Morí anciana, después de gobernar el reino cincuenta años como reina regente: la mujer más poderosa que ha visto esta corte. Y desperté de golpe con dieciséis, el día en que el rey lee el decreto de mi boda.
Lo recuerdo todo. En mi vida pasada tomé a un sexto príncipe sin nombre ni futuro y, con mis propias manos, lo convertí en rey. Me pagó con la traición. Así que lo enterré y goberné en su lugar medio siglo.
Mi hermana Rosalía también renació. Y cree que el secreto de mi poder fue el hombre. Por eso corre a arrodillarse ante el rey para quedárselo.
Pobre tonta. Nunca entendió nada. Al trono no lo hizo el príncipe. Lo hice yo.
A mí me casan con Adrián, el cuarto príncipe: el favorito del rey, envenenado en secreto por la reina, agonizando mientras toda la corte espera la noticia de su muerte. Me miran con lástima, como si me mandaran a un entierro.
No saben que acaban de entregar al príncipe moribundo a la única persona capaz de salvarlo. Sé de medicina. Sé de venenos. Y esta vez no pienso levantar a un traidor: voy a coronar al hombre que todos dieron por muerto.
Quédate con tu príncipe, hermana. Yo hago reyes.
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Capítulo 10
Capítulo 10 — Igual que en la vida pasada
En el palacio del príncipe Damián.
Damián y Rosalía, casados también ayer, han recibido su lote de regalos. Los dos, muy correctos, le dan las gracias al eunuco que trae el decreto.
Rosalía, servicial, le desliza además una bolsita de monedas.
—Muchas gracias, eunuco. En cuanto me arregle un poco, entraré con usted al palacio a presentarle mis respetos a la reina.
El eunuco sopesa la bolsa a escondidas y se le alegra la cara.
—Este servidor aguarda a la princesa.
Los dos vuelven a su cuarto. Rosalía mira a Damián con dulzura.
—La reina es una buena mujer, esposo, no te preocupes. Ahora entramos juntos a saludarla. Pase lo que pase, te ruego que no pierdas la calma.
Aunque después de todo lo que sufrió en la vida pasada la reina le inspira odio y miedo a partes iguales, en esta vida está convencida de que la única a la que la reina hará sufrir será a su hermana. Así que se obliga a tragarse el temor y consuela a Damián con voz suave, esperando dejarle la impresión de una esposa tierna, sensata y con criterio propio.
Damián asiente despacio.
—Está bien.
Rosalía sonríe y va a cambiarse de ropa.
Damián no sabe lo que pasa por la cabeza de Rosalía. Solo le resulta extraño.
Daba por hecho que una mujer de su alcurnia jamás querría casarse con él. Con su origen, él no tiene ningún futuro en esta corte. Hasta su palacio es más pobre que los de los demás príncipes: pocos criados, y un trato en comida y alojamiento que no admite comparación con el de sus hermanos.
Ayer se preparó para aguantar los desaires y las palabras frías de Rosalía. Pero, contra todo pronóstico, en la noche de bodas ella fue sorprendentemente tierna y atenta, y hasta lo consoló por su cuenta, diciéndole que una desgracia pasajera no significa una desgracia para siempre, que estaba segura de que él llegaría lejos.
Damián no lo entendía, y no pudo evitar sospechar que quizá el marqués de Montenegro le hubiera hecho a su hija alguna insinuación. Y esa sospecha le hizo brotar una esperanza que no logra reprimir.
Se le ocurre de pronto que, con el marqués por suegro, aunque siga sin poder borrar la humildad de su cuna, al menos su situación debería mejorar: tratarlo bien a él es tratar bien a la hija del marqués. Su padre el rey debería mostrar algún gesto, ¿no?
Le nace en el pecho un asomo de ilusión, y hasta la forma en que mira a Rosalía cambia de manera notoria.
Al salir del palacio, Damián la ayuda con delicadeza a subir al carruaje, y parten despacio hacia la corte.
En el ala real de la reina, Damián y Rosalía se inclinan con toda cortesía. Pero la reina, sentada en su trono, no da la menor muestra de haberlo advertido, como si estuviera esperando otra cosa.
Rosalía se queda arrodillada, callada, sin atreverse a levantar la cabeza ni a decir palabra. Le duelen las rodillas y la inquietud le crece por dentro.
De pronto, unos pasos apurados.
Anselmo entra a toda prisa y se hinca de rodillas, contrito.
—Majestad, este siervo merece la muerte.
La reina entorna los ojos, fría.
—¿Isabela no ha venido?
—No. —Anselmo agacha la cabeza—. Dice que el príncipe está muy débil y no puede quedarse sin nadie, y que anoche el heredero le encargó responder enteramente de su salud. Así que la princesa dice… dice que vendrá otro día a presentar sus respetos a la reina.
Rosalía da un respingo. Por poco cree haber oído mal.
Isabela… ella… ella…
—¡Menudo descaro! —espeta de golpe el ama Néstora—. ¡La princesa no tiene a la reina en ninguna consideración! ¿Se inventa un pretexto para desobedecer el decreto?
A Rosalía le da un vuelco el corazón. Sigue de rodillas, sin atreverse a hablar.
Enseguida, sin embargo, se le ocurre otra cosa: anoche, en la ceremonia, había que cruzar el hierro al rojo. ¿No se habrá quemado Isabela los pies y por eso no puede venir?
