Sin spoyler
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UN SABADO DE COMPRAS
El sábado por la mañana, Sofía disfrutaba de un raro día libre.
Después de toda una semana organizando reuniones, contratos y la agenda de Adrián, por fin podía descansar.
Todavía estaba en pijama cuando su teléfono comenzó a sonar.
Miró la pantalla.
Zoe.
Sofía sonrió.
—¿Bueno?
Del otro lado se escuchó una voz llena de energía.
—¡Sofía! ¿Ya desayunaste?
—Sí... bueno, hace un rato.
—¡Perfecto! Entonces arréglate.
—¿Para qué?
—Porque vamos de compras.
Sofía parpadeó.
—¿Qué?
—¡Shopping!
—¿Hoy?
—Sí.
—Pero...
—No acepto un no como respuesta.
Sofía soltó una pequeña risa.
—Zoe...
—Te doy una hora.
¡Nos vemos!
Antes de que Sofía pudiera responder, la llamada terminó.
La joven miró el teléfono unos segundos.
—Definitivamente se parece muy poco a Adrián...
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Una hora después...
Una camioneta negra se detuvo frente al edificio de Sofía.
El chofer descendió y abrió la puerta trasera.
Zoe salió usando unos jeans claros, una blusa blanca y lentes de sol.
En cuanto vio a Sofía, levantó ambas manos.
—¡Buenos días!
—Buenos días.
—¡Qué bonita te ves!
Sofía llevaba unos jeans azules, tenis blancos y una sencilla blusa color lavanda.
—Gracias.
—¿Lista?
—Supongo...
Zoe la tomó del brazo.
—¡Vámonos!
Subieron al vehículo.
Durante el camino, Zoe no dejó de hablar ni un segundo.
Contó anécdotas de la preparatoria.
Historias de cuando era niña.
Incluso varias travesuras que le había hecho a Adrián.
—¿Sabías que una vez escondí las llaves de su automóvil porque no quiso llevarme por un helado?
Sofía comenzó a reír.
—¿Y qué hizo?
—tenia otras.
Las dos soltaron una carcajada.
—Después me castigó una semana.
—Te lo merecías.
—Lo sé.
Pero valió la pena.
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Media hora después llegaron al centro comercial más exclusivo de la ciudad.
Sofía quedó impresionada.
—Es enorme...
Zoe sonrió orgullosa.
—Mi lugar favorito.
Entraron.
La primera tienda era una exclusiva boutique de ropa.
Una vendedora se acercó inmediatamente.
—Buenos días, señorita Zoe.
—Hola.
Hoy mi amiga necesita ropa.
Sofía abrió los ojos.
—¿Yo?
—Sí.
—Pero yo no vine a comprar.
—Ahora sí.
Las empleadas comenzaron a mostrar vestidos, blusas y chaquetas.
Sofía observaba los precios.
Su sonrisa desapareció.
—Zoe...
—¿Sí?
—Esto cuesta más que mi sueldo de un mes...
—¿Y?
—¡No puedo comprar algo así!
Zoe soltó una pequeña risa.
—¿Quién dijo que tú vas a pagar?
Sofía la miró confundida.
—Entonces...
La adolescente sacó una elegante tarjeta negra de su bolso.
La levantó con una enorme sonrisa.
—Invita mi hermano.
Sofía casi dejó caer el vestido que sostenía.
—¿Qué?
—Bueno...
Más bien...
Su tarjeta.
Sofía abrió mucho los ojos.
—¡¿Trajiste la tarjeta de Adrián?!
—Claro.
Él siempre me presta una para emergencias.
Sofía cruzó los brazos.
—Estoy bastante segura de que comprar ropa no cuenta como una emergencia.
Zoe sonrió inocentemente.
—Depende de a quién le preguntes.
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Durante las siguientes dos horas, Zoe parecía disfrutar escogiendo ropa más que comprándola para ella misma.
—¡Pruébate este vestido!
—Zoe...
—¡Y estos zapatos!
—No necesito...
—¡Y este saco!
Sofía terminó entrando al probador con una montaña de ropa.
Minutos después salió usando un elegante vestido azul.
Zoe abrió mucho los ojos.
—¡Sabía que te quedaría hermoso!
