Mónica Morgan lo perdió todo cuando descubrió que el hombre que amaba siempre había preferido a su propia hermana. Con el corazón destrozado y después de perder al hijo que esperaba, decidió alejarse de aquella vida y comenzar de nuevo.
Nunca imaginó que encontraría una nueva oportunidad en los brazos de Cristopher Sinclair, un hombre poderoso, distante y completamente ajeno a los sentimientos. Él le propone un trato: fingir ser su pareja a cambio de setenta mil dólares. Para Mónica, solo sería un acuerdo; para Cristopher, una forma de demostrarle algo a su abuelo.
Pero fingir estar enamorados resulta más difícil de lo esperado. Las miradas comienzan a durar demasiado, la cercanía deja de sentirse incómoda y los celos aparecen donde no deberían existir.
Mónica sabe que aquello tiene una fecha de finalización. Cristopher insiste en que entre ellos no hay nada real.
Sin embargo, si todo comenzó como una mentira… ¿qué ocurrirá cuando alguno de los dos termine enamorándose de verdad?
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Capítulo 2
Horas atrás
— Amor, no llegues tarde. Hoy será nuestro cuarto aniversario y de pasó aprovechare a revelar el sexo de nuestro bebé. Llega puntual, el bebé y yo te estaremos esperando —escribió Mónica con ilusión antes de enviar el mensaje a Leandro, su esposo.
Él era su mundo, el hombre al que más amaba y la razón de su existencia. Ahora, con su embarazo avanzando, sentía que ese amor se multiplicaba. Cada movimiento en su vientre abultado le recordaba que pronto serían una familia completa.
Ese día sería perfecto. Todos sus seres queridos estarían presentes para compartir un años más de casado y el momento en que ella y Leandro descubrirían el sexo del bebé. Un evento lleno de felicidad y emoción.
Cuando su teléfono vibró con la notificación de un mensaje entrante, lo tomó con rapidez, esperando ansiosa una respuesta de su esposo. Sin embargo, al abrirlo, solo encontró un frío y seco: "Bueno."
Mónica suspiró. Sabía que en su relación ella siempre daba más de lo que recibía, y aunque eso la agotaba en ocasiones, al final del día se repetía a sí misma que Leandro era su esposo y que lo amaba con todo su corazón.
Oficina de Leandro
— No sabes cuánto te extrañé, amor —murmuró Leandro con dulzura, estrechando entre sus brazos a la mujer que realmente amaba y bajando hacía sus nalgas para apretarlas hasta undirse en su carne.
Alejandra le sonrió con picardía, disfrutando cada palabra que salía de sus labios.
— El simple hecho de saber que estoy casado con esa mujer y no contigo me llena de rabia y repulsión —continuó él, apretando la mandíbula con disgusto.
— ¿Cómo puedes hablar así de mi hermana? —preguntó Alejandra entre risas, encantada con lo que escuchaba.
— Solo soy sincero. Te amo tanto que no sé de lo que sería capaz por ti, Alejandra —afirmó antes de sellar sus palabras con un beso apasionado.
Ella lo correspondió con intensidad, sintiendo su cuerpo arder por la emoción del momento.
— ¿Me amas lo suficiente como para dejarla? —susurró contra sus labios, incitándolo aún más.
Leandro sonrió con arrogancia.
— Ponme un reto más difícil —respondió con seguridad.
La burbuja de pasión en la que estaban sumidos se rompió abruptamente cuando el teléfono de Leandro vibró con insistencia. Era un mensaje de su madre, exigiéndole que no llegara tarde a su aniversario.
Suspiró con fastidio, pasando una mano por su rostro.
— Todas esas mujeres van a terminar matándome —gruñó, levantándose del sillón con evidente molestia.
Alejandra frunció el ceño, percibiendo el cambio en su actitud. Sabía perfectamente qué estaba pasando, pero quería escucharlo de su boca.
— ¿Qué sucede, cariño? —preguntó con fingida preocupación, aunque el desagrado en su voz era notorio.
Leandro se giró hacia ella y le tomó las manos con suavidad.
— Perdóname, amor. Tengo que irme ya. Te mandaré con mi chofer para que vayas a donde quieras y, para compensarte, toma mi tarjeta. Compra lo que desees, no escatimes en gastos —dijo, extendiéndole una de sus tarjetas negras.
Alejandra la tomó con desgano, pero sus ojos se llenaron de lágrimas falsas mientras lo miraba con súplica.
— Leandro, no quiero estar sola. Por favor, no me dejes… —rogó con la voz entrecortada.
Él suspiró, intentando calmarla.
— Mira, amor, si quieres puedes acompañarme a esa reunión aburrida, pero te pido que te comportes. No hagas un escándalo.
Alejandra asintió de inmediato, secándose las lágrimas.
— Te lo prometo, solo… por favor, no me dejes sola.
Leandro le acarició el rostro con una leve sonrisa antes de tomar su chaqueta. Tenía que irse. Aunque no quisiera admitirlo, su madre se aseguraría de que estuviera presente en ese evento.
Alejandra lo observó con determinación. No permitiría que nada ni nadie le arrebatara lo que era suyo.