Soy Natalia Salazar. Tengo veintitrés años y jamás imaginé que una amistad de la infancia pudiera convertirse en algo más.
En Puerto Marina nadie pronunciaba el apellido Salazar sin bajar la voz. Mi padre era el hombre más temido de la ciudad, y crecer bajo su sombra significó vivir entre guardaespaldas, reglas y puertas cerradas. Mientras otros hacían amigos en la escuela o salían los fines de semana, yo aprendí a mirar el mundo desde lejos.
Pero no estaba completamente sola.
Tenía a Marcos y a Alex.
Nos conocíamos desde niños y, aunque rara vez podíamos vernos fuera de los eventos organizados por nuestras familias, ellos eran lo más parecido a una vida normal que había tenido.
Hasta aquella noche.
Lo vi entre la multitud y algo cambió.
No fue una mirada, ni una sonrisa, ni una palabra bonita. Fue algo peor: la sensación de que, por primera vez en mi vida, estaba a punto de desear algo que nunca debería haber querido.
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convivencia
natalia
Entré a mi habitación con la cara completamente colorada de la vergüenza.
Pero, por más que intentara pensar en otra cosa, no podía dejar de recordar a Alex.
Los músculos de su cuerpo.
Las gotas de agua deslizándose por su piel.
El perfume fuerte que había quedado impregnado en mi ropa después de estar en su habitación.
Me senté en la cama e intenté trabajar un poco, pero era imposible concentrarme.
Mi mente volvía una y otra vez a aquella tarde.
A su voz ronca.
A la forma en que me había mirado cuando descubrió mi tatuaje.
—Demonios… Me vio el tatuaje. Espero que no le diga nada a mi padre.
Negué con la cabeza y traté de volver al trabajo.
Unos minutos después, recibí una llamada.
Miré la pantalla.
Era Nico.
—Nico… Es raro recibir una llamada tuya. ¿Qué pasó?
—Papá me pidió que te avisara que va a tardar más de lo esperado.
Suspiré.
—Decile que no se preocupe. Que resuelva el problema tranquilo.
Ya estaba acostumbrada a que mi padre desapareciera durante varios días cuando tenía algún asunto importante que resolver.
Colgué y volví a mirar la computadora.
Entonces noté una sombra debajo de la puerta.
Me levanté sin hacer ruido y abrí.
Alex estaba parado frente a mí.
—Justo estaba por tocar.
Sonrió de manera incómoda.
—¿Necesitás algo?
—Solo venía a preguntarte qué querías cenar.
—¿Vas a cocinar o vas a pedir?
—Voy a cocinar.
—Mmm… No sé. Lo que quieras hacer.
Asintió y se dio vuelta para bajar.
Yo cerré la puerta, me puse el pijama y unos minutos después bajé.
Desde la cocina llegaba un aroma delicioso.
—¿Qué estás cocinando?
—Lasaña.
—Mmm… Qué rico.
Me puse a acomodar la mesa y, cuando terminé, él ya había servido la comida.
Me senté frente a él y probé un poco.
—Está riquísimo.
Le sonreí.
Alex levantó la mirada.
—¿Te puedo hacer una pregunta?
Levanté las cejas y asentí.
—¿No tenés otro tipo de ropa para ponerte?
Dejé los cubiertos sobre el plato y lo miré fijamente.
—Si te molesta mi forma de vestir, no me mires.
Alex no respondió.
Terminé de comer y me levanté.
—Además, estoy en mi casa y puedo vestirme como quiera.
Subí las escaleras sin esperar una respuesta.
Aunque intentaba convencerme de que no me importaba, sabía perfectamente que su comentario me había puesto nerviosa.
Y eso era justamente lo que más me molestaba.
alex
Iba camino a mi habitación cuando, sin darme cuenta, terminé parado frente a la puerta de Natalia.
Justo en ese momento, la puerta se abrió.