Igual que en la vida pasada. Solo que, esta vez, todos esos padecimientos van a recaer sobre Isabela.
—Ruego a Su Majestad que modere su enojo —dice Damián, con respeto—. Mi cuarto hermano está muy enfermo, y quizá la princesa ni siquiera conozca bien la situación; no habrá desobedecido a propósito. Rosalía es hermana de la princesa, y desde primera hora me apremiaba para venir a saludar a Su Majestad. Se ve bien que el marqués de Montenegro conoce las reglas.
—¿Ah, sí? —La reina los mira sin expresión, con una curva helada en los labios, teñida de burla y desprecio—. ¿Tan bien conoces tú al marqués de Montenegro?
A Damián se le encoge el pecho.
—Este hijo suyo no se atrevería.
La reina mira a Rosalía con frialdad. Le repugna la ingratitud del marqués. Si Rosalía se hubiera casado con el heredero como amante, aún se dignaría a mirarla dos veces. Pero ahora no es su nuera, el poder del marqués no le sirve de nada al heredero e incluso lo entorpece.
Y encima esa Isabela, una simple hija adoptiva, se atreve a faltarle al respeto. Está claro que el marqués no sabe educar a sus hijas. Merece mil muertes.
La reina se frota la sien con una uña larga y afilada, harta, sin ganas de dirigirles la palabra a los dos esposos.
Pero es la reina. Mientras no dé la orden de levantarse, Damián y Rosalía no pueden hacerlo.
Damián lo lleva mejor: de niño lo castigaron de rodillas tantas veces que está más que hecho a los golpes y a las penitencias. Pero ¿cuándo ha sufrido Rosalía un castigo así? En la vida pasada padeció lo suyo, sí, pero eso fue en la vida pasada. En esta vida no tiene más que quince años y su cuerpo sigue siendo el de una consentida. Arrodillada sobre las losas duras y heladas, en un momento las rodillas le duelen hasta lo insoportable.
Pero no se atreve a moverse, ni a alzar la cabeza, ni siquiera a tambalearse. En la vida pasada tragó bastante hiel; sabe muy bien lo severas que son las amas de la reina. Distraerse en un castigo de rodillas se toma por desprecio a Su Majestad, y la vara puede caer en cualquier momento, dejándote la espalda cruzada de verdugones que arden por la noche.
Rosalía, que en la vida pasada se casó con Adrián y arrastró por ello mil sufrimientos, creía que en esta, casada con Damián, la que sufriría sería Isabela. Nunca imaginó que Isabela tuviera la osadía de faltar hasta a los respetos de rigor, y que por su culpa la reina descargara el enojo sobre ella y le hiciera revivir los mismos padecimientos de antaño. El rencor se le encona en el pecho.
En el colmo del descontento, Rosalía se atreve a levantar un poco la cabeza.
—Majestad, esta sierva tiene algo que…
¡PLAF!
Una bofetada le cruza la cara con fuerza. La mirada del ama Néstora es tan fría que da escalofríos.
—La reina no ha dado permiso. ¿Quién te ha dejado hablar?
Rosalía casi se queda atontada. Media cara blanca, la otra media roja e hinchada, entumecida, y ante los ojos una niebla negra de puro dolor.
Aun así, no pierde ni un instante: golpea la frente contra el suelo pidiendo perdón.
—Esta sierva reconoce su falta. Ruego a Su Majestad que la perdone.
La reina arquea una ceja, observándola con curiosidad.
—Vaya, qué obediente eres.
No puede saber que esa reacción de miedo y súplica instintiva viene de todo lo que Rosalía sufrió a sus manos en la vida pasada. Pero esa actitud sumisa y aterrada, desde luego, la complace.
El marqués se muestra tibio ante ella, y su hija, en cambio, sigue de rodillas aquí, dejándose insultar y humillar sin rechistar.
La reina siente un placer frío. Con tono de quien concede una gracia, dice:
—¿Qué querías decir?
—Majestad, esta sierva sospecha que mi hermana mayor está resentida con nuestros padres y ha querido irritar a Su Majestad a propósito, para que creyera que el marqués no sabe educar a sus hijas y descargara luego su ira sobre el palacio Montenegro.
La reina entorna los ojos.
—¿Ah, sí?
—Lo que digo es la pura verdad, jamás me atrevería a engañar a Su Majestad. —Rosalía tiene la cabeza gacha y la voz le tiembla—. Mi hermana está furiosa por haberse casado con el cuarto príncipe. Cree que el príncipe… que no le queda mucho de vida, y que nuestro padre la casó con él a propósito para dejarla viuda. Por eso… por eso ha hecho lo que ha hecho.
La reina la escucha en silencio hasta el final, con los ojos entornados.
—¿Es verdad lo que dices?
Rosalía asiente al instante.
—Es verdad. Esta sierva jamás osaría mentirle a Su Majestad.
La reina se recuesta en el diván y baja la mirada, pensativa.
Si Isabela ha protestado de veras por no querer casarse con el príncipe, hasta admira su arrojo. Lástima que tenga agallas y ninguna cabeza. Aunque sea solo hija adoptiva y su padre la trate mal, se ha casado como hija del marqués. Si al marqués le ocurriera algo, ¿qué le quedaría a esa mujer, cuidando de un príncipe enfermo que puede morir en cualquier momento?
En cuanto Adrián exhale el último aliento, no le quedará más camino que bajar con él a la tumba.
menos mal q no estoy en su lista negra 😂😂
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