Marcia Montero lo tiene todo: belleza, inteligencia, una pastelería próspera y una familia adinerada que la adora. Lo único que no tiene es el respeto de su marido.
Rodrigo Mendoza nunca supo con quién se casó. Para él, Marcia no es más que una empleada de pastelería, una esposa sumisa a la que puede ignorar, humillar y relegar al papel de sirvienta gratis en la casa de sus padres. Su madre, doña Carmen, la desprecia por "pobre". Su hermana Isabella la insulta sin pudor. Solo don Alfonso, su suegro, la trata con dignidad.
Cuando Marcia descubre que Rodrigo la engaña con Pamela —una compañera de trabajo que miente sobre su origen tanto como él miente sobre su estado civil—, decide que ya es hora de dejar de fingir. Pero no actuará por impulso. Reunirá pruebas, trazará un plan y esperará el momento perfecto para quitarse la máscara.
Lo que Rodrigo y su familia no saben es que la mujer a la que tratan como basura es heredera de un imperio empresarial. Que la pastelería donde "trabaja" le pertenece. Que su hermano Gabriel es novio de Valentina Reyes, la mismísima dueña de la empresa donde Rodrigo presume de gerente. Que cada ascenso, cada privilegio que Rodrigo disfruta, se lo debe a ella.
Y cuando la verdad salga a la luz —en el peor momento posible para Rodrigo—, no habrá vuelta atrás.
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22
El momento que Marcia tanto había esperado por fin llegó: la noche de la fiesta de compromiso de Gabriel y Valentina. Marcia y Liliana lucían vestidos con el mismo diseño, piezas exclusivas que habían encargado a un reconocido diseñador de alta costura.
Y no era casualidad. Aquel vestido era precisamente el que Pamela había deseado con desesperación, el mismo que Rodrigo no pudo comprarle. Marcia quería demostrarle a Rodrigo, sin pronunciar una sola palabra, que ella podía poseer aquello que él ni siquiera era capaz de costear.
* * *
Con pasos rebosantes de seguridad, Rodrigo y Pamela cruzaron la entrada del salón donde se celebraba el evento. Las sonrisas no se les borraban del rostro, y caminaban sin soltarse de la mano, exhibiendo su romance ante los invitados como si fuera un trofeo.
—¡Miren, pero si es la pareja que pronto seguirá los pasos de Valentina y Gabriel! —exclamó Roberto, uno de los compañeros de trabajo de Rodrigo.
—Así es, la pareja más bonita de la noche —agregó Alicia, colega del mismo departamento que Pamela.
—Eso sí, no se les vaya a olvidar la invitación. ¡Los estaremos esperando! —insistió Roberto con una palmada al hombro de Rodrigo.
—Quédense tranquilos, que después de Valentina les toca a ellos —declaró Pamela con una confianza que rozaba la arrogancia.
Rodrigo y Pamela no dejaron de exhibir su afecto frente a todos los presentes. Nadie en aquella sala sabía que Rodrigo ya tenía esposa. Nadie, excepto Valentina y Gabriel.
* * *
Toda la atención del salón se concentró de golpe cuando Valentina y Gabriel hicieron su entrada acompañados por sus familias. La pareja irradiaba una elegancia que cortaba el aliento: Valentina con un sofisticado vestido de gala que realzaba cada uno de sus rasgos, y Gabriel con un traje a juego que armonizaba a la perfección con el atuendo de su prometida.
—Son una pareja impresionante —elogió alguien entre los invitados.
—La pareja perfecta —confirmó otra voz admirada.
Pero de pronto, el rostro de Rodrigo y el de Pamela se descompusieron. El color se les escurrió de las mejillas como si acabaran de ver un fantasma entre la comitiva.
—Rodrigo... esa... ¡esa es...! —Pamela señaló con el dedo tembloroso a una mujer que portaba el vestido que ella tanto había anhelado.
—No puede ser. ¿Cómo es posible que ella esté aquí? —Rodrigo no daba crédito a lo que veían sus ojos.
La mujer en cuestión no era otra que Marcia. Marcia, envuelta en un vestido de una elegancia apabullante, que destilaba clase y distinción en cada pliegue de la tela. Y el detalle que les heló la sangre: el diseño de su vestido era idéntico al de una mujer de edad madura que caminaba a su lado, probablemente la madre de Gabriel o de Valentina.
—Rodrigo, ¿por qué tu esposa está con ellos? —susurró Pamela apenas moviendo los labios.
—No tengo idea, no lo entiendo —balbuceó Rodrigo con el desconcierto pintado en la cara.
—Rodrigo, ella trae puesto el vestido que yo quería. ¿De dónde lo sacó? —Pamela seguía en estado de shock, incapaz de apartar los ojos de aquella imagen que la desmoronaba por dentro.
Impulsados por la curiosidad y la incredulidad, Rodrigo y Pamela se abrieron paso entre los invitados y se acercaron al grupo.
—Rodrigo, Pamela, ¿qué se les ofrece? —preguntó Valentina con una sonrisa inocente, como si no supiera absolutamente nada.
—Discúlpeme, Valentina, necesito hablar con Marcia —tartamudeó Rodrigo, con un nudo visible en la garganta.
—¿Qué quieres, Rodrigo? —le espetó Marcia con una frialdad que cortaba como un bisturí.
—Marcia, ven conmigo un momento —Rodrigo la tomó del brazo, intentando arrastrarla lejos de las miradas de todos.
