Seúl, año 2026. Ha-jun tiene 18 años, trabaja de asistente médico en una clínica del barrio y su vida transcurre entre turnos, exámenes y sus kdramas favoritos. Hasta que una noche, un mensaje anónimo lo lleva a la azotea de su edificio, donde alguien lo empuja al vacío.
En vez de morir, cae en una fuente de piedra que lo transporta a un mundo imposible: un valle prehistórico sin rascacielos, sin electricidad, habitado por mamuts, bestias salvajes y familias de cavernícolas más inteligentes de lo que la historia cuenta.
Rescatado del río por Kael, jefe de una familia de 7 personas, Ha-jun primero cree que está en un set de rodaje… hasta que se da cuenta de que nada es fingido. Al principio, todos lo ven como una carga: es demasiado suave, no sabe cazar, no sabe pelear. Pero su conocimiento del futuro cambiará todo: hace fuego en minutos, cocina comida que no sabe a sangre cruda, cura heridas que antes eran sentencia de muerte y ent
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CAPÍTULO 14: LA NOCHE ANTES
El día sesenta y cinco amaneció en un silencio tan absoluto que se podía oír caer una aguja sobre la tierra del claro. No había hachas que golpearan troncos, no había palas que cavaran tierra, no había cuerdas que tensaran. Por primera vez en semanas, no quedaba nada que hacer. El muro estaba terminado, las trincheras camufladas, las lanzas de fuego alineadas, las trampas listas en cada sendero. Habíamos hecho todo lo que estaba en nuestras manos. Ahora solo quedaba esperar. Ahora solo quedaba vivir esas últimas horas de paz antes de que el sol saliera al día siguiente y todo estallara.
Todos se movían despacio, como si el ruido pudiera atraer a los Huesos Rojos antes de tiempo. Rian pasó la mañana sentado en una piedra, lustrando su lanza favorita con un trozo de piel suave, una y otra vez, hasta que el filo brillaba como un espejo. Mara cocinó toda la carne seca que nos quedaba, haciendo un guiso espeso con las últimas raíces buenas, para que todos comiéramos bien por única vez, sin raciones, sin guardar nada para después. Turi subió y bajó del roble de la vigilancia cada hora, aunque sabíamos que no veríamos nada hasta el amanecer. Gorn se quedó sentado en su piedra, con los ojos cerrados, murmurando plegarias antiguas a los espíritus del valle que nos protegieran. Nia jugaba en silencio cerca del fuego, haciendo que su lagarto de madera peleara contra palitos que eran los hombres malos de las montañas. Lira clasificaba las hierbas medicinales por última vez, guardándolas en bolsas pequeñas que ataba a su cinturón y al mío, para que tuviéramos de sobra aunque nos separáramos.
Yo estaba de pie en lo alto del muro, mirando hacia el bosque norte, cuando Rian se acercó. Llevaba algo largo y pesado apoyado en el hombro, envuelto en una piel de ciervo limpia. No dijo nada hasta que estuvo a mi lado. Luego me lo entregó sin mirarme mucho, como si le costara mostrar lo que había hecho.
—Para ti —dijo, rascándose la nuca, incómodo como siempre que tenía que decir algo bonito—. La tallé yo mismo estos tres días. La madera es de roble viejo, la punta de cuarzo que me enseñaste a afilar. Pesa lo justo, no se dobla ni con el golpe más fuerte. Es mejor que cualquier otra que tengamos.
Desenvolví la piel. Era una lanza preciosa, más larga que las demás, equilibrada perfecta, el asta lisa y pulida hasta brillar, la punta afilada como una navaja, con pequeños grabados en la base: siete líneas cortas, una por cada uno de nosotros. La apreté con la mano, y sentí que era como si hubiera sido hecha para mí. Miré a Rian, y él por fin levantó la vista, serio, sin bromas, sin esa sonrisa arrogante de siempre.
—Mañana peleamos juntos —dijo, y extendió la mano para apretar la mía con fuerza—. Hermano de sangre. Pase lo que pase, yo te cubro la espalda. Tú me cubres la mía. Ninguno de los Huesos Rojos te toca ni un pelo sin pasar primero por encima de mí. Lo prometo.
Apreté su mano con fuerza, igual que el día del juramento. No tuve que decir nada. Él ya lo sabía.
Poco después vino Turi, callado como siempre, con las manos cerradas en los puños. Se paró delante de mí, se puso rojo como un tomate, y de repente me metió algo en la palma de la mano y se dio la vuelta para irse corriendo, sin dejarme darle las gracias. Abrí la mano: era un tercer colgante, tallado con más cuidado que los anteriores, en forma de siete pequeñas estrellas unidas por una línea fina. Las siete estrellas de la Familia Elegida, la que Lira me había enseñado a ver en el cielo. Lo até al cuello junto al lobo y al ciervo, sintiendo el peso de los tres contra mi pecho, como si llevara a todos ellos conmigo en cada paso.
