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El CEO Y La Diseñadora

El CEO Y La Diseñadora

Status: En proceso
Genre:CEO / Malentendidos
Popularitas:5.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Itzel Velasco

Él es un magnate de acero: frío, desconfiado y acostumbrado a controlarlo todo, hasta que ella cruza su camino. Ella es una joven diseñadora llena de talento, que solo busca una oportunidad para que sus diseños de ropa y joyas brillen. Lo que comienza como una simple entrevista se convierte en una atracción inesperada que romperá sus barreras... y despertará en él una obsesión que no sabía que podía sentir.

NovelToon tiene autorización de Itzel Velasco para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 6: El primer día en sus manos

El aire de la calle se sintió distinto cuando salieron del edificio de Grupo Varela. Ya no pesaba la duda ni la amargura del rechazo anterior; ahora caminaba ligera, con la certeza de que había abierto una puerta que parecía sellada para siempre. Se detuvieron unos pasos más allá de la entrada principal, y Yoselin se giró hacia Camila con los ojos brillantes.

—No sé cómo agradecértelo —dijo, apretando su mano con sinceridad—. Si no hubieras insistido, nunca me habría dado esta oportunidad.

Camila le sonrió, dándole un suave apretón en respuesta.

—No me agradezcas a mí —respondió con calma—. Se lo debes a tu talento y a no haberte callado cuando él te dijo que no. Alejandro tarda mucho en confiar, en ver más allá de lo que ya conoce, pero cuando se le muestra algo que realmente vale la pena... termina admitiendo que escuchar no cuesta nada. Solo ten paciencia con él, ¿de acuerdo? Y haz lo que mejor sabes hacer: crear.

—Lo haré —prometió Yoselin—. No te defraudaré, ni a mí misma.

Se despidieron con un abrazo, y cada una tomó su camino. Al llegar a su departamento, el silencio habitual le pareció acogedor en lugar de solitario. Dejó la carpeta y la caja con sus diseños sobre la mesa de trabajo, donde todavía estaban los bocetos que había dibujado al amanecer. Todo lo que había pasado en el despacho volvía a su mente: la forma en que Alejandro había examinado cada pieza sin interrumpir, la duda que había mostrado al preguntar si se equivocaba, y esa concesión final que nadie esperaba de él.

—Un mes —murmuró para sí misma—. Tienes treinta días para demostrarle que se puede confiar en lo nuevo.

Empezó a preparar todo lo necesario para el día siguiente. Primero, guardó con mucho cuidado sus herramientas: lápices de diferentes durezas, reglas curvas, muestras de telas que había seleccionado, paquetes de agujas e hilos de todos los tonos, y las pequeñas herramientas que usaba para trabajar las joyas. No quería dejar nada al azar; sabía que el equipo con el que trabajaría allí tendría sus propios materiales, pero llevar lo suyo era como llevar un pedazo de su confianza.

Luego eligió qué ponerse. Esta vez no necesitaba impresionar con un traje formal que no era ella, ni tampoco lucir demasiado llamativa. Quería verse profesional, pero fiel a su estilo. Sacó una blusa de lino color crema, unos pantalones rectos en tono gris claro y, por supuesto, unas joyas que ella misma había hecho: unos pendientes sencillos de plata y un brazalete con una pequeña piedra azul, como un recordatorio de cómo todo había empezado en el antro.

Mientras doblaba la ropa y la dejaba lista sobre la silla, no podía evitar pensar en la mirada de Alejandro cuando la había visto entrar. No era la misma frialdad absoluta que la primera vez; había reconocido el diseño de su collar, y en sus ojos había pasado algo más que desdén. Tal vez, en el fondo, aquel hombre que controlaba todo con tanta rigidez necesitaba precisamente algo que no pudiera predecir.

Revisó por última vez su carpeta: ahí estaban los bocetos que él había revisado, las notas sobre los materiales que quería usar y las ideas que había comentado en la reunión. Sabía que no sería fácil; tendría que trabajar bajo supervisión, respetar ciertos estándares, lidiar con su desconfianza y su exigencia extrema. Pero eso era mejor que no tener ninguna oportunidad.

Cenó algo ligero, ordenó su taller para no dejar nada pendiente y se acostó temprano. Por primera vez en mucho tiempo no dio vueltas en la cama pensando en si sería suficiente; ahora sabía que lo era, solo tenía que demostrarlo.

Cuando la luz del sol entró por su ventana al día siguiente, se levantó con una sonrisa. Se vistió con la ropa que había preparado, se puso sus joyas y tomó su bolso y su carpeta. Antes de salir, miró una vez más su pequeño taller, el lugar donde todo había nacido, y respiró hondo.

—Vamos a empezar —dijo en voz alta.

Cerró la puerta y caminó hacia la empresa, sabiendo que al cruzar de nuevo sus puertas ya no sería como una desconocida pidiendo una oportunidad: sería parte de su equipo, con treinta días para cambiar la forma en que veían el mundo. Y aunque Alejandro Varela seguiría siendo frío y exigente, Yoselin llevaba consigo algo que él todavía no conocía bien: la seguridad de que su trabajo valía la pena.

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