—Lo que tengas que decir, dilo aquí. Que lo escuchen todos —intervino Gabriel con voz de acero, plantándose frente a ellos.
Marcia sacudió el brazo con un tirón seco y se liberó del agarre de Rodrigo de un solo movimiento.
—Di lo que tengas que decir y deja de arruinar esta celebración —ordenó Marcia, cruzándose de brazos con una serenidad demoledora.
—Marcia, ¿qué haces aquí? —insistió Rodrigo, desconcertado.
—Porque Marcia es alguien sumamente importante para mí —quien respondió no fue Marcia, sino Valentina, con una voz firme que no admitía réplica.
—Valentina, ¿qué significa todo esto? —intervino Pamela con los ojos desorbitados.
—Muy bien. Ya que Rodrigo está aquí, se lo voy a decir a todos —Marcia alzó la voz y su declaración retumbó en cada rincón del salón—: Yo soy Marcia, la esposa legítima de Rodrigo.
Un silencio denso cayó sobre los invitados. Marcia no se detuvo.
—En cuanto a por qué estoy aquí, junto a la familia de Valentina y de Gabriel, eso todavía no puedo revelarlo. Pero de algo pueden estar todos seguros: yo soy la esposa legítima de Rodrigo, no esa mujer —y al pronunciar las últimas palabras, Marcia extendió el brazo y apuntó con el índice directamente al rostro de Pamela.
Los murmullos estallaron como una ola entre los presentes.
—Entonces resulta que Rodrigo ya estaba casado... ¿Y andaba diciendo que era soltero? ¿Y encima de novio con Pamela? —cuchicheó una voz escandalizada.
—O sea que Pamela es la roba-maridos —remató otra voz sin el menor disimulo.
—Perdón, perdón a todos. Esto es un malentendido —Rodrigo levantó ambas manos en un gesto de súplica desesperada—. Valentina, le juro que no quise causar ningún problema en su evento. Discúlpeme. Marcia, ven, vámonos de aquí —extendió la mano hacia ella.
—Yo me quedo aquí, Rodrigo —pronunció Marcia con una calma gélida, sin mover un solo músculo.
—Rodrigo, espero que recuerdes bien las cláusulas del contrato laboral que firmaste. No vayas a arrepentirte de dar un paso en falso —advirtió Valentina, y cada sílaba cayó como un martillazo.
—S-sí... sí, Valentina —farfulló Rodrigo, tragando saliva mientras asentía con la cabeza gacha.
Valentina posó la mano sobre el brazo de Gabriel y lo acarició con suavidad para apaciguarlo. Lo conocía demasiado bien: sabía que desde el primer instante Gabriel hervía de rabia contenida y que lo único que deseaba era estamparle el puño en la cara a Rodrigo.
—Paciencia, amor. Cuando llegue el momento, te prometo que Rodrigo y Pamela van a pagar por todo —le susurró Valentina al oído con una ternura que ocultaba una determinación implacable.
* * *
La fiesta de compromiso de Gabriel y Valentina transcurrió con un esplendor deslumbrante. Marcia permaneció junto a su familia durante toda la velada, radiante, inalcanzable. Mientras tanto, Rodrigo y Pamela se quedaron ahí, soportando cada mirada, cada susurro, cada risa ahogada a sus espaldas.
Los ojos de Rodrigo no lograban despegarse de Marcia. Con aquel vestido de alta costura que se ceñía a su figura como si hubiera sido esculpido sobre su piel. Con los diamantes que centelleaban en su cuello y en sus muñecas, capturando la luz de las arañas de cristal con cada movimiento. Con un maquillaje sutil pero impecable que le confería un aire de sofisticación natural, como si la elegancia le brotara de los poros. Marcia resplandecía con una belleza devastadora que dejó a Rodrigo sin aliento. Aquella mujer no se parecía en nada a la Marcia que él creía conocer: la mujer humilde que había humillado sin descanso.
—Rodrigo, seguro que le compraste ese vestido a ella a propósito, ¿verdad? Cuando yo te lo pedí, me lo negaste sin pensarlo —le reclamó Pamela con los dientes apretados.
—Yo jamás le compré ese vestido a Marcia. Ni siquiera entiendo qué hace aquí con la familia de Valentina. Y fíjate bien: lleva el mismo diseño que la madre de Gabriel —le respondió Rodrigo con la mandíbula tensa y la voz cargada de irritación.
Rodrigo se restregó el rostro con ambas manos en un gesto brusco de frustración. A lo largo de toda la celebración, los murmullos no cesaron ni un instante. La gente no dejaba de señalarlo, de señalar a Pamela. El apodo de "la roba-maridos" se había adherido a Pamela como una segunda piel, y con cada minuto que pasaba, la vergüenza la consumía un poco más.
—Rodrigo, tienes que casarte conmigo ya. No voy a permitir que me sigan llamando la que le quitó el marido a otra —le exigió Pamela en voz baja pero urgente, aferrándose a su brazo.
—Pamela, ahora mismo tengo la cabeza a punto de estallar. No me la hagas explotar todavía más —le soltó Rodrigo, y por primera vez en la noche, le habló con brusquedad.
Las palabras de Valentina resonaban sin pausa dentro de su cráneo: que Marcia era alguien sumamente importante para ella. Esa declaración le provocaba una inquietud asfixiante, una angustia que le roía las entrañas sin darle tregua.