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Capítulo 8
Capítulo 8: ¿A quién llevaste al hospital?
La lluvia cesó de golpe, como si allá arriba alguien hubiera cerrado una llave. En el Estudio Ocote solo quedaba el goteo terco de las canaletas y el zumbido cansado de las lámparas de escritorio. Renata estiró la espalda hasta que le tronó una vértebra, guardó su tableta y miró el reloj de la pared: casi las diez de la noche.
—Ya, vámonos —dijo, frotándose los ojos—. Por las horas extra te va triple el día de hoy, y mañana ni te apareces. Descansa, Lucas.
Él no despegó la vista del monitor de inmediato. Terminó una línea con esa calma suya, milimétrica, dejó el lápiz óptico sobre la mesa y le sonrió de lado.
—Con eso me malacostumbras, Jenny. —Se puso de pie, se colgó la chamarra de un hombro—. Oye… ¿me llevas de aventón al Hospital del Carmen? Con la lluvia no pasó un solo taxi libre, y ya se me hizo tardísimo.
Renata levantó la ceja mientras buscaba las llaves del Audi blanco en el fondo de su bolsa.
—¿Al hospital? ¿Estás bien? ¿Te sientes mal?
—Yo estoy perfecto. —Bajó un poco la voz, y algo en su tono se puso serio de verdad—. Es mi abuela. Está internada. Le prometí que pasaba a verla hoy sin falta, y ya ves cómo se puso el clima.
Algo en el modo en que lo dijo —sin drama, casi de pasada, como quien menciona una deuda que se paga sin chistar— la desarmó por completo. Renata cerró la bolsa.
—Va. Queda de camino a la casa.
En el estacionamiento subterráneo el aire olía a cemento mojado y a aceite de motor. Lucas se acomodó en el asiento del copiloto ocupando todo el espacio con esas piernas largas, y guardó silencio hasta que salieron a la avenida, donde los faros de los otros coches se estiraban en el asfalto todavía brillante.
—¿Y cómo es tu esposo? —soltó de repente, mirando por la ventanilla como si preguntara por el precio de la gasolina.
Renata mantuvo los ojos en el semáforo.
—Trabajólico —respondió—. El trabajo primero, siempre. Después el trabajo. Y hasta el final, más trabajo.
—¿Y a estas horas ni te llama? —Ladeó la cabeza contra el reposacabezas—. Son casi las diez, andas sola por media ciudad, bajo la lluvia, con un desconocido en el coche… ¿No se preocupa el hombre?
—Está acostumbrado a que yo me las arreglo sola.
—Mmm. —Lucas dejó pasar una cuadra entera antes de seguir—. ¿Pasas mucho tiempo sola en la casa, Jenny? Digo. Una casa grande, vacía.
—Lo normal —dijo ella, cortante, aunque la palabra le supo falsa en la boca.
—¿Y llega a dormir, por lo menos? —Volteó a verla, y en su cara había una inocencia demasiado bien acabada para ser real—. Porque un esposo que no llega en la noche… híjole. Qué desperdicio de mujer.
El doble sentido cayó exactamente donde tenía que caer. Renata sintió que la cara se le encendía de la garganta a las orejas, y apretó el volante hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—Llega… a veces —dijo, y se trabó de inmediato—. O sea. Duerme en su cuarto porque trabaja hasta tarde y no me quiere despertar. No es lo que estás pensando.
—Yo no estoy pensando nada. —La sonrisa se le ensanchó, lenta, tranquila y perversa a la vez—. Eso lo estás poniendo tú solita, reina. La que se puso roja fuiste tú.
—No me digas así, escuincle. —Le salió más brusco de lo que quería. La ansiedad de esos cinco años de diferencia le picó por dentro como una astilla—. Tú deberías estarme diciendo "maestra", con respeto.
Lucas se rió bajito, un sonido cálido que llenó el coche, y ese lunar en la esquina del ojo se le movió con un aire travieso, casi cómplice, que le quitaba diez años de seriedad y le sumaba, a cambio, algo peligroso, algo que no debía estar ahí. Renata volvió la vista al frente y no dijo una palabra más en todo el camino.
Llegaron a la entrada de urgencias del Hospital del Carmen. Lucas se desabrochó el cinturón, pero no bajó de inmediato; se quedó un segundo mirándola de perfil.
—Gracias, Jenny. De verdad. Me salvaste. —Y entonces sí, abrió la puerta y bajó.
Ella lo vio alejarse hacia las puertas de cristal: alto, con las manos en los bolsillos de la chamarra, recortado contra el letrero blanco y frío del hospital. Antes de entrar, él volteó y alzó la mano una vez, sin sonreír. Y sin darse cuenta, sola en el coche, Renata sonrió.