Sofía se observó en el espejo.
—Es bonito...
—¡Es perfecto!
La vendedora sonrió.
—Le queda muy bien.
Sofía miró discretamente la etiqueta.
Casi dejó de respirar.
—No...
No.
Definitivamente no.
Comenzó a quitarse el vestido.
—¿Qué haces?
—Vale demasiado.
—No importa.
—¡Claro que importa!
Zoe volvió a levantar la tarjeta.
—Mi hermano ni siquiera notará la diferencia.
Sofía negó inmediatamente.
—No.
No pienso gastar el dinero de Adrián.
Zoe hizo un pequeño puchero.
—Qué difícil eres...
—Es que no sería correcto.
La adolescente la observó unos segundos.
Después sonrió.
—Ahora entiendo por qué mi hermano confía tanto en ti.
Sofía no respondió.
Simplemente volvió a colocarse su ropa.
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Continuaron caminando por el centro comercial.
Entraron en una librería.
En una tienda de decoración.
Y luego en una cafetería.
Mientras tomaban un café helado, Zoe preguntó de repente:
—¿Te gusta mi hermano?
Sofía casi se atragantó.
—¿Qué?
—Solo pregunto.
—Es... mi jefe.
—Eso no respondió mi pregunta.
Sofía comenzó a jugar con el vaso.
—Adrián es una buena persona.
—Lo sé.
Pero eso tampoco responde.
Sofía guardó silencio.
No sabía qué decir.
Zoe sonrió con ternura.
—No te preocupes.
No voy a decirle nada.
Sofía suspiró aliviada.
—Gracias.
—Aunque...
Creo que él tampoco es tan indiferente contigo.
Sofía levantó la vista.
—¿Por qué dices eso?
—Porque llevo diecisiete años viviendo con él.
Y nunca lo había visto invitar a cenar a una mujer solo para disculparse.
Ni confiarle su agenda.
Ni sonreír tanto.
Sofía sintió que sus mejillas se ponían rojas.
—Tal vez solo somos buenos amigos.
Zoe sonrió.
—Tal vez.
Pero los buenos amigos no suelen mirarse como ustedes.
Sofía bajó la mirada sin saber cómo responder.
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Mientras tanto...
En la mansión familiar.
Adrián revisaba unos documentos cuando recibió una notificación en su teléfono.
Cargo realizado con su tarjeta.
Frunció ligeramente el ceño.
Cinco minutos después llegó otro.
Y otro.
Y otro más.
Negó con una pequeña sonrisa.
—Zoe...
Tomó el teléfono y marcó.
La adolescente respondió casi al instante.
—¡Hola, hermanito!
—¿Dónde estás?
—En el centro comercial.
—Ya me di cuenta.
Ella soltó una risita.
—¿Te llegaron las notificaciones?
—Sí.
¿Se puede saber por qué hay tantos cargos?
—Estoy de compras.
—Eso también lo sé.
¿Compraste medio centro comercial?
—No.
Solo unas cositas.
Adrián sonrió resignado.
—¿Y Sofía?
Zoe miró a la joven, que en ese momento leía un libro en la librería.
—Está conmigo.
—¿La obligaste a ir?
—Tal vez un poquito.
Adrián dejó escapar una risa.
—No la hagas sentir incómoda.
—Tranquilo.
Es imposible.
Tu asistente es demasiado buena.
Por cierto...
Intenté comprarle ropa usando tu tarjeta.
¿Y?
No aceptó.
Adrián permaneció en silencio unos segundos.
Después una sonrisa sincera apareció en su rostro.
—Eso suena exactamente como ella.
—Lo sabía.
Bueno...
Ya nos vamos.
—Diviértanse.
—¡Gracias por prestarme la tarjeta!
Antes de que Adrián pudiera responder, Zoe colgó.
Él negó con la cabeza mientras sonreía.
Su hermana seguía siendo un auténtico desastre.
Pero escuchar que Sofía había rechazado gastar su dinero, incluso cuando podía hacerlo con facilidad, solo reforzaba algo que ya sabía.
Sofía jamás se acercaría a él por interés.
Y, sin darse cuenta, esa certeza hacía que cada día confiara un poco más en ella.