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Mónica, obligada a casarse con Valentín Marín para saldar la deuda de su padre, descubre que su nuevo esposo la ve como propiedad. En su noche de bodas, conoce a Lucas, el hermano de Valentín, quien le advierte sobre el destino de la esposa anterior y le ofrece su ayuda. Atrapada entre el miedo y el deseo, ella comienza a acercarse al único hombre que podría ayudarla a escapar de aquel matrimonio, sin imaginar que Lucas también guarda secretos y que sus intenciones están lejos de ser desinteresadas.
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2. Lucas
Estaba de pie junto a la columna del fondo, con un vaso de whisky en la mano. No estaba sentado en ninguna mesa. Llevaba el mismo traje que los demás, pero sin corbata. El cuello de la camisa abierto. Era más joven que Valentín. Quizá treinta o treinta y dos años. Tenía el cabello castaño oscuro, más corto que el de su hermano, peinado hacia atrás pero sin gel. La nariz recta. Los ojos color azul. La mandíbula más estrecha que la de Valentín, con un ligero hoyuelo en el mentón.
Mónica se quedó mirándolo un segundo más de la cuenta. Él la estaba observando. Cuando sus ojos se encontraron, él no desvió la mirada. Tampoco sonrió. Solo la miró, con la cabeza ligeramente inclinada y el vaso de whisky suspendido a medio camino de los labios.
Valentín notó que Mónica tenía la cabeza girada. Le apretó el muslo más fuerte.
- “Mi hermano”, dijo Valentín sin mirar hacia donde Mónica miraba. “Lucas. No le hables a menos que yo te lo permita”.
Mónica volvió la cara hacia adelante. La mano de Valentín seguía en su muslo. Los dedos le iban a dejar marca.
La fiesta terminó a las dos de la mañana. Los invitados se fueron en coches negros con cristales tintados. Valentín se despidió de cada uno con un apretón de manos. A algunos les dedicó abrazos cortos. Cuando el último se fue, Valentín le dijo a Mónica:
- “Sube al dormitorio. Segundo piso, primera puerta. Te quitarás el vestido y te meterás en la cama. No tardaré”, dijo Valentín.
No era una invitación. Era una orden.
Mónica subió la escalera principal con la cola del vestido recogida en el brazo. La casa olía a naranjos y a cera de velas. Las paredes estaban cubiertas de cuadros con escenas de caza y retratos de hombres con bigote y uniforme militar. Subió dieciocho escalones. El pasillo del segundo piso tenía suelo de mármol blanco y tres puertas. La primera estaba entreabierta.
Entró en la habitación. Era el doble de grande que todo el departamento de Mónica. La cama era de tamaño king, con sábanas negras y almohadas blancas. Había una chimenea apagada, un armario empotrado con puertas de cristal, un tocador con espejo y dos sillones de terciopelo granate. Las cortinas eran gruesas, de un color vino que absorbía la luz. Una lámpara de pie encendida en la esquina daba una luz amarillenta.
Mónica se quedó de pie en medio de la habitación. Sus dedos fueron a la cremallera de la espalda. No llegaba. Tanteó el cierre durante tres minutos. Los dedos resbalaban sobre la tela.
Un golpe en la puerta. Dos toques secos. Mónica se dio la vuelta. La puerta se abrió. No era Valentín. Era Lucas.
Estaba en el umbral. Sin chaqueta. Las mangas de la camisa remangadas hasta los codos. Los antebrazos musculosos con venas que se marcaban bajo la piel morena. Tenía el cuello de la camisa más abierto que antes. El vaso de whisky había desaparecido.
- “Necesitas ayuda”, dijo Lucas. No era una pregunta.
Mónica no respondió. Se quedó de pie con la mano en la espalda, los dedos enganchados en la cremallera que no cedía.
Lucas entró en la habitación. Cerró la puerta detrás de él. Se acercó por detrás. Mónica sintió el calor de su cuerpo antes de que la tocara. Olía a madera y a algo amargo. Whisky y tabaco.
- “No te voy a tocar”, dijo él. “Solo la cremallera”.
Sus dedos encontraron el cierre. Tiraron hacia abajo con un movimiento limpio. La cremallera cedió de golpe. La tela se abrió por la espalda. La piel de Mónica quedó expuesta desde la nuca hasta la cintura baja. El aire del cuarto le rozó la columna vertebral.
Lucas dio un paso atrás.
- “Ya está”, dijo Lucas.
Mónica se dio la vuelta. El vestido se sostenía por delante, agarrado con una mano contra el pecho. Lo miró. Él la miraba a la cara. No bajaba los ojos. No la recorría como había hecho Valentín.
- “Gracias”, dijo Mónica.
Lucas asintió con la cabeza. Se quedó quieto un momento.
- “Mi hermano no te va a hacer fácil. Pero eso ya lo sabes”, dijo Lucas.
- “Lo sé”, aseveró Mónica.
- “No eres la primera”, replicó Lucas.
Mónica tragó saliva. No preguntó. No quería saber. Pero Lucas siguió hablando.
- “Hubo otra antes que tú. Se llamaba Carmen. Duró tres años”, comentó Lucas.
- “¿Qué le pasó?”, preguntó Mónica.
Lucas la miró. Los ojos color miel no parpadearon.
- “Ya no está”, respondió Lucas.
Un silencio. El reloj de la pared sobre la chimenea marcaba las dos y veinte de la mañana. Los segundos se contaban en tictacs secos.
- “Deberías irte”, dijo Mónica.
- “Sí”, afirmó Lucas.
Lucas se dio la vuelta. Caminó hacia la puerta. En el umbral se detuvo. No se giró.
- “Si necesitas algo y mi hermano no está, no llames a las criadas. Llámame. Mi número está en el teléfono de la mesita”, expresó Lucas .
Y salió, la puerta se cerró lentamente.