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Layla, La Pincesa Guerrera De Al-Jazair

Layla, La Pincesa Guerrera De Al-Jazair

Status: En proceso
Genre:Pareja destinada / Romance paranormal / Época / Aventura
Popularitas:481
Nilai: 5
nombre de autor: Tatiana.

En los años de mayor esplendor de Al-Jazair, cuando la paz reinaba absoluta tras la gran victoria de Karim y Amara, el palacio real brillaba con una luz que parecía no pertenecer a este mundo. Los jardines eran eternamente verdes y floridos, las fuentes cantaban día y noche, y la gente vivía segura y feliz bajo el gobierno sabio y justo del Rey Zayn y la Reina Elena. Todos conocían y amaban la historia de su hijo mayor, Karim, el príncipe que había salido en busca de su destino, había vencido a la oscuridad y había traído la luz definitiva. Su nombre se contaba en canciones, en libros y en historias que las madres contaban a sus hijos antes de dormir.
Pero había otra historia, la de alguien que vivía en la misma sombra de esa gloria, alguien que tenía la misma sangre, la misma magia, pero un espíritu completamente distinto y salvaje. Era Layla, la hija pequeña de Zayn y Elena, nacida años después que su hermano.

NovelToon tiene autorización de Tatiana. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

RECUERDOS DE LO QUE FUI.

El amanecer tiñó el cielo de tonos pálidos y dorados, filtrando la luz entre las ramas de los árboles altos del bosque, despertando a la naturaleza con un canto suave y armonioso. Layla despertó poco a poco, sintiendo una calma y una plenitud que jamás había experimentado en su vida. Estaba abrazada contra el cuerpo cálido y fuerte de Caelen, recostada sobre su pecho, escuchando el ritmo lento y poderoso de su corazón, ese latido que le había acompañado en sus sueños más profundos.

Abrió los ojos despacio y lo miró. Él ya estaba despierto, con la cabeza apoyada en una mano, observándola con esa intensidad suya, con esos ojos azul grisáceo que ahora, bajo la luz suave de la mañana, revelaban destellos de un azul zafiro intenso, casi real. Su cabello revuelto caía sobre su frente, y las marcas antiguas grabadas en su piel parecían brillar levemente al recibir los primeros rayos del sol, como si la luz reconociera en él algo sagrado.

—Has estado mirándome todo el tiempo —dijo Layla con voz suave, sonriendo con picardía mientras acariciaba con la yema del dedo la cicatriz fina que cruzaba su ceja—. ¿Tienes miedo de que desaparezca si cierras los ojos?

Caelen le devolvió la sonrisa, una sonrisa que esta vez no tenía nada de amarga ni dura, solo ternura y una devoción absoluta que hizo que el corazón de ella se acelerara de nuevo. Pasó su mano grande y áspera por el cabello negro de Layla, apartándolo de su rostro con infinita delicadeza.

—Tengo miedo de que sea un sueño —confesó él con voz grave y profunda—. De que todo esto, tú, yo, lo que pasó anoche… sea solo una de esas visiones extrañas que a veces vienen a mi mente y que se desvanecen al despertar. Porque nada de esto tiene sentido, Layla. Un hombre como yo, sin pasado, sin nombre, sin nada… no debería tener el derecho de tocarte, ni de sentir lo que siento.

Layla se incorporó sobre sus brazos, quedando sentada a horcajadas sobre sus caderas, desnuda, hermosa y segura de sí misma, con el sol iluminando su piel y haciendo brillar sus ojos color avellana con fuego propio. No le importaba estar desnuda ante él; al contrario, sentía que esa desnudez era la mayor verdad entre los dos.

—Deja de decir eso —le ordenó ella con firmeza, pero con dulzura, poniendo sus manos sobre el pecho de él, justo encima de aquellos símbolos grabados que brillaban suavemente—. Mírate, Caelen. Mira lo que eres, no lo que la gente cree que eres. Anoche vi tu magia. Vi cómo tu cuerpo reacciona a la luz, vi lo que sabes, lo que eres capaz de hacer y de dar. Ningún plebeyo, ningún huérfano, ningún hombre de la frontera tiene esto. Ninguno sabe amar como tú lo hiciste, ni conoce los secretos del cuerpo y del alma como tú los conoces. Algo te lo enseñó. Algo te lo dio. Y voy a descubrir qué es.

