Tras ser traicionada por su mejor amiga y su entrenador, la prodigiosa animadora Emma es asesinada. Al renacer dos años antes, se une al equipo rival para reconstruirlo y reunir pruebas con las que desenmascarar a quienes la destruyeron.
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Capítulo 20: Ecos del pasado
El otoño llegó teñiendo de dorado y carmesí los árboles del parque, y con él, una calma que jamás creí posible. Las clases seguían, los entrenamientos continuaban, y cada día el equipo crecía no solo en habilidad, sino en confianza. Ya no mirábamos por encima del hombro, ya no esperábamos una amenaza en cada esquina. La justicia había seguido su curso: el nombre de Westford fue borrado de los registros deportivos, Márquez enfrentaba cargos de fraude y corrupción, y Lila había comenzado su nueva vida lejos de aquí, cumpliendo con su compromiso de enmendar lo roto. Todo parecía haber encontrado su lugar. Pero a veces, el pasado no se queda donde lo dejas. Regresa, no como un enemigo, sino como un eco que te recuerda que algunas respuestas todavía están por escribirse.
Todo empezó un martes por la tarde, cuando regresaba de la biblioteca. En el buzón de casa, entre el correo ordinario, había una carta sin remitente, con la dirección escrita a mano en una caligrafía que conocía demasiado bien: elegante, precisa, con una ligera inclinación hacia la derecha. El corazón se me detuvo. Era la letra de Lila. Subí a mi habitación, cerré la puerta y la abrí con manos temblorosas.
«Querida Emma:
No sabía si escribirte. Prometí no buscarte, dejarte en paz, dejar que todo esto se convirtiera solo en un recuerdo. Pero hay cosas que no se pueden dejar sin decir, secretos que pesan demasiado para llevarlos en silencio. Hay algo que nunca te conté. Algo que vi, que escuché, y que no me atreví a revelar ni siquiera en el escenario. No fue solo mi padre. Hubo alguien más. Alguien que ayudó, que encubrió, que se benefició de todo sin que nadie lo sospechara. Tengo las pruebas. Pero tengo miedo. Si las entrego, mi familia corre peligro. Tengo que verte. Solo a ti. Mañana, al atardecer, en el viejo mirador del parque. No le digas a nadie. Por favor. Solo así podremos terminar de verdad.»
Terminé de leer y me quedé inmóvil, con el papel entre las manos, sintiendo cómo la calma de las últimas semanas se desvanecía en un instante. ¿Alguien más? ¿Después de todo lo que habíamos descubierto, todavía había alguien escondido en las sombras? Podría ser una trampa, claro. Podría ser una mentira para atraparme. Pero conocía a Lila, y conocía esa voz: no era la voz de quien engaña, era la voz de quien tiene miedo de la verdad que lleva dentro.
Al día siguiente, le dije a mi madre que me quedaría a estudiar con Zoe y fui al mirador. Era un lugar alto, rodeado de pinos, con una vista sobre toda la ciudad. El sol empezaba a caer, tiñendo el cielo de naranja y violeta, y el viento soplaba fuerte, agitando las hojas secas en el suelo. Llegué media hora antes y me escondí detrás de unos arbustos, vigilando cada movimiento. No iba a cometer el error de confiar sin preguntar.
Cuando apareció, lo hizo sola. Llevaba una chaqueta gruesa y el cabello recogido, y caminaba despacio, como si cada paso le costara un esfuerzo enorme. Se detuvo en el borde del mirador, miró hacia la ciudad y luego miró su reloj, impaciente y nerviosa. Salí de mi escondite y me acerqué despacio. Al oírme, se giró de golpe, con la mano en el pecho, y soltó el aire al verme.
—Viniste —susurró—. Pensé que no vendrías. O que vendrías con alguien más.
—Dijiste que solo a mí —respondí, deteniéndome a unos pasos de ella—. Así que vine sola. Pero no me hagas arrepentirme. Dime qué es lo que sabes. Y empieza por el principio.
Lila miró a su alrededor, como si temiera que alguien nos escuchara, y luego se sentó en el banco de piedra, indicándome con un gesto que hiciera lo mismo.
