—Escúchame.
—No.
Comenzó a alejarse.
Güner la sujetó suavemente del brazo.
—¿Qué sabes sobre tu padre?
Denmet se detuvo.
Lentamente se giró.
—Nada.
—¿Nada?
—Mi madre siempre dijo que murió antes de que yo naciera.
Güner soltó su brazo.
—¿Nunca te dijo su nombre?
—No.
—¿Por qué?
Denmet bajó la mirada.
—Porque decía que no importaba.
Güner sintió una presión en el pecho.
—Denmet...
—¿Por qué preguntas?
Él no respondió.
La joven comprendió.
—Tú sabes algo.
—No.
—¡Güner!
—Solo quiero entender.
—¿Entender qué?
Güner la miró.
Quería decirlo.
Quería contarle que quizá tenía una familia.
Que quizá la mansión en la que trabajaba estaba relacionada con su propia sangre.
Pero no podía.
No todavía.
—Cuando encontremos a tu madre, ella te lo explicará.
Denmet cerró los ojos.
—Siempre igual.
—No quiero hacerte daño.
—Pero lo haces.
La joven se alejó.
Güner no intentó detenerla.
Porque sabía que ella tenía razón.
Mientras tanto, Emre había seguido discretamente las pistas que Kerem había dejado.
Algo no le parecía correcto.
Kerem había desaparecido durante varias horas.
Y justo después, un informante había asegurado haber visto el automóvil de Murat cerca de un viejo barrio industrial.
Emre se encontraba ahora dentro de su coche.
Miró hacia una construcción abandonada.
—Esto no me gusta.
Tomó su teléfono.
Marcó a Güner.
—¿Dónde estás? —preguntó Güner al responder.
—Creo que encontré algo.
—¿Qué?
—Un almacén.
Güner se puso alerta.
—¿Dónde?
Emre le dio la dirección.
—No entres.
—Ya sabes que voy a entrar.
—Emre.
—Te espero cinco minutos.
La llamada terminó.
Emre respiró profundamente.
Después bajó del coche...