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ME CANSÉ DE SER BUENO EL PADRINO DE LA MAFIA MUESTRA SUS DIENTES

ME CANSÉ DE SER BUENO EL PADRINO DE LA MAFIA MUESTRA SUS DIENTES

Status: Terminada
Genre:Mafia / Villana / Traiciones y engaños / Completas
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Dante Valero nunca fue un hombre bueno. Solo fue tolerante.
Durante años permitió que su familia viviera de su fortuna, soportó las manipulaciones de su primo Mateo y cedió una y otra vez para evitar que el enfermizo muchacho sufriera una crisis. Incluso aceptó que su prometida, Valeria Zorich, lo abandonara momentáneamente por él.
Pero el día de su boda, Mateo cruzó la última línea.
Dante dejó el altar, rompió el compromiso y abrió las puertas de un poder que todos creían dormido. Lo que nadie sabía era que el único heredero del imperio Valero jamás había sido débil. Simplemente se había contenido.
Ahora sus enemigos descubrirán lo que significa enfrentarse al verdadero Dante.
Mientras las familias que lo traicionaron caen en deudas, escándalos y ruinas, Elena Cruz, la única mujer que siempre conoció su verdadera naturaleza, regresa a su lado.
Él perdió una novia.
Ellos están a punto de perderlo todo.

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LA CAJITA DE SORPRESAS

Cuando Dante regresó a la mansión, el silencio habitual de la casa había cambiado. Un aroma delicioso, cálido y casero, lo recibió antes de entrar al comedor. No era el olor de los platos elaborados que solía pedir en restaurantes de lujo, ni de los banquetes que se servían en eventos. Era el olor de un hogar. A hierbas frescas, carne asada, pan recién horneado… algo que nadie le había preparado nunca.

Entró y se detuvo en el umbral, observándola. Lía estaba de pie junto a la mesa, con el delantal puesto, las mejillas sonrosadas por el calor de la cocina, acomodando los platos con cuidado. Al verlo, se puso nerviosa de inmediato, se secó las manos en la tela y bajó la cabeza instintivamente.

— Disculpe… —murmuró—. No debí meterme en la cocina sin permiso. Solo… quería agradecerle. Por todo. Por darme este lugar. Por ser tan bueno conmigo. Así que… cociné. Espero que no le moleste.

Dante caminó lentamente hacia ella, sin dejar de mirarla. Se detuvo a su lado, miró la mesa puesta con sencillez pero con todo el detalle del mundo: velas encendidas, flores frescas en un jarrón pequeño, cada cubierto en su lugar.

— ¿Tú hiciste todo esto? —preguntó él, con voz suave, sorprendido.

— Sí… —susurró ella—. Espero que esté bien. Si no le gusta, lo tiro y pido algo al servicio, no se preocupe. No quería incomodarlo.

— No me incomodas, Lía —le dijo él, tomándole la barbilla para que lo mirara—. Al contrario. Nadie me ha cocinado nunca. Nadie me ha esperado así.

Se sentó. Ella se quedó de pie, indecisa, con las manos entrelazadas.

— ¿No te sientas? —le preguntó él.

— Yo… yo puedo esperar a que usted termine y luego como en la cocina… —dijo ella, por costumbre, por años de no tener derecho a sentarse a la mesa con nadie.

— Siéntate conmigo —ordenó él, suave pero firme—. Eres mi pareja, Lía. No mi empleada. Come conmigo.

Ella se sentó con cautela, al borde de la silla, con las manos en el regazo, esperando su reacción. Dante tomó el tenedor, probó la carne, luego las verduras, mojó un trozo de pan en la salsa… y cerró los ojos un instante. Era delicioso. No por lujo, sino por el amor con el que estaba hecho. Sabía a hogar. Sabía a algo que él había anhelado sin saberlo.

— Está increíble —dijo él al abrir los ojos, y vio cómo ella se iluminaba por dentro, una sonrisa tímida pero radiante que le iluminaba todo el rostro—. Eres maravillosa, Lía. ¿Dónde aprendiste a cocinar así?

— En mi casa… —dijo ella, bajando la mirada un instante—. Siempre tenía que cocinar para todos. Mi padrastro no cocinaba, mi madre no tenía tiempo, mi hermano solo quería que le sirviera. Así que aprendí. Y me gustó. Me gusta hacer cosas para los demás. Me gusta que la gente coma bien y esté feliz.

Dante la observó mientras hablaba, mientras comía con modestia, sin servirse demasiado, como si midiera cada bocado para no gastar demasiado. Y entonces pensó: Qué bien sabe. Lía es una caja de sorpresas. Y cada cosa que descubro de ella… me gusta más. No era solo hermosa. No era solo dulce. Era trabajadora, generosa, humilde, llena de talentos que ni ella misma valoraba. Mientras Valeria se creía superior por su apellido, Lía valía mil veces más por lo que era.

— Eres increíble, ¿lo sabías? —le dijo él, y ella se ruborizó hasta las orejas—. No solo cocinas de maravilla. Eres amable, inteligente, estudias para ser maestra… tienes tantas cosas dentro de ti, Lía. Y apuesto a que hay mucho más que no conozco todavía.

— No soy nada especial… —murmuró ella, avergonzada.

— Lo eres —afirmó él con seguridad—. Y voy a descubrir cada una de esas cosas. Poco a poco. Quiero saber todo de ti. Tus gustos, tus sueños, tus miedos. Quiero saber qué te hace reír y qué te pone triste. Quiero saber todo lo que nadie se molestó en preguntarte nunca.

Lía lo miró con los ojos brillantes, como si le estuvieran diciendo algo imposible.

— ¿Por qué… por qué haría eso? —preguntó con voz temblorosa—. Nadie nunca se ha interesado por mí. Siempre soy la que da, la que ayuda, la que sirve… pero nunca la que importa.

— Pues aquí importas —le dijo él, claro y firme—. Aquí eres tú. Y me encanta descubrir quién eres realmente. Porque cada día que pasa… me doy cuenta de que eres mucho más de lo que pareces. Y eso… eso me fascina.

Terminaron de cenar hablando de cosas sencillas: de su universidad, de los niños que quería enseñar, de sus libros favoritos, de las canciones que le gustaban. Dante escuchaba cada palabra con atención, fascinado por su forma de ver el mundo, tan pura, tan sincera, tan llena de bondad. Era una caja de sorpresas, sí. Y él quería abrirla entera.

Cuando terminaron, ella se levantó para recoger los platos de inmediato, por costumbre.

— No —le dijo él, deteniéndola—. Deja eso. Tú cocinaste. Yo mando a recoger. Ven… siéntate aquí conmigo.

La tomó de la mano y la llevó al sofá de la sala. Se sentaron juntos, y él la miró con una ternura que nunca sintió por nadie más.

— Gracias por la cena, Lía. Y no solo por la comida. Gracias por esto… por hacerme sentir que este lugar es un hogar.

Ella sonrió, tímida pero feliz, y apoyó la cabeza en su hombro. Dante la rodeó con su brazo, sintiendo por primera vez en mucho tiempo… que no necesitaba nada más. Que justo ahí, con esa chica dulce y valiente que había cocinado para él con sus propias manos, tenía todo lo que un rey podría desear.

Todavía no sé todo de ti, pensó, acariciando su cabello suave. Pero lo voy a averiguar. Y cada sorpresa que tengas guardada… la voy a atesorar.

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