El destino comete errores, y unir al Alfa de la manada con una simple humana es el más grande de todos. Mientras la manada exige una líder fuerte para la guerra y Alexander intenta marcarme como suya, yo me niego a ser el trofeo de un rey lobo. No tengo garras, no tengo instinto y no voy a pedir perdón por ser débil ante sus ojos. Soy humana, no una Luna. Pero para conservar mi libertad, primero tendré que sobrevivir a la pasión destructiva de un Alfa que no piensa dejarme ir.
NovelToon tiene autorización de Crisbella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo VII Celos
Punto de vista de Alexander
Pasé todo el día deteniendo el ataque de unos renegados en el sector norte del territorio. Esos infelices cada día se volvían más osados, adentrándose en nuestras fronteras con una desesperación que comenzaba a resultarme sumamente preocupante.
Después de un día pesado, sangriento y lleno de mal humor, decidí ir a buscar a mi mate. Ella era la única capaz de traer algo de paz a mi lobo y hacer que mi día mejorara.
Cuando llegué a la clínica, la encontré mucho más relajada y tranquila. Al rozar ligeramente la mente de Elena con mi telepatía, leí sus pensamientos y me enteré de que Amelia había hecho un trabajo impecable curando a los heridos, además de haber estado haciendo preguntas inteligentes sobre nuestras costumbres.
—Es hora de ir a la casa de la manada —sentencié con firmeza.
Sin embargo, ante su insistencia y la intervención de la enfermera, terminé cediendo a que se quedara esa noche en casa de los omegas. Acepté únicamente para no tensar más la cuerda con mi obstinada cirujana, pero mi tranquilidad duró muy poco.
Minutos después de que Amelia y Elena salieron hacia su destino, me adentré en el pueblo y me acerqué a la vivienda de la enfermera para verificar la seguridad del perímetro. Al aproximarme a la ventana del comedor, escuché las risas que venían desde el interior.
Centré mi atención en la mente de Camilo, el hermano de Elena.
Al escudriñar sus pensamientos, un rugido de rabia estuvo a punto de escaparse de mi garganta. El joven omega estaba fascinado con Amelia; pensaba en lo hermosa que era, en la calidez de su sonrisa y en lo diferente que se comportaba comparada con las mujeres de la alta jerarquía.
Sentí cómo la sangre se me encendía en las venas. Mi lobo arañó mi conciencia con ferocidad, exigiendo salir para marcar territorio. No iba a permitir que ningún hombre, y mucho menos un simple omega, pusiera sus ojos en la mujer que la diosa Luna había destinado para mí. Amelia era mía, aunque ella se negara a aceptarlo.
Descarté de inmediato la idea de dejar a un grupo de guardias a cargo de la vigilancia. Nadie cuidaría de mi reina mejor que yo. Me quedé allí, oculto en la penumbra bajo el tronco de un enorme roble, velando la casa durante horas mientras la noche caía por completo.
A eso de las diez, vi cómo la luz de la habitación del segundo piso se encendía. Las cortinas se entreabrieron y la silueta de Amelia apareció en la ventana.
Instintivamente, intenté proyectar mi voz en su mente, buscando conectar con su conciencia para susurrarle que estaba allí, que no debía temer a las sombras. Pero solo encontré un muro de silencio absoluto. Un vacío doloroso.
Apreté los puños con frustración al recordarlo: Amelia era humana. Al no poseer la sangre ni el espíritu de una loba, la conexión mental del vínculo no funcionaba con ella. No podía hablarle a la distancia, no podía sentir sus emociones directas ni enviarle mi calma.
Para ella, yo solo era un extraño imponente que la mantenía cautiva.
Incapaz de soportar la distancia y llevado por la necesidad primitiva de estar cerca de su aroma, esperé a que las luces de la casa se apagaran por completo y que la respiración de los hermanos denotara un sueño profundo.
Sin hacer el más mínimo ruido, trepé por el tronco del árbol contiguo y salté al alféizar de la ventana de su habitación con la agilidad de un felino. La ventana no tenía seguro. La deslicé con delicadeza, me colé en la penumbra del cuarto y volví a cerrarla tras de mí.
El aroma a vainilla, jazmín y a la piel tibia de Amelia me golpeó de lleno, calmando de golpe la tormenta que llevaba por dentro.
Amelia estaba de pie junto a la cama, vistiendo una camiseta holgada que le prestó Elena. Al escuchar el leve chasquido de la madera, se giró bruscamente y ahogó un grito de pánico, llevándose una mano al pecho.
—¡¿Alexander?! —susurró con la voz entrecortada por el susto, dando dos pasos hacia atrás—. ¿Te volviste loco? Entraste como un ladrón por la ventana...
—No encontré otra forma de hablar contigo a solas sin la sombra de mi Beta ni las miradas de la manada —respondí con voz suave y profunda, dando un paso cauteloso hacia ella para no asustarla más—. Y no soy un ladrón, Amelia... solo vine a recuperar un poco de la paz que me quitaste desde que entraste a mi vida.
Me detuve a un metro de distancia, observando cómo sus ojos marrones brillaban en la oscuridad con una mezcla de cautela, indignación y una innegable curiosidad.
—No te he quitado nada —replicó ella, cruzándose de brazos e intentando mantener la compostura—. Tú fuiste quien me sacó de mi hospital. Si quieres hablar, hazlo como una persona normal por la puerta principal, no colándote en mi habitación en mitad de la noche.
Una leve sonrisa se dibujó en mis labios.
—Si entraba por la puerta principal, habría tenido que romperle el cuello al muchacho de la cocina por mirarte de la forma en que lo hizo —admití con una sinceridad brutal que hizo que ella abriera los ojos con asombro.
—Camilo solo fue amable conmigo, algo a lo que tu gente no me tiene acostumbrada —siseó Amelia dando un paso al frente, encarándome sin miedo—. No tienes ningún derecho a controlar quién me mira o con quién hablo.
—Tengo todo el derecho del mundo, mi pequeña cirujana —murmuré, recortando la distancia hasta quedar a pocos centímetros de su rostro—. Eres mi mate. Mi cuerpo y mi alma te pertenecen, y el instinto de mi lobo no tolera la presencia de ningún otro hombre cerca de ti.
Amelia me sostuvo la mirada con una firmeza que no dejaba de fascinarme.
—Te lo dije en la mañana y te lo repito ahora: tu instinto no me domina. Soy humana, no tu propiedad. Y si viniste hasta aquí solo para reclamarme por celos absurdos, puedes salir por la misma ventana por la que entraste.
La tensión en la habitación se volvió electrizante. Tenía a la mujer más obstinada del mundo frente a mí, y aun así, no deseaba a ninguna otra.
aunque los lobos una vez encuentran a su pareja son fieles inclusive mueren con ellas
Alexander solo te está protegiendo y el te ha reconocido como su pareja su mate su luna su destinada ,eres tu quien lo desprecia en vez de usar tu inteligencia y asimilar todo esto