Camila Cordero no tiene tiempo para enamorarse. Entre sus estudios, un trabajo agotador y una familia que nunca deja de pedirle dinero, apenas consigue mantenerse a flote. Por eso Dante Salazar, su vecino reservado, parece solo un hombre extraño que prepara sopa de fideo y carga demasiados secretos.
Pero Dante no es un hombre cualquiera. En las calles de Ciudad Bravo lo conocen como el Tigre: el dueño de un imperio construido entre negocios clandestinos, pactos de sangre y enemigos que esperan verlo caer.
Cuando Camila descubre quién es en realidad, ya es demasiado tarde para alejarse. Ella ha visto la violencia de la que es capaz, pero también al hombre herido que nadie más conoce. Y cuando decide arriesgar la vida para salvarlo, cruza una línea de la que ninguno de los dos podrá regresar.
Entre capos rivales, políticos corruptos, traiciones y una guerra que amenaza con destruirlos, Camila deberá decidir si amar al Tigre significa rescatar al hombre que vive bajo su piel… o perderse con él.
Porque en Ciudad Bravo nadie ama sin pagar un precio. Y el Tigre jamás suelta lo que considera suyo.
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Capítulo 17
Capítulo 17: El Manco Rufino
Camila despertó tarde, con el cuerpo dolorido de un modo nuevo y las sábanas revueltas, y al mirarse en el espejo del baño encontró marcas en el cuello, en los hombros, huellas de la noche. Se puso roja hasta la raíz del pelo. Y, a su pesar, sonrió: así que sí podía. Vaya que podía.
Dante ya no estaba. Se había ido al amanecer, al sur, a sus negocios. Le dejó una nota corta —"Vuelvo pronto. Come. No cargues peso. —D."— y, sobre la mesa, un fajo de billetes que Camila no tocó.
Durante su ausencia, el Zafiro seguía funcionando con Lorenzo del Valle puesto de cara, como el "dueño" ante quien todos se inclinaban. Camila no sabía que era un títere. Lo que sí empezó a notar fue que un hombre andaba haciendo preguntas por el club: un comandante joven, de porte recto, que no encajaba entre los clientes. Se llamaba Adrián Beltrán, y llevaba tiempo tirando del hilo de quién era el verdadero patrón detrás del Zafiro y del Imperial, sin dejarse engañar por la fachada de Lorenzo.
Una tarde, saliendo del club por la puerta trasera para tomar el camión, a Camila se le cerró el paso un hombre. Sucio, ojeroso, con una manga vacía prendida con un seguro donde debía ir un brazo. En la mano buena traía una navaja.
—Tú eres la querida del Tigre —escupió, con odio—. La que se pasea con su collar y su carro. Pues ese perro me mandó cortar el brazo por una deuda de nada. ¡Un brazo! —Alzó la navaja—. Si no puedo con él, empiezo contigo. Que sienta lo que se siente perder algo.
Camila retrocedió, buscó a tientas el gas pimienta, no lo alcanzó. El Manco Rufino se le fue encima.
—¡Suelta! —Una figura salió de la nada, le trabó la muñeca al manco y se la torció hasta que la navaja cayó al piso. Era el comandante, Adrián Beltrán, que andaba por ahí justamente vigilando el club—. Quieto. Quieto o te rompo el brazo que te queda.
Sometió a Rufino contra la pared con oficio. Después se volvió a Camila, que temblaba.
—¿Está bien, señorita? ¿La conoce este hombre? ¿Quiere levantar cargos? Con la denuncia lo encierro hoy mismo.
Y ahí Camila dudó. Denunciar a Rufino significaba declarar. Declarar significaba explicar por qué un manco la odiaba a ella, significaba nombrar al Tigre, meter a la policía en el mundo de Dante. Y ella, aunque todavía no entendía del todo en qué se estaba metiendo, entendió lo suficiente para no hacerlo.
—No lo conozco —mintió, con la voz temblando—. Es un loco cualquiera. No quiero problemas. Ya, déjelo ir, por favor.
Adrián la miró largo, como quien sabe que le mienten y no puede probarlo. Era un hombre joven para su cargo, de mirada limpia y modales rectos, de esos que todavía creen que la ley sirve para algo. Y esa mirada limpia se posó en Camila con una mezcla de sospecha y, sin que él mismo lo notara, de otra cosa más tibia.
