La gravedad del pasado vs. El presente:
Él vive atrapado en la órbita de la muerte de su esposa.
Clara Monasterio, luminosa y dedicada a salvar vidas infantiles, representa una fuerza opuesta que lo empuja a sanar, aunque su mente paranoica tema que acercarse a ella ponga en peligro a los que ama.
El filtro del niño: El hijo de 6 años actúa como el "sensor" de la novela. Al aceptar inmediatamente a Clara, rompe las defensas del padre.
El misterio de fondo: El asesinato de la exesposa no fue un simple asalto de compras. A medida que Clara y el magnate interactúan, la teniente Samantha Blake comienza a notar inconsistencias en el caso que la policía dio por cerrado, vinculando el peligro al estatus tecnológico del protagonista.
Clara es la hija de la doctora en eminencia en cardiología Diana Monasterio. De la novela "BAJO EL PULSO DE LA GRAVEDAD"
NovelToon tiene autorización de Naibelys Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
ÓRBITAS INCOMPARABLES
El aire acondicionado del atrio principal del centro comercial de alta gama mantenía una temperatura artificial, fría, estéril, idéntica a la que Kaelen Vance solía cultivar a su alrededor como un escudo invisible. A los treinta y cinco años, Kaelen era el hombre que dictaba el pulso tecnológico del planeta, el cerebro detrás de corporaciones globales cuyas cotizaciones movían mercados enteros. Sin embargo, en el tablero de su propia vida, el monarca estaba completamente desprovisto de piezas.
Caminaba con paso firme, milimétricamente medido, flanqueado por esa distancia que la gente aprendía instintivamente a respetar al ver su mandíbula tensa y sus ojos de un gris gélido. De su mano izquierda pendía la pequeña extremidad de Irai, su hijo de seis años. El niño vestía con la misma pulcritud sobria que su padre, una miniatura de seriedad y silencio. Irai caminaba con la mirada clavada en el pulido suelo de mármol, ignorando los destellos de las vitrinas de lujo, los susurros de los ejecutivos que lo reconocían de reojo y la grandiosidad del lugar. Para el mundo exterior, Irai era un muro en miniatura, un reflejo exacto del dolor y la coraza paterna. Nadie lograba arrancarle una sola palabra, ni un gesto de cortesía.
Kaelen apretó ligeramente la mano del niño, un recordatorio mudo de su única ancla en la tierra. Su mente, no obstante, vagaba kilómetros más allá, atrapada en una celda de cristal y plomo. Los expedientes del asesinato de su esposa seguían abiertos en su despacho privado digital, marcados con la mentira oficial de un asalto fallido cuando volvía de ir de compras. Una farsa. Kaelen sabía que aquello había sido una ejecución quirúrgica, un mensaje cifrado para sacarlo de su trono tecnológico. Esa culpa lo consumía a fuego lento, convirtiéndolo en un prisionero de su propia omnipotencia bajo el peso implacable de la gravedad.
A unos cuantos metros de distancia, ajenas por completo a la tormenta silenciosa que Kaelen arrastraba, tres mujeres conversaban frente a la entrada de una exclusiva cafetería.
Clara Monasterio, con veinticuatro años recién cumplidos, escuchaba a su madre mientras revisaba unos informes clínicos. Pese a su juventud, Clara era ya una inminencia en la pediatría nacional e internacional, una mente brillante forjada bajo la exigencia médica. Poseía unos rasgos finos, de una belleza clásica y delicada, y una larga melena de un hermoso color castaño que caía sobre sus hombros. Vestía con una impecable chaqueta verde esmeralda que acentuaba su elegancia juvenil, combinada con una camisa de seda color marfil de tirantes y un sofisticado pantalón gris oscuro.
