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Renací: se acabó la niña buena

Renací: se acabó la niña buena

Status: Terminada
Genre:Timetravel / Venganza / Mujer poderosa / Reencarnación / Amante arrepentido / Villana / Completas
Popularitas:340
Nilai: 5
nombre de autor: Irin_Kokh

Mi hermana me empujó por las escaleras. Yo estaba embarazada de nueve meses. Mi marido se quedó arriba, arrullando al bebé que había tenido con ella.
No bajó a ayudarme.
Morí. Y desperté con doce años.
Mi abuela seguía viva. Mi hermana aún sonreía como un ángel. Y mi familia todavía creía que podía decidir por mí.
Esta vez recuerdo cada mentira. Sé quién va a traicionarme y quién merece que lo salve. Puedo sonreírles, seguirles el juego y esperar el momento de devolver el golpe.
Voy a proteger a mi abuela, recuperar mi voz y conquistar los escenarios que abandoné por amor. Entre cámaras, trampas y escándalos, quienes quisieron verme de rodillas tendrán que verme triunfar.
Pero ni siquiera mis recuerdos me preparan para Emiliano, sus secretos y el riesgo de volver a confiar.
¿Quieren una villana?
Que se acomoden. Mi historia apenas comienza.

NovelToon tiene autorización de Irin_Kokh para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1

Cap 1: Una caída, dos muertes

Llevaba cuatro días sin saber de Rogelio. Subí hasta nuestro departamento con una mano en el barandal y la otra debajo del vientre, sosteniendo el peso de mis nueve meses de embarazo.

Había ensayado lo que iba a decirle. Primero le preguntaría por qué no contestaba. Después, cuando se le pasara el enojo, hablaríamos del dinero para el parto. No podía seguir esperando.

En el segundo piso tuve que detenerme. La raja del pulgar se había abierto otra vez y dejaba sangre en el barandal. Me limpié con la falda. Los sabañones del invierno pasado todavía me molestaban, pero había seguido aceptando ropa para lavar; las cuentas no esperaban a que se me curaran las manos.

Tres días antes había ido a pedirle prestado a Herminia. Mi madrastra ni siquiera me dejó pasar.

—Tú te fuiste con él, Daniela. Ahora que él te resuelva. Yo tengo mis gastos.

Tenía razón en una cosa: me había ido porque quise. A los veinte años escogí a Rogelio. A los veintisiete, después de siete años juntos, por fin firmamos el acta de matrimonio. Ahora tenía veintiocho y me daba vergüenza volver a pedir ayuda.

Llegué al tercer piso y vi la guirnalda de papel picado sobre la puerta. "Recién Casados". La había comprado yo porque Rogelio dijo que una fiesta era tirar el dinero. Una de las letras doradas ya se estaba desprendiendo.

Toqué. Al no oír nada, pegué la oreja a la puerta.

Hubo pasos. La cerradura giró y apareció Rogelio, con la misma camiseta que usaba para dormir.

Por un instante me dio alivio verlo.

—¿Tú qué haces aquí?

—Te he estado llamando.

—Ya vi.

Esperé que se hiciera a un lado. Tenía las piernas cansadas y quería sentarme, aunque fuera en la orilla de la cama. Él siguió en el marco, sujetando la puerta.

—Dijiste que ibas a regresar al día siguiente —le recordé—. Tu mamá tampoco sabía nada. Pensé que te había pasado algo.

—Estoy bien. Te dije que te quedaras allá.

Desde adentro llegó una voz:

—Amor, ¿quién es?

La reconocí antes de verla. Aun así, cuando Bianca apareció detrás de él, busqué alguna explicación que no fuera la que acababa de oír.

Mi hermana llevaba un bebé envuelto en una cobija amarilla. Le sostenía la cabeza con una mano y la otra la tenía bajo el cuerpecito, como si llevara mucho tiempo haciendo eso.

—Ay, hermana. ¿A qué viniste?

No le contesté. Miré a Rogelio.

—¿Por qué te dijo amor?

Bianca bajó los ojos hacia el niño. Rogelio soltó la puerta, pero no se apartó.

—Iba a hablar contigo.

El niño movió la boca. Yo llevaba semanas imaginando ese gesto en el mío, preguntándome si tendría los labios de su padre. Me quedé mirándolo porque mientras lo mirara no tenía que hacer la siguiente pregunta.

Rogelio la respondió sin que yo pudiera decirla.

—Es mío. De Bianca y mío. Nació hace mes y medio.

Mes y medio.

Busqué qué había pasado por esas fechas. Un viaje de trabajo. Sí: él había necesitado dinero para un viaje, y yo acepté un encargo de costura que me dejó dos noches sin dormir.

—¿Lo sabías cuando me pediste ese dinero?

—Daniela, no empieces.

—Dime.

Volteó hacia el pasillo, pendiente de las puertas de los vecinos.

—No vamos a discutir aquí.