Mi mente se quedó completamente en blanco.
—Solo venía a preguntarte qué querías cenar.
No tenía sentido.
Pero era lo único que se me ocurrió.
Un rato después, cuando la vi entrar a la cocina, tuve que apartar la mirada.
Ese pijama no ayudaba en absoluto.
Intenté concentrarme en la comida, pero cada vez que levantaba la vista terminaba mirándola.
No entendía qué me estaba pasando.
Era Natalia.
La misma chica que había conocido cuando éramos niños.
Pero ya no era la niña que recordaba.
Y cada vez me costaba más ignorarlo.
Por eso, casi sin pensarlo, terminé preguntándole si no podía ponerse otra cosa.
En cuanto lo dije, supe que había sido un error.
No quería que se diera cuenta de que su forma de vestir me incomodaba.
O, mejor dicho, de por qué me incomodaba.
Cuando terminó de comer y subió las escaleras, mis ojos siguieron su movimiento hasta que desapareció por el pasillo.
Solté el aire lentamente.
Necesitaba despejarme.
Salí al patio y me puse a revisar la moto, pero después de un rato me di cuenta de que no iba a conseguir distraerme.
Así que terminé haciendo lo único que realmente conseguía despejar mi cabeza.
Me fui a practicar tiro.
Desde que había llegado a Puerto Marina no había tenido tiempo de hacerlo.
Y necesitaba volver a sentir que tenía el control.
Natalia
Ya había pasado una semana.
Mi padre no daba demasiadas noticias sobre cuándo iba a volver.
Mis hermanos tampoco me avisaban nada.
Y, para mi sorpresa, mi relación con Alex no estaba tan mal.
Pasábamos bastante tiempo juntos en casa.
Me había enseñado algunas cosas sobre el trabajo y también había seguido ayudándome con las armas.
Incluso habíamos llegado a reírnos un par de veces.
Pero había algo que no podía ignorar.
Me sentía extraña.
Últimamente, estar cerca de Alex me ponía nerviosa de una manera que no lograba explicar.
No me molestaba que estuviera en casa.
De hecho, empezaba a acostumbrarme a tenerlo cerca.
Pero, al mismo tiempo, había momentos en los que prefería no verlo demasiado.
Porque cada vez que lo tenía cerca aparecía esa sensación.
Esa que no sabía cómo llamar.
Por eso intentaba pasar más tiempo en la biblioteca.
O directamente fuera de casa.
El hipódromo se había convertido en uno de mis lugares favoritos para despejarme.
Así que esa tarde decidí ir sola a practicar.
Después de un rato, escuché que alguien había llegado.
No me molesté en mirar.
Hasta que escuché mi nombre detrás de mí.
—Natalia.
Me giré.
Era Alex.
Parecía perseguirme a todos lados.
Volví a concentrarme en mi práctica.
—Te estoy hablando, Natalia.
—Te escuché.
—Me hubieras avisado que venías para acá.
Fruncí el ceño.
—¿Tengo que avisarte a todos los lugares a los que voy?
Me miró serio.
—Sabés que se lo prometí a tu papá. Me tenías preocupado.
—Bueno. Ya te diste cuenta de que estoy bien.
Alex suspiró.
—¿Ya terminaste?
Miré hacia los blancos.
—Todavía no.
—Te espero afuera. No tardes.
Se dio media vuelta y salió.
Lo observé alejarse durante unos segundos.
No sabía por qué, pero aquella preocupación suya me había dejado pensando.
Guardé mis cosas y salí detrás de él.
Cuando llegué afuera, lo encontré apoyado contra la moto.
—¿Vamos?
Alex levantó la mirada.
—Vamos.
Me acerqué y me quedé a su lado.
Por alguna razón, ninguno de los dos dijo nada más.
Y mientras caminábamos hacia la moto, tuve la extraña sensación de que algo estaba por cambiar.
No sabía qué.
Pero podía sentirlo.