Esta historia comienza con una joven estudiante de colegio que jamás imaginó que conocer a un doctor cambiaría su vida para siempre. Entre ellos nace un sentimiento profundo que, poco a poco, se convierte en un amor prohibido, lleno de obstáculos, secretos y decisiones difíciles. Sin embargo, ambos están dispuestos a luchar por aquello que sienten. Cuando la chica atraviesa el momento más doloroso de su vida, su mundo se derrumba: su querida abuelita, la única persona que la crió y estuvo a su lado, fallece después de enfrentar una grave enfermedad. El doctor no pudo salvarla, pero decidió quedarse para acompañarla y apoyarla.
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Capítulo 16 — Una propuesta inesperada
Después de aquella conversación con Valeska, decidí levantarme y preparar algo de comida. Como tenía el día libre, no había necesidad de estar corriendo ni pendiente del reloj.
Me fui para la cocina y empecé a preparar el almuerzo con calma. Mientras cocinaba, la casa permanecía bastante tranquila. Mi mamá y mis hermanas no estaban; se habían ido donde mi abuelita.
Cuando terminé, serví la comida y llevé los platos hasta la mesa.
Xavier: —Vale, vení a comer.
Valeska se acercó y se sentó. Yo también me senté a su lado.
La miré unos segundos. Todavía tenía los ojos un poquito hinchados por haber llorado, aunque ya estaba mucho más tranquila.
Me quedé pensando qué podíamos hacer durante mi día libre.
Entonces se me ocurrió una idea.
Xavier: —Mi reina, ¿te ponés bonita y nos vamos para Armenia donde mi abuelita?
Apenas terminé de decirlo, noté que la expresión de Valeska cambió.
Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas otra vez.
Me quedé sorprendido.
—Uy, ¿qué embarrada? —pensé.
No había querido hacerla sentir mal. Simplemente había pensado que salir un rato podía ayudarla a despejar la cabeza.
Xavier: —Ey, Vale, ¿qué pasó?
Ella bajó la mirada.
Valeska: —Es que…
No terminó la frase.
La vi llorar nuevamente y ahí entendí que había tocado un tema demasiado sensible.
Xavier: —Perdón, pues. No quería hacerte llorar.
Valeska se secó las lágrimas.
Valeska: —Es que cuando usted dice eso, me acuerdo de mi abuelita.
Me quedé callado.
Claro. Ella acababa de perder a la persona que la había criado. Cualquier cosa relacionada con una abuelita podía hacerle recordar todo.
Xavier: —Ya entendí.
Me quedé pensando un momento antes de explicarle lo que realmente quería decir.
Xavier: —Yo solamente quería que saliéramos un rato, Vale. Nada más.
Ella levantó la mirada.
Valeska: —¿Salir para dónde?
Xavier: —Pues hay un lugar que tiene mi familia. Es de la mamá de mi mamá.
Valeska me escuchó atentamente.
Xavier: —Mis primos también van por allá. Hay una parte muy bonita, como una cascada, y pensé que de pronto te gustaría conocerla.
Ella permaneció en silencio.
Xavier: —Pero tranquila. No tenés que decidir nada ahora.
Valeska volvió a limpiarse los ojos.
Valeska: —Es que todavía me siento rara.
Xavier: —Lo sé.
Me quedé a su lado.
Xavier: —Por eso tampoco quiero obligarte a nada. Solo quería proponerte algo para que despejaras un poquito la cabeza.
Ella asintió lentamente.
Valeska: —Puede ser.
Xavier: —Bueno, pues.
Continuamos comiendo.
Yo no quise insistir más en el tema. Prefería que Valeska estuviera tranquila y que ella misma pensara si quería hacerlo o no.
Después de terminar la comida, recogí los platos y los llevé a la cocina.
Cuando regresé a la sala, Valeska seguía sentada pensando.
Xavier: —¿Qué pasó?
Valeska: —Nada.
Xavier: —Te conozco. Algo estás pensando.
Ella soltó una pequeña sonrisa.
Valeska: —Estoy pensando en lo que me dijo.
Xavier: —Pues pensalo con calma.
Me senté nuevamente.
Xavier: —Si querés, arreglás un poquito de ropa y miramos. Y si no te sentís preparada, tampoco pasa nada.
Valeska asintió.
Valeska: —Está bien.
La conversación quedó ahí.
Yo no quería apresurarla. Sabía que todavía estaba pasando por un momento difícil y que necesitaba tiempo para acostumbrarse a todo lo que había cambiado en su vida.
Me levanté nuevamente y fui a terminar de organizar la cocina.
Mientras guardaba algunas cosas, pensé en que hacía mucho tiempo no tenía un día libre de verdad.
El hospital siempre ocupaba buena parte de mi vida.
Ese día, en cambio, podía estar tranquilo, comer sin afán y pasar tiempo en la casa.
Y, sobre todo, podía acompañar a Valeska.
No sabía cómo terminaría el día, pero al menos había conseguido que por un momento dejara de pensar únicamente en la tristeza.
Por ahora, eso era suficiente.
No quería presionarla ni hablarle de más.
Solo quería que estuviera tranquila y que, cuando se sintiera preparada, pudiera pensar en otras cosas.
—De a poquito —pensé—. Todo se va acomodando de a poquito.