Caelen suspiró, y por primera vez, no apartó la mirada ni cerró su corazón ante sus palabras. Parecía que la barrera que había construido durante años y años se estaba rompiendo, derribada por la fuerza de esa mujer que había llegado de la nada para cambiarlo todo. Se sentó también, quedando cara a cara con ella, y cubrió las manos de ella con las suyas, entrelazando sus dedos grandes con los de ella.

—Está bien —dijo él finalmente, con voz cargada de emoción y miedo a la vez—. Te lo contaré. Te diré todo lo que recuerdo, todo lo que he guardado en silencio porque creía que estaba loco o que era un monstruo. Pero te aviso, Layla… lo que vas a escuchar es extraño, confuso y puede que peligroso.

Hizo una pausa, cerró los ojos un instante, como si buscara en los rincones más oscuros de su mente, y luego empezó a hablar, con voz baja y profunda.

—No tengo recuerdos claros de antes de mis ocho o nueve años. Lo primero que recuerdo es despertar en un bosque espeso, frío y oscuro, solo, con ropas finas que estaban rotas y sucias, y con este dolor aquí, en la cabeza, como si me hubieran golpeado o como si me hubieran quitado la memoria a la fuerza. Llevaba puesto un collar de oro con una piedra azul, pero cuando llegué al pueblo, los hombres que me encontraron me lo quitaron, se pelearon por él y nunca más lo vi. Me llamaron "el niño perdido", "el niño sin nombre". Nadie me buscó, nadie preguntó por mí.

Abrió los ojos y miró a Layla con tristeza.

—Crecí trabajando duro, haciendo lo que nadie más quería hacer. Pero desde pequeño, pasaban cosas raras a mi alrededor. Cuando estaba enfadado, el fuego de las hogueras crecía y cambiaba de color. Cuando estaba triste, llovía suavemente solo sobre mí. Aprendí a callarme, a ocultarlo, porque vi que la gente tenía miedo. Y además… recuerdo cosas. Fragmentos. Imágenes que no sé si son sueños o recuerdos reales. Veo grandes salones de piedra blanca, llenos de luz. Veo hombres con coronas y túnicas bordadas en oro. Oigo palabras que no entiendo, pero que salen de mi boca a veces sin querer. Palabras antiguas, de poder.

Se llevó una mano a su pecho, tocando los símbolos grabados en su piel.

—Y estas marcas… aparecieron cuando tenía quince años. Una noche, me desperté gritando, con dolor ardiente, y ahí estaban, grabadas en mi piel como si siempre hubieran estado allí, brillando en la oscuridad. Fui a los sabios de la región, a los curanderos, a los que dicen saber de magia. Todos me dijeron lo mismo: "Estas son marcas de sangre antigua, de linaje real perdido. Pero también son marcas de peligro, porque hay quienes cazan a los de tu clase para robarles su poder". Desde entonces, vivo escondido, vivo siendo nadie, para que nadie venga a buscarme. Pero… —se detuvo y la miró con intensidad—… desde que te conocí, Layla, las imágenes son más claras. Oigo más voces. Recuerdo más cosas. Y anoche… cuando te tuve, cuando nuestra magia se tocó… vi algo enorme. Vi un escudo. Un águila dorada sobre fondo azul. Vi un nombre, aunque no logro pronunciarlo bien todavía.

Layla escuchaba todo con el corazón a mil por hora, con la respiración entrecortada por la emoción y la certeza absoluta. Lo que le estaba contando confirmaba todo lo que ella había sospechado. No era un simple huérfano. Era el heredero perdido de alguna casa real poderosa, de algún reino antiguo que quizás ella misma había estudiado en los libros de la biblioteca de su padre.

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