A su lado se encontraba su madre, la Dra. Diana Monasterio, de cincuenta y una años, una leyenda viva de la cardiología mundial, además de respetada directora y propietaria de una red de hospitales y clínicas de prestigio. Diana asentía con serenidad. Completando el círculo estaba la pareja de Diana, la Teniente Samantha Blake, de sesenta años. Samantha, de cabello entrecano, porte militar impecable y una postura que delataba décadas de disciplina táctica, observaba el entorno con la mirada clínica y perimetral de un halcón, manteniendo su habitual vigilancia protectora.
En ese instante preciso, la física del universo privado de Kaelen Vance colapsó.
Irai se detuvo en seco. La pequeña mano de su hijo se deslizó de la de Kaelen, rompiendo el compás mecánico de su caminata. Kaelen frunció el ceño, a punto de reprender al niño con su habitual tono severo, cuando notó que el rostro de Irai había cambiado por completo. El ceño fruncido del pequeño se había desvanecido. Sus ojos, habitualmente apagados y distantes, brillaban con una picardía luminosa que su instinto reservaba única y exclusivamente para las almas que su sexto sentido validaba como incorruptibles.
Ignorando olímpicamente a su padre, Irai corrió unos cuantos metros directo hacia el grupo de mujeres. Sus pasos ligeros se detuvieron justo frente a Clara. El niño estiró la mano y tiró con suavidad del borde de la elegante chaqueta verde esmeralda que la doctora llevaba puesta.
—Tienes una risa rara —soltó Irai a quemarropa, con una franqueza desarmante y una sonrisa pícara que iluminó de golpe su carita seria—. Y las que te acompañan también son hermosas y muy elegantes. Deberían darme un premio por encontrarlas.
El comentario repentino, cargado de una picardía inocente pero aguda, descolocó por completo a las adultas. Diana soltó una carcajada sonora, divertida por la ocurrencia del pequeño, y volteando a ver a su pareja, le dijo con una sonrisa cómplice:
—Mi amor, creo que tienes un contrincante.
Samantha Blake arqueó ligeramente una ceja, manteniendo una expresión un tanto seria aunque con un brillo de genuina simpatía en los ojos ante la audacia del niño.
Clara parpadeó, desconcertada por un segundo, antes de que sus facciones se abrieran en una risa limpia, cristalina y profundamente contagiosa. Se agachó a la altura de Irai, sin importarle las miradas curiosas del centro comercial.
—¿De verdad? —preguntó Clara con una voz suave, cálida, que parecía disolver el hielo del ambiente—. Vaya, tendré que agradecer el cumplido entonces. ¿Cómo te llamas, pequeño galán?
—Irai —respondió el niño, ya sin rastro de timidez, mirándola con una fascinación sincera.
Kaelen avanzó a zancadas, con el corazón latiendo a un ritmo extraño y violento. La sangre le zumbaba en los oídos. Nadie se acercaba a su hijo. Abrió los labios para apartar al niño, para pedir disculpas con su tono más gélido y huir de allí antes de que el peligro lo alcanzara.
Pero cuando Clara levantó el rostro para mirar al hombre que se aproximaba con tanta urgencia, y sus ojos se cruzaron con los de Kaelen, el tiempo pareció fracturarse.
Las facciones finas de Clara, enmarcadas por su larga melena castaña y la vivacidad de su atuendo esmeralda, atraparon la mirada de Kaelen como si de un abismo se tratase. En medio del bullicio, bajo el peso aplastante de su tragedia personal, Kaelen sintió que la gravedad del mundo cambiaba de dirección. Ya no era arrastrado hacia abajo por la culpa; por primera vez en seis años, una fuerza invisible lo empujaba con violencia hacia los ojos de una doctora de veinticuatro años.
Samantha Blake entrecerró los ojos desde su posición, observando al magnate tecnológico con una mezcla de recelo táctico y perspicacia. Diana, notando la tensión eléctrica entre ambos, mantuvo una sonrisa tranquila. Y allí, en medio de todos, Irai seguía sosteniendo la chaqueta de Clara, sellando sin saberlo un destino del que ninguno de los dos lograría escapar jamás.