Camila Cordero no tiene tiempo para enamorarse. Entre sus estudios, un trabajo agotador y una familia que nunca deja de pedirle dinero, apenas consigue mantenerse a flote. Por eso Dante Salazar, su vecino reservado, parece solo un hombre extraño que prepara sopa de fideo y carga demasiados secretos.
Pero Dante no es un hombre cualquiera. En las calles de Ciudad Bravo lo conocen como el Tigre: el dueño de un imperio construido entre negocios clandestinos, pactos de sangre y enemigos que esperan verlo caer.
Cuando Camila descubre quién es en realidad, ya es demasiado tarde para alejarse. Ella ha visto la violencia de la que es capaz, pero también al hombre herido que nadie más conoce. Y cuando decide arriesgar la vida para salvarlo, cruza una línea de la que ninguno de los dos podrá regresar.
Entre capos rivales, políticos corruptos, traiciones y una guerra que amenaza con destruirlos, Camila deberá decidir si amar al Tigre significa rescatar al hombre que vive bajo su piel… o perderse con él.
Porque en Ciudad Bravo nadie ama sin pagar un precio. Y el Tigre jamás suelta lo que considera suyo.
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Capítulo 10
Capítulo 10: ¿Muerto por accidente?
A la mañana siguiente, abajo del edificio, había cinta amarilla y una patrulla.
Camila se acercó, con el corazón latiéndole raro. Un vecino chismoso le contó, en voz baja y con deleite, lo que había pasado: habían encontrado a un hombre muerto en el callejón de atrás, "un borracho, uno que andaba molestando por aquí". La versión oficial era una caída: se había ido de espaldas por las escaleras del callejón y se había roto el cuello. Un accidente.
Camila miró la cinta amarilla y sintió que se le enfriaba la sangre. El borracho de la noche anterior. El que Mauro se había llevado del cuello con esa calma de carnicero. Muerto "por accidente", con el cuello roto, esa misma madrugada.
Casualidad, se dijo, con la boca seca. Tiene que ser casualidad. Pero por dentro, algo empezaba a no cuadrar. Demasiadas casualidades alrededor de ese vecino suyo. El foco, la mesa, la cerradura, el hombre que se lo llevó, y ahora un muerto. Se apuró a la facultad sin querer pensarlo más, porque pensarlo la asustaba.
En la Central, Fernanda la notó distraída, callada, y la dejó en paz.
Lo que Camila no sabía era que, a esa misma hora, del otro lado de la ciudad, su vida se estaba jugando en una mesa de póker.
En la Timba —la casa de apuestas más brava de Ciudad Bravo, con sus salas VIP donde corría más dinero que en algunos bancos— Bruno Cordero llevaba desde la madrugada perdiendo. Había llegado con lo poco que le sacó a su madre, había ganado un par de manos, se había emborrachado de suerte, y luego lo había perdido todo, y más. Debía una cifra que jamás en su vida podría pagar.
Bruno conocía esa sensación de estómago hueco, la había sentido mil veces, y mil veces la había ignorado con una mano más, una apuesta más, la buena, la que sí. Solo que esta vez no había mano que lo salvara. Había firmado sobre la mesa cifras que no existían en su vida entera.
Los que cobraban en la Timba no aceptaban lágrimas.
—O pagas hoy —le dijo el encargado, un hombre de anillos gruesos—, o dejas garantía. Algo que valga lo que debes.
—No… no tengo nada —balbuceó Bruno, sudando—. Nada. Se los juro.
—Todos tienen algo. —El hombre se recargó—. ¿Casa? ¿Coche? —Lo miró de arriba abajo, con desprecio—. ¿Familia?
Bruno tragó saliva. Y ahí, acorralado, sin un gramo de vergüenza, hizo lo impensable: sacó el teléfono, buscó una foto de su hermana, y una copia de la identificación de Camila que llevaba de cuando le hacía trámites, y las puso sobre la mesa.
—Mi hermana —dijo—. Está buena, es jovencita, estudia. Trabaja en un lugar fino. La dejo de garantía. En lo que consigo el dinero.
Firmó un pagaré. Puso el nombre de Camila Cordero como aval, como cosa, como prenda. Y se fue de la Timba aliviado, como si acabara de resolver un problema, sin entender —o sin querer entender— lo que acababa de hacer.
