Valeria, una mujer fuerte, exitosa e independiente, decide abandonar al hombre que ama cuando este le falta al respeto. Mientras él comprende demasiado tarde su error, ella reconstruye su vida, encuentra un amor basado en la admiración mutua y demuestra que la dignidad siempre debe estar por encima del amor.
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CAPÍTULO 15 El hombre ideal
Si alguien hubiera preguntado a Victoria cómo describiría a Alexander después de tres meses de conocerlo, probablemente habría respondido con una sola palabra:
Perfecto.
No porque creyera que existían personas sin defectos.
Había aprendido desde pequeña que todos los seres humanos tenían errores, heridas y momentos difíciles.
Pero Alexander parecía diferente.
Parecía alguien que había aprendido a amar.
Alguien que sabía cuidar.
Alguien que comprendía que una relación no se construía con grandes promesas, sino con pequeños detalles diarios.
Y eso era justamente lo que más enamoraba a Victoria.
Los detalles.
La primera vez que Alexander visitó oficialmente la casa de Valeria y Gabriel, Victoria estaba más nerviosa de lo que quería admitir.
Aunque tenía dieciocho años y siempre había sido segura de sí misma, esa noche sentía una extraña preocupación.
No era miedo.
Era ilusión.
Quería que su familia lo conociera.
Quería que vieran aquello que ella veía.
Antes de que Alexander llegara, Victoria bajó varias veces las escaleras.
Gabriel la observó desde el sofá.
—Has revisado la puerta unas cinco veces.
Ella se quedó quieta.
—¿Lo hice?
Gabriel sonrió.
—Sí.
Victoria soltó una pequeña risa.
—Es que quiero que todo salga bien.
Su padre dejó el libro que estaba leyendo.
—Victoria.
Ella lo miró.
—Si él es realmente como dices, no tiene nada que demostrar.
Aquellas palabras la tranquilizaron.
A las siete de la noche sonó el timbre.
Victoria respiró profundamente antes de abrir.
Alexander estaba allí.
Vestía elegante, pero sin exagerar.
Llevaba una camisa azul oscuro y una pequeña caja en las manos.
—Buenas noches.
Sonrió.
—Espero no llegar demasiado formal.
Victoria negó con la cabeza.
—Estás perfecto.
Alexander levantó la caja.
—Traje algo para tu familia.
Cuando entraron al comedor, Valeria y Gabriel lo recibieron con una sonrisa.
—Mucho gusto, Alexander.
—El gusto es mío, señora Valeria.
Pero lo que llamó la atención de ambos fue que antes de sentarse, Alexander saludó a cada persona de la casa.
No solo a ellos.
También a quienes trabajaban allí.
—Buenas noches, Clara.
—¿Cómo está, don Ernesto?
Victoria quedó sorprendida.
No porque fuera algo extraordinario.
Sino porque pocas personas recordaban esos detalles.
La mayoría saludaba a los dueños de la casa y olvidaba completamente a los demás.
Alexander no.
Él parecía ver a todos.
Durante la cena, la conversación fluyó naturalmente.
Alexander no intentó impresionar hablando de sus logros.
No habló de dinero.
No presumió de sus viajes.
Preguntaba.
Escuchaba.
Sonreía.
Gabriel, que normalmente era reservado con las personas nuevas, terminó conversando con él durante casi una hora.
Hablaron de historia.
De negocios.
De libros.
De música.
En un momento Gabriel soltó una carcajada.
Victoria miró sorprendida.
Era extraño.
No muchas personas lograban que su padre riera de esa manera.
Valeria observaba la escena en silencio.
Veía a su esposo hablando con Alexander.
Veía a su hija feliz.
Y sintió tranquilidad.
Después de la cena, Alexander ayudó a recoger algunos platos.
Clara inmediatamente negó con la cabeza.
—No, joven. Déjeme eso a mí.
Alexander sonrió.
—Clara, por favor.
No me cuesta ayudar.
Ella miró a Victoria sorprendida.
—Es un buen muchacho.
Victoria sonrió.
—Eso creo.
Pero no vio algo que Valeria sí notó.
Una pequeña expresión en el rostro de Alexander cuando Clara insistió.
Fue apenas un segundo.
Una sombra.
Una molestia.
Después desapareció.
Y Valeria pensó que quizás solo había sido imaginación suya.
Más tarde, cuando Alexander se despidió, Gabriel acompañó a Victoria hasta la sala.
—¿Y?
Ella sonrió.
—¿Y qué?
—¿Qué opinas de la opinión de tu padre?
Victoria rió.
—Creo que te gusta.
Gabriel negó con una sonrisa.
—No dije eso.
Pero sí creo que parece un buen hombre.
Victoria abrazó a su padre.
—Gracias.
Gabriel la miró con ternura.
—Solo quiero verte feliz.
Esa noche, Valeria acompañó a Victoria a su habitación.
Como cuando era niña.
Se sentaron juntas en la cama.
—Te veo feliz.
Victoria sonrió.
—Lo soy.
Valeria acarició su cabello.
—Eso me alegra.
Hubo unos segundos de silencio.
Luego Victoria dijo:
—¿Sabes qué me gusta más de él?
—¿Qué?
—Que me hace sentir tranquila.
Valeria sonrió.
Porque esa era una de las cosas más importantes en una relación.
La paz.
La seguridad.
La confianza.
—Entonces cuídalo —dijo Valeria.
Victoria la miró.
—¿A él?
Valeria sonrió.
—No.
A ti.
Nunca dejes de cuidarte a ti misma.
Victoria abrazó a su madre.
—Prometo hacerlo.
Los meses siguientes confirmaron la imagen que todos tenían de Alexander.
Siempre atento.
Siempre amable.
Siempre dispuesto a ayudar.
Cuando la fundación organizó una campaña de ayuda para mujeres jóvenes, Alexander apareció sin que nadie se lo pidiera.
Ayudó a transportar cajas.
Organizó donaciones.
Conversó con las voluntarias.
Incluso pasó horas jugando con algunos niños que acompañaban a sus madres.
Una de las trabajadoras comentó:
—Victoria tuvo mucha suerte.
Ella escuchó y sonrió.
Porque pensaba exactamente lo mismo.
Un domingo, durante una reunión familiar, Valeria observó a su hija y Alexander caminando por el jardín.
Victoria reía.
Alexander la escuchaba.
Parecía una escena perfecta.
Una de esas imágenes que parecen sacadas de una película.
Gabriel se acercó a ella.
—¿En qué piensas?
Valeria sonrió.
—En que nuestra hija escogió bien.
Gabriel miró hacia el jardín.
—Sí.
Parece que escogió bien.
Y por primera vez en muchos años, Valeria permitió que una pequeña preocupación abandonara su corazón.
Pensó que tal vez el destino finalmente le estaba regalando a su hija aquello que ella siempre había querido:
Un amor sano.
Un compañero.
Una persona que caminara junto a ella.
No alguien que intentara apagar su luz.
Pero mientras todos veían a Alexander como el hombre ideal...
Había alguien que comenzaba a conocer otra versión de él.
Una versión que aparecía únicamente cuando nadie estaba mirando.
Porque mantener una máscara era sencillo cuando todos observaban.
Lo difícil era sostenerla cuando no había público.
Y las primeras grietas estaban comenzando a aparecer.
Pequeñas.
Casi invisibles.
Tan pequeñas que nadie habría imaginado que algún día se convertirían en una tormenta.