Mara me buscó cerca de la cueva cuando el sol ya estaba bajo. Llevaba en los brazos una túnica nueva, hecha de piel de lobo gris, forrada por dentro con musgo suave y tiras de piel de conejo. Me la entregó sin sonreír, como si fuera una cosa cualquiera, pero vi que los bordes estaban cosidos a mano con hilo de tendón de ciervo, perfectos, sin un solo punto fuera de lugar.
—Pruébate —dijo, cruzándose de brazos—. La tuya está rota, no te protege ni del frío ni de un rasguño. Esta es más gruesa. Un cuchillo pequeño no la atraviesa fácil. Y te cubre bien los brazos y las piernas. No quiero que te desangres por una estupidez mañana.
Me la puse. Entraba como si me la hubieran medido mil veces. Era cálida, fuerte, olía a humo y a hierbas de las que ella usaba. Me agaché un poco para que me ajustara el cuello, y ella me apretó los cordones con fuerza, sin mirarme a los ojos, hasta que estuvo bien ceñida. Cuando terminó, me dio un pequeño golpe en el pecho, suave, casi un cariño.
—No te atrevas a morir —me dijo, baja, para que solo yo lo oyera—. Nia te quiere más que a nadie. Si te pasa algo, se le romperá el corazón. Y a mí también. No me hagas pasar por eso otra vez.
Asentí, con un nudo en la garganta. Ella ya no me llamaba extraño. Ya no me veía como el chico débil que había caído del río. Ahora era uno de los suyos. Uno de sus hijos.
Gorn me esperaba al final del claro, cerca del camino de escape por las rocas. Tenía en la mano un frasco pequeño de cuerno, cerrado con un tapón de madera, y su bastón apoyado en el brazo. Me lo entregó cuando me acerqué.
—Es la hierba más fuerte que tenemos —dijo—. Si te clavan algo, si te rompen un hueso, te bebes todo de un golpe. Te quitará el dolor el tiempo suficiente para que sigas peleando. No te lo tomes si no es necesario: te deja la cabeza un poco loca durante un rato. Pero si hace falta, te salva la vida.
Guardé el frasco en el bolsillo interior de la túnica nueva, junto al llavero de tigre de Kael. Luego el viejo me puso una mano seca y arrugada en el hombro, y me miró fijamente con su único ojo bueno.
—Mañana, si las cosas se ponen muy mal —susurró, muy bajo, para que nadie más lo oyera—, recuerda lo que eres. Tú vienes del agua. La piedra te conoce. Responde a tu sangre, a la de Kael, a la de todos los que cruzaron antes que tú. Si la necesitas, si todo lo demás falla, llámala. Ella vendrá. No preguntes cómo. Solo hazlo.
No tuve tiempo de preguntarle qué quería decir. Kael me llamó desde la entrada de la cueva. Se había alejado un poco de los demás, y tenía en la mano un cuchillo pequeño de hoja ancha, con el mango de hueso tallado. Me lo entregó cuando llegué. Era suyo. Lo había visto usar cientos de veces para desollar animales, para cortar cuerdas, para todo.
—Lo tenía desde que llegué aquí —dijo—. Lo hice con mis propias manos el primer invierno, cuando no tenía nada. Me ha salvado la vida tres veces. Ahora es tuyo. Mañana, si nos separamos, si algo me pasa… tú te quedas al mando. Tú sabes el plan mejor que nadie. Ellos te seguirán. Ya lo sé.
Miré el cuchillo en mi mano, luego miré a Kael. A Kim Jae-won, el chico de Seúl del año dos mil seis que había caído por la misma fuente que yo, que había elegido quedarse, que había construido toda esta familia con sus manos. Le puse una mano en el hombro, igual que él había hecho conmigo tantas veces.
—Nada te va a pasar —le dije—. Mañana peleamos juntos. Los dos. Y los dos salimos vivos. Lo prometo.
Él asintió, sin decir nada. No necesitábamos más palabras. Éramos dos hombres del mismo lugar, unidos por la misma piedra, por la misma familia, por la misma guerra.
Cuando el sol se ocultó del todo y las primeras estrellas salieron, Nia vino corriendo hacia mí, con su lagarto de madera apretado contra el pecho. Se paró delante de mí, seria como una jueza, y me lo extendió con sus dos manitas pequeñas.
—Te lo presto —dijo, muy seria—. Él protege. Me ha protegido a mí siempre. Mañana te protege a ti. Pero solo lo tienes prestado, ¿vale? Cuando termine todo, cuando los hombres malos se hayan ido, me lo tienes que devolver. Prométemelo.
Me arrodillé para estar a su altura. Cogí el lagarto de madera, lo apreté con fuerza contra mi pecho, junto a los colgantes y el llavero.
—Te lo prometo —le dije, mirándola a los ojos—. Mañana por la noche, cuando estemos todos aquí alrededor del fuego, te lo devuelvo. Sin un solo rasguño. Y tú tampoco tendrás ni uno. ¿Trato hecho?
Ella sonrió, mostrando los dientes de leche que le faltaban delante, y me abrazó el cuello con fuerza, dándome un beso húmedo en la mejilla.
