Elena, una joven de veinte años que ha crecido sola y enfrentando el rechazo constante, busca desesperadamente una oportunidad para sobrevivir tras abandonar la universidad. Su camino la lleva a una mansión solitaria como sirvienta, donde su única responsabilidad es Dante, un hombre de treinta y dos años devastado por un accidente que le arrebató su movilidad y su fe en el amor.
Abandonado por su esposa cuando más la necesitaba, Dante se oculta tras un antifaz y un profundo cinismo, decidido a hundirse en su propia miseria. Sin embargo, Elena no ha llegado a su vida para compadecerlo, sino para desafiar su oscuridad. En medio del silencio y el dolor, ambos descubrirán que, a veces, la única forma de sanar las cicatrices del pasado es permitiendo que alguien más, contra todo pronóstico, se atreva a mirar nuestras heridas sin miedo.
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17.
DANTE SPENSCER
Gerald me lanzó una última mirada cargada de una falsa compasión antes de cerrar la puerta. El sonido del pestillo encajando fue como un martillazo en mis oídos. El silencio que quedó en la habitación era tan denso que sentía que me ahogaba.
—Dante, por favor, mírame —la voz de Elena temblaba. Intentó acercarse a mi silla, pero mis manos se cerraron instintivamente sobre las ruedas, retrocediendo apenas un centímetro. Fue un gesto involuntario, un reflejo de defensa ante la duda que empezaba a corroer mis entrañas.
—¿Cómo quieres que te mire, Elena? —dije, mi voz sonando extraña, ronca—. Acaba de decirme algo que destruye todo lo que creía tener contigo. Gerald no es un extraño. Él ha estado aquí toda mi vida. ¿Por qué iba a inventar algo tan vil?
—¡Porque me odia! —gritó ella, con los ojos anegados en lágrimas—. Él no soporta que tú me mires de otra manera. ¿Por qué le crees a él y no a la mujer que te entregado su inocencia?
—No se trata de creerle a él ciegamente —respondí, sintiendo cómo la amargura que había sepultado durante meses empezaba a burbujear en mi pecho—. Se trata de que he vivido esto antes. He visto cómo la gente se acerca a mí, cómo sonríen mientras esperan el momento de dar la estocada final. Pensé que tú eras diferente. Pensé que habías visto algo en mí que iba más allá del dinero, de mi condición o de lo que los demás pudieran decir.
Elena retrocedió. Su rostro, que antes brillaba con la calidez del amor, ahora era una máscara de decepción absoluta.
—Si eso es lo que piensas de mí, si realmente crees que soy capaz de jugar con tus sentimientos de esa manera, entonces no me conoces en absoluto —susurró, y cada palabra fue una punzada en mi corazón—. Me entregué a ti, Dante. Te abrí mi mundo, mi cuerpo, mis miedos... ¿Y todo se reduce a esto? ¿A que cualquier palabra de un tercero puede enterrar lo que sentimos?
—Dime una sola razón por la que debería confiar en ti por encima de alguien que nunca me ha fallado —mi tono era desafiante, pero por dentro me sentía aterrado. Me sentía otra vez como aquel joven roto tras el accidente, temiendo que mi peor pesadilla se hiciera realidad: la de ser amado solo por lástima o por interés.
Elena guardó silencio por unos segundos. Su mirada recorrió la habitación, deteniéndose en los detalles de nuestro pequeño mundo compartido, y luego se clavó en mis ojos con una frialdad que me heló la sangre.
—No tengo razones para convencerte si ya has decidido creer lo peor de mí. Me voy, Dante.
—¿Qué? —pregunté, sintiendo un vacío absoluto.
—Si para ti soy alguien capaz de coquetear con el jardinero mientras te prometo amor eterno, entonces no hay nada más que decir. Me voy. Quédate con tu mansión, con tus dudas y con Gerald. Ojalá él te cuide tan bien como yo intenté hacerlo.
Sin decir una palabra más, se giró hacia la puerta. La vi caminar, paso a paso, alejándose de mí. Cada uno de sus pasos parecía llevarse una parte de mi oxígeno. Quise llamarla, quise pedirle que se detuviera, que me perdonara por la sombra de la duda que me cegó, pero mi orgullo, esa coraza de acero que me había protegido durante años, me mantuvo inmóvil.
La escuché irse. Escuché sus pasos por el pasillo, el sonido de su puerta al cerrarse y, poco después, el sonido de sus pasos bajando la escalera.
Me quedé solo. El silencio se volvió ensordecedor. Miré hacia la mesa, donde aún descansaba la computadora que había estado usando para intentar construir un futuro a su lado. Me sentí un tonto, un imbécil. Me había enamorado. Había bajado la guardia por primera vez después del accidente y, tal como mi lógica cínica siempre me advirtió, el resultado era el mismo: el abandono.
Cerré los ojos, tratando de no imaginarla saliendo de la casa, tratando de no pensar en el vacío que quedaría en ese cuarto oscuro y sin ventanas donde ella dormía. "¿Otra vez?", me pregunté, sintiendo que la oscuridad volvía a cerrarse sobre mí. "Otra vez solo. Otra vez roto".
Gerald entró un momento después, con la bandeja del almuerzo, fingiendo una preocupación que ahora, para mis oídos, sonaba a burla. Pero no dije nada. Simplemente me quedé mirando la nada, con el corazón destrozado, convencido de que, una vez más, la historia se había repetido.