—Cuando todo empezó —empezó, con voz baja y tensa—, cuando mi padre me dijo que teníamos que eliminar a la competencia, pensé que era solo él. Pero después… después de que tú… de aquella noche, escuché una conversación. Mi padre hablaba por teléfono con alguien. No supe el nombre, pero escuché lo que decía: «Todo salió perfecto. Nadie sospecha. Y cuando todo termine, nos repartimos el dinero y el control.» No era una conversación de un padre solo. Era una conversación de socios. Y había algo más: mencionó que esa persona te conocía. Que sabía cómo pensabas, cómo te movías. Que por eso te eligió a ti.
Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío del atardecer.
—¿Eligió? —repetí—. ¿Qué quieres decir con que me eligió?
—Que no fue casualidad —dijo Lila, mirándome con ojos llenos de pesar—. No fue casualidad que te empujara. No fue casualidad que estuvieras ahí. Alguien lo planeó todo. Mi padre ejecutó el plan, pero otro lo diseñó. Y esa persona todavía está ahí fuera, Emma. Observando. Esperando a ver si nos callamos para siempre.
—¿Quién es? —pregunté, sintiendo cómo el corazón se me aceleraba—. ¿Tienes el nombre?
—No —bajó la cabeza—. Nunca dijo el nombre. Pero tengo esto. —Sacó del bolsillo una grabadora pequeña de plata—. Grabé la conversación. Por si acaso. Por si algún día tenía el valor de usarla. Aquí está. Puedes oírlo tú misma. Pero te advierto: no te va a gustar lo que escuches. Hay nombres que conoces. Voces que creías que eran amigas.
Me tendió la grabadora, y por un instante dudé en tomarla. Porque sabía que al presionar el botón de reproducir, todo cambiaría otra vez. Que la paz que había construido se rompería. Pero también sabía que no podía dejarlo así. Que mientras esa persona siguiera libre, nada estaría a salvo. Ni yo, ni mi equipo, ni nadie que amara.
—¿Por qué me das esto? —le pregunté—. ¿Por qué no se lo entregaste ya a la policía?
—Porque tengo miedo —admitió, con la voz temblorosa—. Mi padre me dijo que esa persona tiene poder, que puede destruirnos a todos. Y también… porque quería que fueras tú. Tú fuiste la que volvió. Tú la que sabía lo que pasaba. Pensé que si alguien podía entenderlo, si alguien podía detenerlo, eras tú. Pero si lo hacemos, no hay vuelta atrás. Nos perseguirán. A las dos. ¿Estás segura de que quieres saber la verdad?
Miré la grabadora entre mis manos. El metal estaba frío, pesado, como si llevara el destino de todo lo que nos rodeaba. Pensé en mi vida anterior, en la caída, en la oscuridad. Pensé en esta vida, en el equipo, en la libertad que habíamos conseguido. Y supe que no podía elegir la ignorancia. Que la paz construida sobre secretos no es paz. Es solo otra forma de prisión.
Presioné el botón. La voz del entrenador Márquez llenó el espacio, clara y fría, hablando con alguien al otro lado de la línea. Y entonces, la otra voz respondió. No era la voz de un extraño. Era una voz que había escuchado cientos de veces. Una voz que me había dado consejos, que me había animado, que había estado ahí cuando más lo necesitaba. Cerré los ojos, sintiendo cómo el mundo se me caía encima. No era posible. No podía ser. Pero la voz no mentía. Y las palabras que escuché confirmaron lo que mi mente se negaba a aceptar: la traición no venía de quien creía. Venía de mucho más cerca. Mucho, mucho más cerca.
Apagué la grabadora con manos temblorosas y miré a Lila, que me esperaba con expresión dolorosa.
—Lo sé —susurró—. Lo sé. Y lo siento. Más de lo que te puedes imaginar.
El sol se había puesto por completo. La oscuridad empezaba a cubrir el mirador, y con ella, la certeza de que nada de lo que creía saber era verdad. Había sobrevivido a la traición de mi mejor amiga y de mi entrenador. Pero ahora descubría que el verdadero enemigo había estado a mi lado todo este tiempo, oculto tras una máscara de amabilidad y confianza. Y esa persona sabía todo de mí. Mis debilidades, mis miedos, mis planes. Si antes la batalla era difícil, ahora era casi imposible. Pero al menos, por fin, sabía la verdad. Y la verdad, aunque doliera, era el único arma que tenía.