—Trato hecho —dijo, y salió corriendo hacia donde estaba Mara, sin mirar atrás.
Solo faltaba Lira.
La encontré fuera del claro, un poco más allá del muro, sentada en la piedra grande desde la que veíamos todo el valle bajo la luz de la luna llena. Se giró cuando me oyó acercarme, y sonrió, esa sonrisa que solo era mía. Me senté a su lado, y sin decir nada me apoyó la cabeza en el hombro, entrelazando sus dedos con los míos. Miramos juntos las estrellas, buscando las siete pequeñas de la Familia Elegida, que brillaban justo encima de la cueva, brillantes y firmes, como si nos vigilaran.
—Mañana termina todo —dijo ella, baja, rompiendo el silencio—. O empezamos una vida nueva, o…
—No digas eso —le corté, apretando su mano—. Los dos salimos vivos. Lo prometo. Ya vi el futuro. Sé que ganamos. Sé que todos estamos bien al final.
No le conté de la otra visión, la de todos muertos. No hacía falta. Yo ya había decidido que esa no pasaría. Haría lo que fuera necesario para que la buena fuera la verdadera.
Ella se giró hacia mí, me tomó la cara con las dos manos, y me miró fijamente a los ojos, con una seriedad que nunca le había visto.
—Si sobrevivimos —dijo, lenta, clara, para que me quedara grabado en la cabeza para siempre—, si mañana al atardecer seguimos aquí, los dos vivos, sanos… quiero que seas mi compañero. Para siempre. Quiero que construyamos una cueva más grande, más alta, con vistas al río. Quiero que me enseñes todas las cosas de tu mundo, las historias, las curas, los números. Quiero tener hijos contigo. Que aprendan de los dos mundos. Que sepan quién eres, de dónde vienes. Quiero envejecer contigo aquí, en este valle, viendo crecer a Nia, a los hijos de Rian, a todo el clan. ¿Quieres?
Se me llenaron los ojos de lágrimas de golpe. No había nadie más en el mundo. No había Seúl, no había piedra azul, no había guerra, no había Huesos Rojos. Solo estaba ella, la luz de la luna en su cara, la mano caliente en mi mejilla, la promesa más bonita que nadie me había hecho nunca.
—Sí —le dije, con la voz rota por la emoción—. Sí. Quiero. Todo lo que digas. Todo. Para siempre.
Nos besamos entonces, largo y despacio, bajo las siete estrellas, sintiendo el calor del otro, prometiéndonos en silencio que nada, absolutamente nada, nos separaría. Ni treinta guerreros. Ni ninguna batalla. Ni siquiera la piedra que podía llevarme a diez mil kilómetros de distancia.
Cuando volvimos al claro, todos estaban sentados alrededor del fuego grande, en silencio, cada uno con sus armas al lado, comiendo el último trozo del guiso de Mara. No había bromas, no había risas. Solo una calma fría, la de la gente que sabe que mañana puede ser el último día de su vida. Me senté en mi sitio, entre Lira y Rian, con la lanza nueva apoyada en la piedra al lado, el cuchillo de Kael en el cinturón, el frasco de Gorn en la túnica, los tres colgantes de Turi contra el pecho, el llavero de Kael cerca del corazón, y el lagarto de madera de Nia guardado en el bolsillo más seguro que tenía.
Miré a cada uno de ellos a la luz roja del fuego: Kael, firme, vigilante, el jefe que todos necesitábamos; Mara, fuerte y dura, abrazando a Nia que ya dormía en su regazo; Rian, con la mano en el puño de su lanza, listo para saltar a la primera señal; Turi, callado, pero con los ojos brillantes de determinación; Gorn, viejo y sabio, con el bastón entre las manos; Lira, a mi lado, apretándome la mano sin soltarla nunca. Siete. Éramos siete contra treinta. Pero éramos siete que se querían. Siete que se conocían de memoria. Siete que peleaban por su casa, por su familia, por todo lo que valía la pena en el mundo.
Nadie dijo nada durante horas. Nadie se durmió. Todos esperábamos.
En algún momento, muy tarde, cuando la luna estaba en lo más alto del cielo, Rian se giró hacia mí, y me dijo muy bajo, para que solo yo lo oyera:
—Mañana, cuando salga el sol, subiré primero al árbol. Si los veo venir, gritaré.
Asentí. Sabía lo que venía. Lo había escrito en el calendario de mi cabeza hacía meses. Lo había visto en el prólogo de mi propia vida, antes de que empezara.
Cuando saliera el sol del día sesenta y seis, Rian gritaría que venían por el río. Los Huesos Rojos bajarían de las montañas con Drak al frente. Yo levantaría la mano, y todo el valle vería la llama. Y entonces, todo terminaría. O empezaría de nuevo.
Apreté la mano de Lira con más fuerza. Toqué todos los regalos que llevaba encima, uno por uno, sintiendo el peso de la confianza de todos ellos en mi piel. Cerré los ojos un segundo, respiré hondo el aire de mi valle, el olor a pino, a humo, a hogar.
Estaba listo.
Mañana sería el día.
Que vinieran.