Sebastián es el confidente incondicional de toda la vida, el refugio al que ella corre tras cada desamor. Pero lo que ella ve como una amistad perfecta es, para él, una tortura silenciosa: la lleva amando en secreto desde hace años.
Ella busca consuelo en el lugar equivocado, sin saber que su "hogar" es en realidad la condena de un hombre que se desmorona por no poder confesar su verdad. ¿Qué sucede cuando el refugio se vuelve insoportable y el secreto amenaza con romperlo todo?
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Como tren descarrilado
Sebastian
Mis dedos se apretaron contra el volante con tanta fuerza que los nudillos me dolieron. La mandíbula se me tensó hasta el punto del sufrimiento. El aire en el auto se volvió pesado, irrespirable. Mi mente, que siempre se jactaba de ser fría y calculadora, se nubló por completo ante la imagen de ese extraño invadiendo mi terreno. Sophia no estaba jugando. El chico existía. Y en ese preciso segundo, mientras los veía alejarse calle abajo, me di cuenta de que mi brillante estrategia del beso en la frente me había estallado directamente en la cara. Había perdido el control del juego, y la furia que me dominaba me decía que no me iba a quedar de brazos cruzados.
Giré la llave de encendido con un movimiento brusco, haciendo que el motor rugiera. No iba a conducir de regreso al apartamento a sentarme a esperar como un idiota mientras ese tipo de portada de revista tocaba a Sophy o la miraba con esos ojos claros de superioridad. Enganché la primera marcha y salí del estacionamiento, manteniendo una distancia prudencial, pero sin perder de vista la silueta de Sophia y su acompañante.
Los seguí a través de tres calles hasta que los vi entrar en un café de diseño bastante exclusivo en la zona corporativa. Estacioné como pude a media cuadra y me bajé del auto, acomodándome el saco con un tic nervioso. Mi pulso era una marcha de guerra. Cuando entré al lugar, el tintineo de la campana sobre la puerta apenas ahogó el ruido de mi propia respiración. Los busqué con la mirada y los encontré en una mesa cerca del ventanal. Él le estaba retirando la silla con una caballerosidad exasperante, y Sophia le sonreía con una timidez que me revolvió las entrañas. Caminé directo hacia ellos. El tiempo de jugar al estratega indiferente se había terminado.
Sophia
Lucas resultó ser un encanto absoluto, justo como Letty había prometido. Conversaba con una soltura increíble y, aunque yo estaba usando la situación como una pantalla, me sentía genuinamente cómoda. Sin embargo, la culpa seguía ahí, picándome en el fondo de la mente. Sabía que Sebas era inteligente, pero no tenía forma de saber si mi jugada doble de verdad iba a surtir efecto o si él simplemente seguiría en su papel de amigo maduro.
—¿Y bien? —preguntó Lucas con una sonrisa cómplice, cruzando los brazos sobre la mesa después de que el mesero nos tomara la orden—. ¿Se supone que debo mirar hacia la puerta por si viene el ogro celoso, o solo actúo natural?
Me reí, ocultando el rostro entre las manos, sintiendo que las mejillas me ardían.
—Solo actúa natural, por favor. Ya bastante me cuesta creer que me presté para esto...
—¿Interrumpo algo?
La voz masculina, profunda y cargada de una vibración peligrosamente fría, cortó el aire a nuestras espaldas. Se me congeló la sangre. Me giré despacio y me encontré con Sebastian de pie junto a nuestra mesa. Llevaba el traje impecable, pero su postura era rígida, felina, y sus ojos claros brillaban con una intensidad tan posesiva y oscura que me obligó a tragar saliva. No había rastro del hombre que me había dado un beso paternal en la frente unas horas antes; el hombre que tenía enfrente parecía listo para destruir a cualquiera que se interpusiera en su camino.
Sophia
El silencio que se instaló en la mesa era tan denso que casi se podía cortar. Sentí la mirada de Lucas alternar entre Sebastian y yo, evaluando la situación con una rapidez mental implacable. Lejos de intimidarse por la imponente presencia de Sebas, Lucas mantuvo la calma, se acomodó en su silla y le dedicó una sonrisa educada pero firme, extendiendo la mano con total naturalidad.
—Hola. Debes ser Sebastian, el compañero de piso de Sophy —dijo Lucas, con una voz modulada y tranquila—. Soy Lucas, un amigo de ella. Un gusto.
Sebas miró la mano extendida durante un segundo que pareció eterno antes de aceptarla en un saludo breve, tenso y dolorosamente rígido. Mis manos empezaron a temblar bajo la mesa, pero me obligué a apretar los puños para controlar los nervios. No podía quebrar el personaje ahora. Tenía que actuar como si esto fuera lo más normal del mundo. Clavé mis ojos en los suyos, tratando de proyectar una inocencia que estaba lejos de sentir, y le devolví la pregunta con un tono que pretendía ser casual:
—¿Qué haces por aquí, Sebas? Pensé que tenías reuniones en la oficina hasta tarde.
Sebastian
«¿Qué haces por aquí?». Su pregunta, pronunciada con una calma tan fingida que me dio ganas de reír, casi me hace perder los estribos por completo. ¿De verdad pretendía actuar como si nada pasara?
Miré a Lucas. El tipo ni siquiera se había inmutado ante mi tono. Peor aún, se había presentado con una maldita seguridad que me revolvió el estómago: «Soy Lucas, un amigo de ella». El cruce de manos había sido breve, pero alcancé a notar que no me quitaba la mirada de encima, como si supiera exactamente lo que yo estaba sintiendo. Y eso me enfureció todavía más.
—Tenía unos asuntos que resolver cerca de tu edificio y pasé a darte una sorpresa para llevarte a casa, Sophy —respondí, bajando la voz y clavando mis ojos claros en ella, ignorando deliberadamente la presencia del otro—. Pero ya veo que te adelantaste. Y que estás en muy buena compañía.
Di un paso más hacia la mesa, acortando la distancia física para imponer mi presencia. El traje de Lucas y su aire de publicista exitoso no me importaban un carajo; en mi mente, solo existía el hecho de que estaba sentado en el lugar que me correspondía a mí.
—Espero que no te importe que me una a ustedes —añadí, aunque mi tono no era una petición, sino una orden absoluta mientras arrastraba la silla vacía que estaba al lado de Sophia—. Me encantaría conocer más a fondo a los... amigos de mi compañera.