A los 16 años, con 100,000 personas mirándome, sé que aquella niña de 9 años que quería ser youtuber no estaba loca, solo estaba adelantada . Y la persona que menos esperaba cambio mi destino
NovelToon tiene autorización de Litaa.Randxm_Girl para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
La vigilia
La cámara revelaba más de lo que quería ver.
Pero aún no tenía fuerzas para volver a mi departamento. No podía, no así. No tenía cómo confrontar aún lo que pasaba, esa imagen de Laura sonriendo frente a mi puerta se había grabado en mi retina como una quemadura. Esa noche la pasaría en casa de Sofía, lejos de las paredes que habían empezado a sentirse como una trampa.
Sofía, con su instinto protector siempre activo, preparó la cena mientras yo estaba sentada en su sofá, con el teléfono en la mano, mirando la aplicación de la cámara una y otra vez. La imagen del pasillo vacío se repetía como un bucle. Nada se movía. Solo la luz amarillenta y las sombras quietas.
—Val, tienes que comer algo —dijo Sofía, dejando un plato de pasta humeante frente a mí—. No puedes estar toda la noche mirando ese teléfono.
Dejé el teléfono boca abajo sobre la mesa y tomé el tenedor. La pasta sabía a nada, pero masticé igual, por inercia. Cambiamos de tema, tratando de olvidar todo lo otro. Sofía habló de su trabajo, de una compañera nueva que era un desastre, de un perro que había visto en el parque. Yo asentía, reía en los momentos adecuados, pero mi mente seguía en ese pasillo, en esa sonrisa.
—Oye —dijo Sofía, inclinándose hacia mí—. Mañana vamos a la policía. Las dos juntas. No vas a enfrentar esto sola, ¿me oyes?
Asentí. Era la única opción. No podía quedarme con los brazos cruzados, y menos ahora que sabía que Laura había vivido en mi departamento, que había desaparecido, que algo estaba pasando y yo estaba en medio.
Llegó la hora de dormir. Sofía me preparó el sofá cama con sábanas frescas y una almohada extra, pero yo sabía que no iba a poder cerrar los ojos sin revisar la cámara una vez más. Me acosté, el teléfono apretado contra mi pecho, y abrí la aplicación.
El pasillo seguía vacío. La puerta de mi departamento cerrada, la de Mateo también. Todo en calma.
"¿Qué es lo que Laura quiere?", me pregunté, mirando la imagen fija. "¿Venganza? ¿Ayuda? ¿O solo quiere que alguien sepa que está ahí?"
No lo sabía. Y esa incertidumbre era peor que cualquier respuesta.
El tic-tac... tic-tac del reloj de pared de Sofía marcaba las horas en la madrugada. Cada segundo era una pequeña punzada de alerta, un recordatorio de que el tiempo pasaba y yo seguía sin respuestas. Me mantuve despierta, revisando la cámara cada pocos minutos. Nada. Solo el pasillo vacío. Solo el silencio.
A las 3:00 AM, algo se movió en la pantalla.
Mi corazón dio un vuelco. Apreté el teléfono con ambas manos, acercándolo a mi cara. La imagen se enfocó.
Era un destello, un parpadeo en la luz del pasillo. Como si alguien hubiera pasado rápido frente a la cámara. Rebobiné la grabación y la vi en cámara lenta.
Una sombra. No una figura completa, solo una mancha oscura que se deslizó de derecha a izquierda, demasiado rápida para ser humana. Demasiado pequeña para ser un adulto. Demasiado... líquida.
El escalofrío que recorrió mi espalda me dejó sin aliento. Guardé el teléfono bajo la almohada y cerré los ojos con fuerza, tratando de convencerme de que era el reflejo de algo, un truco de la luz, cualquier cosa menos lo que parecía.
Pero no pude dormir. No hasta que la luz del amanecer comenzó a filtrarse por las cortinas.
A las 7:00 AM, ya estaba despierta. Sofía se levantó poco después, frotándose los ojos y bostezando.
—¿Dormiste bien? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.
—No —admití—. Pero no importa. Vamos a la policía.
Recogí mis cosas, metí el teléfono en el bolsillo de mi chaqueta y salimos. El aire fresco de la mañana me golpeó el rostro, y por un momento, sentí que podía respirar. Sofía caminaba a mi lado, su presencia sólida y cálida, un ancla en medio de la tormenta.
Llegamos a la comisaría, un edificio gris y funcional que olía a café viejo y papel. Pedimos hablar con alguien sobre una desaparición. Nos sentaron en una sala pequeña, con una mesa de metal y sillas incómodas, y un oficial de aspecto cansado nos escuchó.
—¿Nombre de la desaparecida? —preguntó, con un bloc en la mano.
—Laura —respondí—. Laura... no sé su apellido. Pero vive, o vivía, en mi edificio. En mi mismo piso. Hay carteles por toda la ciudad.
El oficial levantó una ceja.
—¿Y qué relación tiene usted con ella?
—Ninguna —admití—. Pero he estado recibiendo cosas. Sobres, mensajes. Y la he visto en la cámara de seguridad de mi puerta. Está... está ahí. Viva. O algo parecido.
El oficial intercambió una mirada con otro policía que estaba al fondo de la sala. Luego, con un suspiro, cerró el bloc.
—Señorita, tenemos un caso abierto sobre Laura Martínez. Desapareció hace tres meses. Pero le digo algo: no es la primera. Ha habido otras chicas, en otros edificios, con patrones similares.
Mi sangre se congeló.
—¿Otras chicas? —pregunté, mi voz apenas un susurro.
El oficial asintió, y abrió un cajón. Sacó una carpeta delgada y la abrió frente a mí. Había fotos. Cuatro chicas, todas de cabello oscuro, todas de mi edad aproximada. Todas desaparecidas.
—Hemos estado investigando esto durante años —dijo el oficial, su voz baja—. Pero siempre llegamos tarde. Siempre hay una nueva. Y siempre empieza igual.
Señaló la foto de Laura.
—Ella fue la última. Hasta ahora.
Miré las fotos, sintiendo que el suelo se abría bajo mis pies. Sofía tomó mi mano y la apretó con fuerza.
—¿Y qué podemos hacer? —preguntó Sofía, su voz firme—. Ella está en el edificio. La vimos en la cámara. No puede estar desaparecida si está ahí.
El oficial cerró la carpeta y nos miró con una expresión que no supe interpretar. Era cansancio, sí, pero también algo más. Algo que parecía miedo.
—Las chicas desaparecen —dijo lentamente—. Pero sus fotos siguen apareciendo en los lugares donde vivían. Como si alguien, o algo, quisiera que no las olvidáramos.
El silencio en la sala era tan denso que casi podía cortarse. Sofía y yo nos miramos. Y en sus ojos vi el mismo miedo que sentía en mi pecho.
No era solo Laura. Era un patrón. Y yo era la siguiente en la lista.