Lala Salcedo creyó que su boda con Damián Alcázar sería el inicio de una vida tranquila. Pero el mismo día de la ceremonia, su media hermana Iris, enferma y mimada por toda la familia, le arrebata el vestido, el novio y hasta el lugar que durante años le perteneció.
Lo que nadie esperaba era que Lala dejara de agachar la cabeza.
Con el corazón roto, una empresa en las manos y demasiadas cuentas pendientes, decide cobrar cada humillación una por una. Damián cree que puede volver cuando quiera. La familia Salcedo cree que todavía puede usarla. Iris cree que todo lo que Lala ama puede terminar en sus manos.
Hasta que aparece Sebastián Suárez, el heredero más reservado y poderoso de la ciudad, dispuesto a respaldarla cuando todos esperan verla caer.
Pero en un mundo de familias ricas, secretos viejos y amores que llegan demasiado tarde, Lala tendrá que descubrir quién quiere salvarla de verdad… y quién solo quiere usarla otra vez.
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Capítulo 8
Capítulo 8
—Sí.
Asentí, sin atreverme a mirarlo demasiado.
Cere estaba a mi lado con una expresión curiosa y ambigua. Seguro ya había notado algo raro.
Tomé una cinta métrica más larga.
—Señor Suárez, por favor levante los brazos.
Sebastián cooperó.
Era altísimo. Casi uno noventa. Menos mal yo no era bajita.
Medir hombros, pecho y espalda fue fácil.
El problema llegó con cintura y cadera.
¿Lo rodeaba por delante o por detrás?
Las mujeres, que antes reían y conversaban, se quedaron calladas. Todas miraban.
Me ardieron las orejas.
—¿Pasa algo? —preguntó Sebastián.
—No. Es que usted es muy alto.
—¿Me agacho?
—No, no.
Lo rodeé de frente con la cinta.
Su respiración rozó mi mejilla. Olía a bosque limpio, igual que el pañuelo.
El corazón se me desordenó.
Para la cadera no tuve valor de repetirlo de frente. Me moví detrás.
La cinta se me resbaló. La atrapé por reflejo.
Mi mano cayó sobre su abdomen bajo.
El cuerpo de Sebastián se tensó.
Mi cabeza explotó.
Había tocado donde no debía.
—Lo siento.
Retrocedí con la cara en llamas.
Las mujeres preguntaron qué pasaba.
—Nada. Yo fui torpe.
Sebastián me miró con calma.
—¿Qué pasó, señorita Salcedo?
Entendí.
Fingía no haber notado nada para no avergonzarme.
Respiré.
—¿Todavía falta medir? —preguntó.
—Sí.
Esta vez fui extremadamente cuidadosa.
Su proporción era perfecta: hombros anchos, cintura estrecha, piernas largas.
—Cere, ¿anotaste todo?
—Todo.
Después pregunté preferencias y marqué cada detalle en la tableta.
Al mediodía, la señora Suárez nos invitó a comer. Me disculpé y dije que tenía trabajo.
Sebastián miró su reloj.
—Yo también debo salir.
—Entonces acompaña a la señorita Salcedo —dijo su madre.
No pude negarme.
Al salir, le pasé mi bolso a Cere y le pedí que me esperara en el coche.
—Señor Suárez, tengo algo suyo.
Saqué el pañuelo lavado.
Sebastián sonrió.
—Lo conservaste.
—No podía tirarlo.
—Pensé que ese día estabas demasiado alterada para saber quién te lo dio.
La vergüenza de la boda volvió.
—Lo estaba. Nunca había llorado frente a tanta gente.
—Damián Alcázar fue un ciego.
—Gracias.
Le ofrecí el pañuelo.
—Lo lavé.
—Lo que doy, no lo retiro. Si no lo quieres, tíralo.
Me sorprendí.
Él explicó:
—No es desprecio.
Un joven de traje se acercó.
—Director Suárez, debemos salir.
Sebastián asintió.
No insistí.
Pero el pañuelo con su apellido en mi mano se sentía demasiado raro.
—Señor Suárez, ¿por qué estuvo en la boda ese día?
Sus ojos se volvieron profundos.
—Coincidencia.
Llegamos a los autos.
—Somos de la misma generación —dijo—. No me hables tan formal. Me hace sentir viejo.
—Usted es cliente. El cliente es Dios.
—Prefiero seguir siendo persona.
Me hizo reír.
Antes de irse, le pidió al chofer que nos llevara con cuidado.
Subió a un Audi negro discreto.
En el camino de bajada, su coche fue siempre delante.
Cuando salió de la propiedad, tocó el claxon una vez y se fue.
Tardé en entender que se estaba despidiendo.
Mi impresión de él y de la familia Suárez mejoró mucho.
Después de esa visita, regresé con una montaña de trabajo.
No tuve tiempo de pensar en Damián ni en Iris.
Hasta que una mañana el celular me recordó:
Divorcio.
La cita había llegado.
Le llamé a Damián.
Contestó Iris.
—Hermana, ¿para qué buscas a Damián?
Su voz sonaba celosa.
—No malinterpretes. Es por el divorcio. Hoy a las dos en el Juzgado Familiar. Dile que llegue puntual.
—¿Divorcio?
—Sí. ¿Creíste que por robarme la boda ya eras su esposa? Legalmente sigues siendo la metida.
—En el amor, la metida es la que no es amada.
Reí.
—Por fin muestras tu verdadera cara.
—Yo siempre he sido así. Tú eres quien no me soporta.
—No voy a discutir. Dile a Damián que no falte.
Iba a colgar, pero me detuvo:
—Lala Salcedo, ¿Damián te ha buscado estos días?
Olí pelea.
—Sí. ¿Y?
—¡No tienes vergüenza! Es mi esposo. Verse a escondidas contigo, ¿qué los hace?
—Los amantes son ustedes. ¿El cáncer te creció en el cerebro?
La dejé gritar un rato.
—Haz que se divorcie pronto y así dejas de ser amante.
Colgué.
Más tarde Damián llamó.
—¿Me llamaste en la mañana?
—A las dos en el Juzgado Familiar.
—Hoy estoy muy ocupado. No podré.
Tal como esperaba.
—Damián, ¿no podemos terminar bien? Iris está así. ¿No deberías darle tranquilidad?
—¿Discutieron en la mañana?
—¿Vas a defenderla?
—Dejé el celular en la habitación. No pensé que contestaría.
—Son uno solo. Es normal.
Colgué después de recordarle la hora.
Pero Damián no apareció.
Esperé hasta las dos y media.
No contestó llamadas.
Estaba furiosa.
Llevar el título de señora Alcázar era como un aro apretándome la cabeza.
Llamé a Tamara para presionarlo.
Ella explotó:
—¡No te basta con pelear con Iris! ¿Ahora me llamas a mí? Ella está débil y tú todavía la alteras. Si tienes valor, ven contra mí. Te voy a arrancar la boca.
Buena la novela 🥰
se hace demasiada larga
se hace demasiada larga