El matrimonio que lloré a escondidas
Una historia real de amor, un bebé milagro y un duelo que nadie vio
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Epílogo - La mujer que se casó por curiosidad y terminó amando para siempre
Si alguien me hubiera dicho hace dos años, cuando yo andaba de novia de teléfono, que iba a terminar escribiendo un libro sobre mi vida, me hubiera reído en su cara. Le hubiera dicho "estás loco, ¿yo escribir un libro? Si yo apenas y terminé la secundaria, si yo no sé escribir bonito". Pero aquí estoy, escribiendo el último capítulo de mi historia. De nuestra historia.
Yo empecé esta historia por curiosidad. Por pura y mera curiosidad. ¿Te acuerdas? Te conté en el capítulo 1 que me metí a esto jugando, que una amiga me dijo "ándale, contéstale a este muchacho, es buena onda", y yo le contesté por aburrimiento, por ver qué se sentía tener un novio que no podía verme, que no me podía tocar, que solo me podía hablar bonito por teléfono.
Yo no buscaba amor. Yo no buscaba esposo. Yo no buscaba ser mamá otra vez, mucho menos de un bebé milagro. Yo solo buscaba con quién platicar en las noches que me sentía sola. Yo solo buscaba matar el tiempo.
Y terminé encontrando el amor de mi vida.
Es chistoso cómo la vida te lleva por caminos que tú nunca pensaste caminar. Yo nunca pensé que iba a pelear en julio por unos papeles para casarme con un hombre que estaba preso. Yo nunca pensé que iba a ser la primera mujer en 10 años en ir a verlo. Yo nunca pensé que iba a conocer el amor en un patio con mesas de cemento, con custodios viendo, con comida en topes de plástico.
Pero así fue. Y no me arrepiento de nada. De nada. Ni de los malos ratos, ni de las peleas por teléfono, ni de las filas largas, ni de los rayos X, ni siquiera del dolor de perder a mi bebé y a mi esposo. Porque todo eso me hizo la mujer que soy hoy.
Hoy mucha gente me pregunta "¿valió la pena, Mari? ¿Valió la pena casarte con alguien que estaba preso? ¿Valió la pena enamorarte de alguien que sabías que podía no salir nunca? ¿Valió la pena quedar embarazada sabiendo que estabas operada y que era riesgoso? ¿Valió la pena sufrir tanto?".
Y yo siempre contesto lo mismo: sí, valió cada segundo. Cada lágrima, cada risa, cada abrazo, cada beso, cada llamada, cada carta, valió la pena. Porque por un año y medio, yo fui la mujer más amada del mundo. Por un año y medio, tuve un hombre que me decía todos los días "te amo, mi esposa, gracias por existir". ¿Cuántas mujeres pueden decir eso? ¿Cuántas mujeres tienen un hombre que las ama así, aunque sea por teléfono, aunque sea a lo lejos?
Mi esposo me amó como nadie me había amado. Me respetó, me cuidó, me presumió con sus compañeros, les decía "ella es mi esposa, la que me vino a ver después de 10 años de que nadie me visitara". Me hizo sentir importante, me hizo sentir querida, me hizo sentir esposa de verdad.
Y yo lo amé como nunca había amado. Lo amé con locura, con pasión, con ternura. Lo amé cuando nadie más lo amaba. Lo amé cuando estaba solo, cuando estaba triste, cuando pensaba que se iba a morir solo. Yo lo fui a ver, yo le di de comer en la boca, yo dormí con él en una cama dura de cemento y para mí esa fue la noche más bonita de mi vida.
Y de ese amor, de esa curiosidad que se convirtió en amor, nació nuestro milagro. Un bebé que los doctores dijeron que era imposible, pero que Dios nos mandó para demostrar que nuestro amor sí podía hacer cosas imposibles. Un bebé que solo vivió 3 meses en mi panza, pero que vivirá para siempre en mi corazón y en el de su papá. Nuestro bebé ángel.
Mucha gente me juzgó. Mucha gente me dijo que estaba loca, que cómo me iba a casar con un preso, que cómo iba a tener un hijo con él, que qué iba a decir la gente. Y al principio me dolía que me juzgaran. Me escondía, escondía mi acta de matrimonio, escondía mi panza, escondía mi dolor.
Pero ya no me escondo. Ya no me da vergüenza decir que soy viuda de un hombre que estuvo preso. Porque yo sé lo que vivimos nosotros. Yo sé que nuestro amor fue real, fue puro, fue sincero. Fue más real que muchos amores que viven juntos y ni se hablan, que se engañan, que se gritan.
Nuestro amor fue de llamadas de 15 minutos, de cartas escritas a mano, de abrazos contados, de visitas de 4 horas. Pero fue amor de verdad. Del bueno. Del que no se acaba aunque la persona se muera.
Si tú estás leyendo este libro porque estás pasando por algo parecido, porque te enamoraste de alguien que está preso, porque te da vergüenza decirlo, porque tu familia no te apoya, quiero decirte algo de corazón a corazón, de esposa a esposa, de mujer a mujer: no te avergüences de amar.
Amar nunca es una vergüenza. Amar a alguien que está preso no te hace mala mujer, no te hace tonta, no te hace menos. Te hace valiente. Porque amar a alguien que está lejos, que no te puede abrazar cuando lloras, que no te puede llevar a una fiesta, que no te puede presumir en la calle, es un amor difícil, pero es un amor que te enseña a amar de verdad, con el alma, no con el cuerpo.
Si tu amor es de verdad, si te hace reír, si te hace sentir querida, si te respeta, si te dice "mi esposa" con orgullo, quédate. Quédate y lucha por él como yo luché en julio por mis papeles, como luché en noviembre para darle la sorpresa, como luché en diciembre para ser su esposa completa. Lucha, porque el amor que lucha es el que vale.
Y si lo pierdes, como yo perdí a mi esposo el 16 de agosto, llóralo. Llóralo todo lo que quieras, grítalo, siéntelo, no te guardes nada. Pero luego, cuando sueñes con él feliz, con luz, con tu bebé en brazos, vuelve a respirar. Vuelve a vivir. Porque él no quiere verte triste para siempre. Él quiere verte feliz, porque te amó.
Yo hoy cierro este libro, pero no cierro mi historia. Mi historia sigue. Sigo siendo la esposa de mi esposo, aunque él esté en el cielo. Sigo siendo la mamá de mi bebé milagro, aunque él sea un ángel. Sigo siendo la nuera de mi suegra, que ahora es como mi mamá.
Sigo yendo a ver sus cenizas, sigo leyéndole su carta, sigo poniéndole su coca y su pan. Sigo hablándole y diciéndole "aquí estoy, mi amor, sigo siendo tu esposa".
Me casé por curiosidad el 23 de octubre de 2024, jugando, sin pensar que me iba a enamorar de verdad. Y terminé amando para siempre.
Para siempre, mi esposo. Para siempre, mi bebé milagro. Para siempre, mi historia.
Con amor, tu esposa, tu enojona bonita, Mari.