—Como quiera. —Soltó a Rufino, que se escabulló como una rata—. Pero cuídese, señorita. La gente no odia así porque sí, y a usted alguien la odia por lo que representa, no por lo que es. Eso es peligroso. —Le tendió una tarjeta—. Si un día quiere hablar de verdad, comandante Adrián Beltrán. A cualquier hora.
Camila guardó la tarjeta sin mirarla, con las manos frías. "A usted alguien la odia por lo que representa." La frase se le clavó. Ella no representaba nada; era una mesera, una estudiante becada. Salvo que —y ahí estaba el nudo— para el mundo de las sombras, ella era "la mujer del Tigre", y eso, aunque ella no lo hubiera pedido, ya la pintaba de un color que no se quitaba con agua. Acababa de callar ante la policía para proteger a un hombre del que empezaba a sospechar cosas terribles, y no supo si eso la hacía leal o cómplice, ni cuándo exactamente su vida había dejado de ser la suya.
Esa noche apenas durmió. Cada ruido en el pasillo la sobresaltaba; pensaba en el manco, en la navaja, en la manga vacía prendida con un seguro. Un hombre había perdido un brazo por orden de Dante, y ahora la odiaba a ella. ¿A cuánta gente más había mutilado, arruinado, enterrado el hombre que le preparaba sopa de fideo? Camila abrazó la almohada y trató de no hacerse esa pregunta, porque cada respuesta que se le ocurría era peor.
Dos días después, Yesenia —la compañera del Zafiro— le marcó, apurada.
—Camila, hazme un paro. Me surgió algo y me toca cubrir un turno en el Imperial esta noche, botellas en los privados. Págalo bien, tres mil pesos por una noche. ¿Me cubres? Yo te paso el contacto.
Tres mil pesos. Camila pensó en su madre, que había vuelto a llamar por lo de las medicinas de Bruno, por el pie que "a lo mejor le cortan", siempre con el mismo tono de reproche, como si la herida de bala de su hijo también fuera culpa de Camila. Tres mil pesos era mucho. Era un mes de medicinas. Era no tener que oír a su madre pedirle otra vez.
—Sí —dijo—. Te cubro.
El Club Imperial era hermano del Zafiro, más grande, más caro. Esa noche, apenas entró por la puerta de servicio, Camila notó algo raro: había el doble de seguridad que de costumbre, hombres de traje con auriculares en cada pasillo, como si esperaran a alguien muy importante. El ambiente estaba tenso, eléctrico.
"Debe ser algún político, o algún artista", pensó Camila, para tranquilizarse. En esos clubes finos a veces caían personajes importantes, y por eso reforzaban la seguridad. No le dio más vueltas y aceptó el turno.
Le dieron un uniforme y una charola y la mandaron a repartir botellas por los privados del tercer piso. Iba de un lado a otro, concentrada en no tirar nada, esquivando manos y miradas, cuando sintió una distinta, más pesada. Un tipo flaco, de ojos hundidos, apostado en una esquina, la seguía con la vista de un modo que le puso la piel de gallina. La miraba a ella —a "la modelo que reparte botellas por los privados"— con un cálculo frío, como quien mide una herramienta.
Camila apuró el paso hacia el fondo del pasillo. El flaco se despegó de la pared y la interceptó, cortándole el camino, con una bolsa negra en la mano.
Camila se quedó fría. Miró la bolsa negra, miró la cara del flaco, miró alrededor buscando una salida y solo encontró más hombres de traje al fondo del pasillo. El instinto le gritó que ahí había algo muy podrido. Pero era una mesera de una noche, en un lugar ajeno, sin nadie que la conociera, y decir que no a un hombre con un arma en la cintura, en ese pasillo, podía costarle más que el susto.
—Tú —repitió el flaco, en voz baja, tendiéndole la bolsa, sin dejar de vigilarla—. Necesito que entres esto al privado principal. El del fondo. Ahorita. Y no se te ocurra abrirla, ni preguntar, ni voltear. La dejas y te sales. ¿Entendiste?