Evolett aprendió demasiado pronto que el mundo podía ser un lugar cruel. Durante dos años, sobrevivió en silencio, escondiendo sus heridas detrás de una mirada tímida y un corazón que ya no confiaba en nadie.
Hasta que apareció Will Cleim.
Él no la mira con lástima. No intenta salvarla. Simplemente decide quedarse.
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capitulo 12
Recursos Humanos estaba en la planta veinticinco, un espacio gris y anodino que contrastaba con el lujo del resto del edificio. Evolett llegó puntual, con el contrato firmado por Will en la mano y una sensación de vértigo en el estómago. Todo había sucedido tan rápido que apenas podía procesarlo, el trabajo, la mudanza, la promesa de un futuro que no se atrevía a imaginar.
La recepcionista de RH, una mujer de unos cincuenta años con gafas de metal y el pelo recogido en un moño severo, la miró por encima de sus lentes sin molestarse en sonreír.
—¿Nombre?
preguntó, con una voz que sugería que ya estaba harta de todo el mundo.
—Evolett... Evolett Lurent.
La mujer tecleó algo en su ordenador y frunció el ceño.
—No tengo ninguna cita para una Evolett Lurent.
—El señor Cleim me envió. Voy a ser su nueva asistente de diseño.
La mujer levantó una ceja y la examinó de arriba abajo con una mezcla de incredulidad y desdén.
—¿Asistente de diseño, Usted?
solté una risita seca.
—Mire, señorita, aquí no contratamos a cualquiera. Esto es Cleim Couture, no una tienda de barrio.
Evolett sintió que el calor subía a su cabeza pero se obligó a mantener la calma.
—Tengo un contrato firmado por el señor Cleim. Si quiere puedo mostrárselo.
—Guárdese su contrato
respondió la mujer, con un gesto despectivo.
—Estos papeles se falsifican fácilmente. Además, ¿de dónde sale usted? No la he visto en ninguna de nuestras ferias de empleo.
—Soy estudiante de la Sorbona
respondió Evolett, con voz firme.
—El señor Cleim me vio en una exposición y me ofreció la oportunidad.
La mujer soltó una carcajada corta y burlona.
—¿El señor Cleim la vio en una exposición? Claro, y yo soy la reina de Inglaterra. Escúcheme, señorita, no sé qué juego está intentando montar, pero esto no es un juego. Aquí trabajan profesionales, no niñitas que se creen diseñadoras porque dibujan muñecas en sus cuadernos.
Evolett sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Las palabras de la mujer caían sobre ella como latigazos, despertando todos sus miedos, todas sus inseguridades. No eres suficiente. No perteneces aquí. Eres una impostora.
—Yo... yo solo quiero hacer mi trabajo
logró decir, con la voz temblorosa.
—¿Su trabajo?
La mujer se inclinó sobre el escritorio con una sonrisa cruel.
—Mire, señorita Lurent. Revisando aquí su expediente, viene de la casa hogar Saint Marie cierto? creció en un orfanato sin un céntimo, ¿Cree que alguien como usted puede llegar hasta aquí sin... digamos... favores especiales?
La última palabra fue pronunciada con una insinuación tan venenosa que Evolett sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Las manos le temblaban y los ojos se le llenaban de lágrimas que se negaba a derramar.
—Si, vengo de ahí, pero no es... no es lo que usted cree
susurró.
—Claro que no
respondió la mujer, con una sonrisa satisfecha.
—Ahora, le sugiero que se vaya antes de que llame a seguridad. Y si vuelve a intentar algo así, me aseguraré de que todas las empresas de moda de París sepan que intentó estafar a Cleim Couture.
Evolett permaneció inmóvil, con el contrato apretado contra el pecho, sintiendo que el mundo se derrumbaba a su alrededor. Las palabras de la mujer resonaban en su cabeza como un eco cruel, orfanato, favores especiales, estafa.
—¿Qué está pasando aquí?
La voz cortó el aire como un cuchillo. Will estaba en la entrada de Recursos Humanos, con el rostro tenso y los ojos clavados en la mujer del moño severo. Su presencia llenaba el espacio, imponente y fría.
—Señor Cleim
balbuceó la mujer, poniéndose pálida.
—Yo... no esperaba...
—No me importa lo que esperaba
respondió Will, con una voz que helaba la sangre.