El pagaré, la foto y la identificación subieron por la cadena. Y esa cadena, aunque Bruno no lo supiera, terminaba muy arriba.
Esa tarde, en la mansión de Lomas de Cristal, Beto le llevó a Dante el reporte de rutina de los negocios, y entre los papeles venía el asunto de una deuda de la Timba dejada con una mujer de garantía.
—Cosa menor, patrón —dijo Beto—. Un jugador que dejó a una parienta empeñada. Se la van a cobrar los de trata si no paga en tres días. ¿La dejamos correr o…?
—Enséñame —dijo Dante, sin mucho interés, revisando otras cuentas.
Beto le pasó la copia de la identificación.
Dante la tomó. Y se quedó quieto.
La foto era de una muchacha de sonrisa tímida y ojos grandes. El nombre, impreso al lado, decía: Camila Cordero.
Por un instante, Beto vio algo en la cara de su patrón que no le había visto en quince años: no rabia, no frialdad. Otra cosa. Un vacío, como el segundo de silencio antes de que caiga un rayo.
—Averigua todo —dijo Dante, y la voz le salió muy baja, muy pareja—. Quién firmó. Dónde la tienen. Cuánto tiempo hay. Todo. Ahora.
Beto salió disparado.
Dante se quedó con la copia de la identificación en la mano. Después, tras un silencio largo, marcó un número interno y dio una orden que a Beto, cuando la oyó de rebote, le pareció rarísima:
—El collar. El de esmeraldas, el de la caja fuerte. Llévalo con el joyero. Que lo desarme y me haga con las piedras varios collares chicos. Sencillos. Para una mujer. —Colgó.
Un regalo. En medio de aquello, el Tigre mandaba preparar un regalo. Pero no dijo para quién, y Beto no preguntó.
Mientras tanto, del otro lado de la ciudad, Camila salía de su último turno y caminaba a la parada del camión, cansada, con la mochila al hombro, pensando todavía en la cinta amarilla y en las casualidades que la rodeaban. Era de noche. La calle estaba medio vacía.
Iba pensando, sin saberlo, a contracorriente de su propia suerte: en el beso, en la fecha del teclado, en si debía o no tocar la puerta de enfrente para agradecer, en si era una idiota por sentir lo que sentía. Iba tan metida en eso que no vio venir el peligro real.
Una camioneta se detuvo junto a la banqueta, despacio.
Camila no alcanzó a reaccionar. Unos brazos la agarraron por detrás, una mano le tapó la nariz y la boca con un trapo húmedo de olor dulzón y penetrante. Pataleó, quiso gritar, quiso morder, quiso sacar el gas pimienta. El trapo le apretó más fuerte. La calle empezó a girar, las luces se estiraron, las fuerzas se le fueron de las piernas.
Alcanzó a pensar, entre la niebla que le tragaba la conciencia, en una fecha luminosa en un teclado, y en una mano que le curó el labio.
Después, nada. La subieron a la camioneta, la puerta se cerró, y el vehículo se perdió en la noche de Ciudad Bravo.
A esa misma hora, en el Club Zafiro, sin saber todavía que la mujer empeñada en la Timba y la muchacha del sexto piso eran la misma —sin saber que ya se la habían llevado—, Dante recibía en un reservado a un mando policiaco corrupto, sonriente, sirviéndole del vino caro, ganando tiempo.
Beto entró casi corriendo, pálido, y se le acercó al oído. Le puso en la mano un papel: el pagaré, con un nombre y una dirección de la casa de trata donde llevaban a las mujeres empeñadas. Dante leyó. Camila Cordero. La misma de la identificación. La del sexto piso. La del pastel de doscientos pesos.
Por un instante no pasó nada en su cara. Después dejó la copa sobre la mesa, con un cuidado exagerado, como quien deja algo que si suelta de golpe estallaría. Se levantó. Y cuando habló, su voz salió tan tranquila que a Beto se le puso la piel de gallina, porque en quince años había aprendido que esa era la voz más peligrosa del Tigre.
—Trae el coche —dijo—. Y a Mauro.
Del otro lado de la ciudad, en la parte trasera de una camioneta, Camila empezaba apenas a despertar de la niebla del cloroformo, con las muñecas atadas y el corazón golpeándole la garganta, sin saber dónde estaba ni a dónde la llevaban.