Intenté pasar. Quería ver mi casa, saber dónde había dormido ella, si todavía estaban mis cosas. Rogelio puso el brazo delante de mí.

—Ahorita no.

—Es mi casa.

—Y yo te estoy pidiendo que te calmes.

Bianca acomodó la cobija. La esquina amarilla rozó su mejilla y pensé, sin querer, que ella sí había tenido quién la acompañara al nacer su hijo. Yo ni siquiera sabía quién me iba a llevar al hospital.

—¿Desde cuándo? —le pregunté.

—¿Qué vas a arreglar con eso, hermana? El niño ya está aquí.

Habíamos hecho juntas filas de casting y compartido camerino en un reality de talento. Yo dejé de intentarlo cuando me fui con Rogelio. A ella le conté que, por lo menos, él me quería.

Quise preguntarle si se había reído de mí entonces. No me salió.

—Bianca se va a quedar —dijo él—. Ella y el niño. No tienen adónde ir.

—Yo tampoco.

—Tú estás con mi mamá.

Lo dijo como si ya hubiera encontrado una solución para todos. No había venido a buscarme porque no hacía falta. En su cabeza, yo ya estaba acomodada en otra parte.

El bebé hizo un ruido pequeño. Bianca le apartó la cobija de la cara y vi la piel amarillenta, los ojos que no terminaban de abrirse.

—¿Está enfermo?

—Una infección de nacimiento —respondió Rogelio—. Eso dijeron los doctores. Nació malito.

Se frotó la nuca, cansado de la conversación. Yo seguía viendo al niño. Me daba rabia preocuparme por él en ese momento, pero era tan pequeño que no podía evitarlo.

Bianca se acercó, obligándome a mirar mejor.

—Necesita a su papá. Tú entiendes, ¿verdad? No vas a dejarnos en la calle con él así.

Me estaba pidiendo que eligiera entre ese bebé y el mío, y todavía esperaba que yo la consolara.

—Apártate, Bianca. Quiero entrar.

—Cuidado con el niño.

Lo tenía tan cerca que retrocedí para no golpearlo con el vientre. Busqué la pared con la mano, pero había quedado junto al arranque de la escalera. Sentí el borde del peldaño bajo el talón.

Bianca le pasó el bebé a Rogelio.

Pensé que por fin me iba a dejar pasar. Abrí la boca para pedirle a él que me ayudara, y entonces las manos de mi hermana me golpearon el pecho.

Las dos manos. Vi cómo estiraba los brazos.

Intenté agarrarme al barandal. Los dedos rozaron el metal sin alcanzarlo y caí de costado. Quise encogerme alrededor del vientre; el siguiente golpe me abrió los brazos.

Después no pude distinguir dónde me estaba pegando. La cabeza chocó contra algo. Perdí el aire y seguí bajando sin poder detenerme.

Cuando dejé de rodar, tenía una mejilla contra el cemento.

Busqué el vientre con la mano. Me costó encontrarlo. El vestido estaba mojado y el calor seguía extendiéndose debajo de mí.

No. Todavía podía llegar al hospital. Rogelio tenía que bajar, tenía que ver cuánto estaba sangrando.

—Roge…

La voz no me alcanzó.

Arriba gritó Bianca:

—¡Se me echó encima! ¡Quería tirarme al niño!

Se abrió una puerta cerca. Una mujer soltó un grito y oí pasos que bajaban deprisa.

—¡Llamen a una ambulancia! ¡Está embarazada!

Alguien se arrodilló junto a mí. No pude verle la cara.

—No te muevas. Ya están llamando, ¿me oyes?

Quise decirle que no era yo lo que me preocupaba. Apreté la mano contra el vientre, esperando una patada. El niño me había despertado la noche anterior; me molestó que no me dejara dormir. Ahora habría soportado cualquier cosa con tal de sentirlo otra vez.

La mujer me preguntó mi nombre. Luego lo repitió más fuerte, porque yo no contestaba.

Desde arriba llegó la voz de Rogelio.

—Ya, ya. Papá está aquí.

Lo busqué, creyendo que venía hacia nosotros. Alcancé a verlo junto a Bianca, que seguía agarrada de su brazo. Él mecía al bebé de la cobija amarilla.

No me hablaba a mí. Tampoco a nuestro hijo.

La mujer que estaba a mi lado volvió a llamar a alguien. Su voz se alejó, aunque todavía sentía su mano junto a la mía. Tenía frío. Quería pedirle que se quedara, pero ya no podía mover la boca.

Rogelio no bajó.

Ocho años, y hasta ese momento seguí esperando que viniera. Me dio una rabia que ya no pude sacar del cuerpo. No quería morirme todavía. No quería que Bianca pudiera quedarse con su versión y que él cerrara la puerta.

Aunque tuviera que convertirme en la peor de todas, si volvía a abrir los ojos, ellos iban a pagar.

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