—Acabo de escuchar suficiente desde el pasillo. ¿Quiere repetir lo que le dijo a la señorita Lurent?
La mujer tragó saliva, visiblemente nerviosa.
—Señor Cleim, solo estaba haciendo mi trabajo. Hay muchos impostores que intentan...
—¿Impostores?
La voz de Will se elevó apenas un tono, pero fue suficiente para que la mujer se encogiera en su asiento.
—¿Cree que la señorita Lurent es una impostora?
—Bueno, su expediente... ella es de la casa hogar Saint Marie y...
—¿Y qué?
la interrumpió Will, dando un paso hacia el escritorio.
—¿Qué tiene que ver eso con su talento, con su inteligencia, con el hecho de que yo mismo la contraté porque vi algo extraordinario en ella?
La mujer abrió la boca para responder, pero Will no le dio tiempo.
—La señorita Lurent es mi asistente de diseño personal. Trabajará directamente conmigo en la nueva colección. Tiene acceso total a todas las áreas de la empresa. Y si vuelvo a enterarme de que alguien, especialmente usted, la ha tratado con falta de respeto, no solo la despediré, sino que me aseguraré de que nunca vuelva a trabajar en la industria de la moda en Europa. Entendido?
La mujer asintió, con el rostro blanco como el papel.
—Sí, señor Cleim. Entendido.
Will se volvió hacia Evolett y su expresión se suavizó al instante.
—Ven. Vamos a terminar el papeleo en mi oficina.
Tomó el contrato de las manos temblorosas de Evolett y la guió hacia la salida con una mano en la espalda, firme pero suave. Ella no dijo nada durante todo el trayecto hacia el ascensor, pero cuando las puertas se cerraron, sintió que las lágrimas que había estado conteniendo comenzaban a resbalar por sus mejillas.
—No llores
dijo Will, con voz baja.
—No merece tus lágrimas.
—No es por ella
susurró Evolett, secándose las mejillas con el dorso de la mano.
—Es por todo. Porque tenía razón. Vengo de un orfanato. No tengo nada. Y ella me llamó estafadora. Dijo que solo estaba aquí por favores especiales.
Will la tomó por los hombros y la giró para mirarla directamente a los ojos.
—Escúchame. No importa de dónde vienes. Importa lo que eres. Y lo que eres es una diseñadora talentosa, brillante y valiente. Si alguien no puede ver eso, es problema de esa persona, no tuyo.
Evolett lo miró, sintiendo que sus palabras penetraban en algún lugar profundo, en ese rincón donde guardaba todas sus dudas.
—¿Por qué hace esto por mí?
preguntó, con la voz quebrada.
—No me conoce, no sabe quién soy, por qué tomaré todas estas molestias.
—Sé suficiente
respondió Will, con una sonrisa suave.
—Sé que mereces una oportunidad. Y voy a asegurarme de que la tengas.
Horas después, Evolett estaba en su nuevo apartamento, un estudio moderno en el décimo piso de un edificio a tres calles de la oficina. Las paredes eran blancas, los muebles minimalistas, y la vista desde la ventana ofrecía un panorama impresionante de la ciudad.
Lena la había ayudado a mudarse, llevando sus pocas pertenencias en dos maletas y una caja de cartón. Ahora, mientras deshacían las maletas, Evolett se sentó en el borde de la cama nueva y observó el espacio vacío.
—Esto es real, ¿verdad?
preguntó, como si necesitara confirmación.
—No estoy soñando.
Lena sonrió desde el otro lado de la habitación.
—Es real. Y te lo mereces.
Evolett guardó silencio por un momento. Luego, con voz baja, dijo.
—Will me defendió hoy. En Recursos Humanos. La mujer que me atendió me dijo cosas horribles, y él llegó y la puso en su sitio. Dijo que yo era su asistente y que nadie podía faltarme el respeto.
Lena dejó lo que estaba haciendo y se sentó a su lado.
—¿Y cómo te hizo sentir eso?
Evolett tardó en responder. Las palabras se formaron lentamente, como si estuviera descubriendo su significado en el mismo momento en que las pronunciaba.
—Protegida. No sabía que se podía sentir así.
Lena la tomó de la mano y la apretó con suavidad.
—Bienvenida al mundo, Evo. A veces, la gente buena hace cosas buenas por ti. Y no tienes que desconfiar de todo.