Dos vidas separadas por un océano de mentiras, secretos y clase social están a punto de cruzarse otra vez. Lo que empezó como una noche que ninguno de los dos podía recordar se convertirá en la verdad que ninguno de los dos está preparado para enfrentar.
Una historia de amor, sacrificio y segundas oportunidades, donde un pequeño rosario de oro guarda el poder de reescribir el destino de dos familias.
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El encuentro que cambió todo
CAPÍTULO 15 — Camila:
Aquella tarde de invierno, mi madre seguía internada, mejorando de a poco pero todavía sin el alta médica que todos esperábamos con ansias. Yo pasaba cada momento libre entre mis turnos sentada junto a su cama, reconstruyendo con ella, conversación tras conversación, todo el tiempo perdido entre nosotras.
Estaba justo ahí, tomándole la mano, cuando mi teléfono sonó con una llamada de la agencia de eventos donde a veces conseguía changas extra los fines de semana: necesitaban con urgencia a alguien para cubrir un servicio de catering esa misma tarde, apenas dos horas, pago doble por la premura.
No podía decir que no. El dinero extra, con mi madre todavía en el hospital y los gastos acumulándose, era demasiado necesario como para rechazarlo. Intenté llamar a Renata varias veces, pero su teléfono sonaba sin respuesta, seguramente ocupada con algún compromiso propio.
—Ve tranquila, hija —me dijo mi padre, sorprendiéndome con esa disposición nueva que había encontrado en él desde nuestra reconciliación—. Yo me quedo con el pequeño. Total son solo dos horas, y aquí estamos todos juntos, cerca de tu madre.
Miré a Thiago, dudando, sintiendo esa culpa de madre que nunca termina de irse del todo por más que uno confíe en quien deja a cargo.
—¿Te vas a portar bien con el abuelo? —le pregunté, arrodillándome frente a él.
—Mamá, me voy a portar súper bien —me prometió, con esa seriedad tan suya—. No me voy a alejar del abuelo. Prometido.
Le dejé, de todas formas, un mensaje de voz a Renata explicándole la situación, por si aparecía por el hospital como solía hacer casi todos los días. Me fui con el corazón un poco encogido, pero tranquila sabiendo que mi hijo estaba en buenas manos.
Renata apareció, en efecto, un rato después, acompañada de Bruno, que iba a hacer su visita habitual a Hugo. Cuando le explicaron a Thiago que Camila había tenido que salir por trabajo, mi hijo se puso serio un momento, procesando la información con esa madurez extraña que a veces asomaba en él.
—¿Y mi ídolo está bien? —le preguntó a Bruno, aprovechando la cercanía—. ¿Puedo conocerlo hoy?
—Hoy no, campeón —le respondió Bruno, con suavidad, agachándose a su altura—. Mi amigo no está recibiendo visitas todavía. Está pasando un momento difícil.
Vi, según me contó después Renata, cómo la carita de Thiago se llenaba de una tristeza genuina, esa desilusión total que solo sienten los niños cuando algo que anhelaban con toda el alma se les escapa de las manos en el último momento. Sin decir nada, aprovechando un instante de distracción de los adultos, mi hijo se escabulló en silencio, siguiendo de lejos a Bruno cuando este se dirigió hacia el ascensor para subir a ver a Hugo.
Llegó hasta el último piso, hasta un hall silencioso y casi vacío a esa hora de la tarde, donde encontró, sentado solo en un banco frente a un ventanal enorme, a un hombre alto, de pelo oscuro y rizado, con los ojos verdes enrojecidos de tanto llorar, con la mirada perdida en algún punto del cielo gris de esa tarde de invierno.
Bruno, al llegar, se sorprendió de encontrar a Thiago ahí, pero antes de que pudiera reaccionar, mi hijo, con esa audacia inocente que solo tienen los niños, le pidió, en voz baja:
—¿Me traes un vaso de agua, por favor?
Bruno, tal vez entendiendo en una fracción de segundo que el destino estaba a punto de hacer algo que él ya no podía ni quería detener, asintió y se alejó hacia la máquina expendedora, dejando a Thiago solo frente a ese hombre que llevaba dos años sin encontrar consuelo en nada ni en nadie.
Thiago se acercó despacio, con el rosario de oro asomando por el cuello de su suéter, y se detuvo justo frente al banco donde Hugo estaba sentado.
—Oye —le dijo, con esa voz pequeña y sin ningún miedo—, ¿puedo sentarme con mi ídolo acá?
Hugo levantó la vista, sorprendido de encontrar a un niño tan pequeño hablándole con semejante confianza, y por primera vez en meses, algo parecido a una sonrisa, torpe y desentrenada, se le dibujó en el rostro.
—Claro que sí, campeón —le dijo, haciéndole lugar en el banco—. ¿Cómo sabes quién soy?
—Te vi en el Mundial. Metiste un gol de cabeza en la final —dijo Thiago, con esa naturalidad tan suya, balanceando las piernas desde el banco, que le quedaba grande—. Fue el partido más lindo que vi en mi vida, aunque perdiste.
Hugo soltó una risa breve, casi oxidada de tan poco usada en los últimos meses, sorprendido de que un niño tan pequeño le hablara con semejante confianza y semejante honestidad, sin el peso de la lástima ni la incomodidad que sentía en los adultos que se le acercaban desde el accidente.
—¿Y tú juegas al fútbol? —le preguntó Hugo, más que nada por seguir la conversación, sin imaginar todavía la respuesta que estaba por recibir.
—Sí, soy delantero. Hago muchos goles —respondió Thiago, con un orgullo que no tenía nada de arrogante, solo la alegría simple de un niño hablando de lo que más ama—. Mi entrenador dice que juego parecido a ti.
Algo se movió en el pecho de Hugo al escuchar esa frase, algo que no supo nombrar en ese momento, una especie de calidez extraña en medio de tanto frío acumulado. Se quedaron ahí sentados varios minutos, en un silencio cómodo que no incomodaba a ninguno de los dos, mientras Hugo sentía, por primera vez en dos años, una calma inexplicable instalándose en su pecho, como si ese niño desconocido tuviera el poder de aquietar, aunque fuera por un instante, la tormenta que llevaba tanto tiempo cargando por dentro.
Bruno volvió con el vaso de agua unos minutos después, y al ver la escena —Hugo y Thiago sentados juntos, hablando con una familiaridad que no tenía ninguna explicación lógica— sintió que el momento de actuar, finalmente, había llegado. Con el pretexto de acomodarle el pelo al niño antes de que Camila volviera a buscarlo, arrancó, con extremo cuidado, un pequeño mechón de cabello de Thiago, guardándolo discretamente en un pañuelo de papel dentro del bolsillo de su chaqueta.
Esa misma noche, sin decirle nada a nadie todavía, ni a Renata, ni mucho menos a Hugo, Bruno llevó ese mechón de cabello a un laboratorio privado, junto con una muestra que ya tenía guardada desde hacía semanas, sacada de un cepillo de Hugo sin que su amigo lo supiera.
El resultado, prometieron, tardaría cuarenta y ocho horas.
Cuarenta y ocho horas que iban a cambiar, para siempre, el destino de todos los que formaban parte de esta historia.