El celular vibró en el soporte del navegador. En la pantalla: Sebastián.
—¿Bueno? —La sonrisa todavía no se le había borrado de la voz.
—¿A quién llevaste al hospital? —La pregunta llegó gélida, sin saludo, sin preámbulo.
A Renata se le heló la sangre. Miró alrededor por instinto, como si él pudiera verla a través del parabrisas.
—¿Cómo…? —Se le atropelló la respuesta—. Un compañero del estudio. Vino a ver a su abuela, que está internada aquí. Le di aventón porque no había taxis. —Tragó saliva—. ¿Tú dónde estás? ¿Cómo supiste que…?
—Aquí. —Una pausa que duró demasiado—. En el mismo hospital. Un compromiso con un socio.
El silencio se estiró entre los dos como un cable a punto de reventar. Renata entendió, con un frío que le bajó por toda la espalda, que él había estado ahí todo el santo tiempo. Que al mediodía, cuando ella lo esperó en la recepción de la Torre con la carpeta azul empapándose contra el pecho, él ni siquiera había bajado a verla. Y ahora, en cambio, la llamaba para esto.
—¿Quién es él? —insistió Sebastián—. El hombre que se bajó de tu coche.
—Ya te dije. Un compañero de trabajo. —La voz de ella se endureció de golpe—. ¿Por qué el interrogatorio, Sebastián?
Del otro lado se oyó un movimiento, y luego una orden dicha a media voz, seca, dirigida a alguien más: que suban al socio a una habitación mejor, que le manden una tarjeta negra y le ofrezcan una disculpa como se debe. Después, todavía más bajo, un corte tajante: "No. No investigues nada. Bajo en diez minutos, no me atrases para volver a casa."
—Nada —le dijo a ella al fin, otra vez con esa voz plana—. Voy para la casa. Cena algo, no me esperes despierta.
Colgó.
Renata se quedó mirando la pantalla ya apagada, el reflejo de su propia cara en el vidrio negro. Le temblaban un poco las manos sobre el volante, y no habría sabido decir si era de coraje o de esa otra cosa que se negaba a nombrar.
Cuando llegó a la mansión Alcántara, Sebastián ya estaba ahí. Sobre la mesa larga del comedor humeaba un caldo en un tazón de porcelana buena; olía a hierbas, a médula, a algo nutritivo de fonda de barrio que él había mandado traer desde quién sabe dónde.
—Siéntate —dijo él, y jaló la silla para servirle, cucharón en mano—. Es de esa cocina que te gustaba. La de la esquina.
—Puedo sola. —Renata tomó la cuchara antes de que él alcanzara a servir. Frente a frente, sin una palabra, el ambiente pesaba raro, cargado. Ella comió el caldo con la vista clavada en el fondo del tazón, contando las hierbas que flotaban, se levantó al terminar, y subió las escaleras sin dirigirle la mirada.
Sebastián se quedó abajo un momento, solo, con el cucharón todavía en la mano. Después subió, y por primera vez en meses tocó con los nudillos la puerta de la recámara principal antes de abrirla.
—¿Estás molesta? —Se detuvo en el umbral, con los lentes de armazón fino todavía puestos, sin saber qué hacer con las manos—. Si es por lo de la otra noche… o porque no te llevé de compras. Mañana vamos. Te compro el vestido para la gala, el que tú quieras, sin ver el precio. —Bajó la voz un tono—. Incluso… podemos repetir lo de la otra noche. Si quieres.
—No quiero nada. —Renata se metió a la cama y le dio la espalda, subiéndose la cobija hasta el hombro—. Estoy cansada, Sebastián. Nada más.
Él se quedó parado en el marco de la puerta, como una torre alta que no sabe de qué lado doblarse sin quebrarse.
—Es la primera vez —dijo, casi para sí mismo— que me pones mala cara en dos años de matrimonio. —Y luego, más suave, con una torpeza que en él resultaba casi insólita—: ¿Estás enojada conmigo, Jenny?
Renata sintió que todo se le juntaba de golpe en la garganta: la carpeta bajo la lluvia, la grúa llevándose su coche, la subdirectora despachándola con esa cortesía de filo, la voz de él por teléfono interrogándola como a una sospechosa. Nada de eso cabía en una sola frase, y ella no supo —o no pudo, o no quiso— desenredarlo.
—Nada —dijo al fin, con la voz seca contra la almohada—. Regrésate a tu cuarto.
Escuchó los pasos de él alejarse por el pasillo alfombrado, la puerta del cuarto de huéspedes cerrarse despacio, con cuidado, como pidiendo perdón. Solo entonces abrió los ojos en la oscuridad, fijos en la nada, y no volvió a conciliar el sueño en un buen rato.