Cuando la curiosidad te quita tu primera vida.. significa ¿que deberías cambiar? Vesta no lo cree.
*Está novela pertenece a un mundo mágico*
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Duque Reed 2
La pérgola del jardín Reed era exactamente como Vesta había imaginado.
Y al mismo tiempo, mucho peor.
Porque, por supuesto...
También era roja.
Las rosas trepaban por las columnas blancas.
Los cojines de las sillas tenían bordados carmesí.
La vajilla poseía delicados detalles del mismo color.
Incluso la tetera parecía haber sido elegida para complementar aquella obsesión familiar.
Vesta observó todo.
Luego miró al duque.
Y después volvió a mirar las flores.
—¿Hay algo en esta mansión que no sea rojo?
El duque tomó tranquilamente su taza de té.
—La nieve.
Vesta soltó una pequeña carcajada.
—De acuerdo, eso fue gracioso.
Y el duque Reed, que normalmente hacía huir a las personas con una simple mirada, descubrió que aquella joven se reía con una naturalidad desconcertante.
El té comenzó de manera sorprendentemente agradable.
Vesta habló del clima.
—El frío de Sunderland.. en estas fechas no es bueno para mi..
—Lo imaginé.
—Creo que Mercia sería más adecuada para mí.
—¿Y Sedlec?
Vesta hizo una mueca.
—Demasiado calor.
—¿Bernicia?
—Demasiado perfecta.
El duque levantó una ceja.
—¿Existe algo como "demasiado perfecta"?
—Claro.
Se inclinó un poco hacia adelante.
—Si todo es perfecto, uno termina sospechando.
El hombre permaneció unos segundos en silencio.
Luego respondió..
—Eso es... inesperadamente razonable.
Vesta sonrió orgullosa.
—Gracias.
Luego comenzó a hablar sobre otro tema.
Y sus ojos verdes brillaron.
—También estoy organizando algo.
—¿Algo?
—Una escuela.
La expresión del duque no cambió.
Pero sus ojos se volvieron más atentos.
Vesta continuó.
Le habló de los pueblos alejados.
De la pobreza que había descubierto.
Del viejo granero convertido en aula.
De los niños compartiendo un cuaderno sucio.
Y de cómo había decidido utilizar sus privilegios para ofrecer oportunidades.
—No quiero hacer algo bonito.
Sus dedos rodearon la taza.
—Quiero hacer algo útil.
El jardín quedó en silencio.
Finalmente, el duque preguntó..
—¿Desde cuándo piensa así?
Vesta parpadeó.
—¿Perdón?
Él la observó fijamente.
—Lady Vesta Dupont era conocida por ser orgullosa.
Su voz permanecía tranquila.
—Consentida. Indiferente hacia las dificultades ajenas.
Vesta bajó ligeramente la mirada.
No podía negarlo.
Porque era verdad.
—Sin embargo...
Los ojos oscuros del hombre se mantuvieron sobre ella.
—Ahora habla sobre escuelas para niños pobres. Trata a los sirvientes con amabilidad. Y muestra interés genuino por los demás.
El corazón de Vesta comenzó a latir más rápido.
Entonces el duque preguntó..
—¿Todo ese cambio fue provocado por su marca de alma?
La sonrisa de Vesta desapareció.
—¿Mi... qué?
El duque dejó lentamente la taza sobre la mesa.
—La marca de alma.
Vesta permaneció inmóvil.
—Los magos utilizan ese término para referirse a ciertas personas.
El viento movió suavemente algunas rosas.
—Personas que afirman haber reencarnado.
El rostro de Vesta palideció.
El duque continuó..
—Aunque, según la teoría mágica más aceptada, no se trata exactamente de una reencarnación.
Sus ojos oscuros no abandonaron los de ella.
—Sino del despertar de recuerdos pertenecientes a otra vida.
El mundo pareció detenerse.
Vesta sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.
[...Santo cielo..]
[...¡AY NO!]
[...¡AAAAAHHHH!]
Pensamientos comenzaron a atropellarse dentro de su cabeza.
[Me descubrió.]
[Me descubrió.]
[Me descubrió.]
[Si descubre que no soy la verdadera Vesta...]
[Lo perderé todo.]
[Mi padre.]
[Vincent.]
[Las escuelas.]
[Esta vida.]
Se obligó a sonreír.
Fue una sonrisa incómoda.
Frágil.
—N-no entiendo de qué está hablando.
El duque guardó silencio.
—Creo...
Vesta se levantó rápidamente.
—Creo que será mejor que me retire.
—Lady Vesta.
—No me siento muy bien.
Su voz tembló apenas.
—Le enviaré algún presente para agradecer nuevamente su ayuda.
Comenzó a retroceder.
—Joyas.
Asintió nerviosamente.
—O cualquier otra cosa. Puede enviar la factura a mi padre.
Se inclinó apresuradamente.
—Gracias por el té.
Y giró para marcharse.
—No se irá aún.
La voz del duque fue tranquila.
Pero firme.
Vesta se congeló.
Giró lentamente.
Y sonrió rígidamente.
—En realidad creo que sí.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
—Lady Vesta.
—No me siento bien.
—Siéntese.
—Tengo una urgencia familiar.
—No.
—Una urgencia de salud
Fingio toser..
—No.
—Una urgencia emocional.
Fingió llorar..
—Creo que necesito llorar.
El duque la observó durante varios segundos.
Y luego levantó una mano.
Movió ligeramente los dedos.
Y una pequeña llama apareció sobre su piel.
Vesta abrió enormemente los ojos.
La pequeña llama danzaba.
Viva.
Brillante.
Real.
—Lady Vesta.
La voz grave del duque permaneció serena.
—Siéntese.
—...es que..
—Aún no hemos terminado de hablar.
El rostro de Vesta perdió completamente el color.
Miró el fuego.
Luego al duque.
Luego nuevamente al fuego.
[¡ES MAGO!]
[¡ES UN MAGO!]
[¡¿POR QUÉ ES MAGO?!]
Su mente comenzó a desmoronarse.
[Pensé que había tenido suerte.]
[Era hermosa.]
[Rica.]
[Mi familia me quería.]
[Estaba ayudando a otros.]
[Sólo era un poco chismosa.]
[¿ERA DEMASIADO PEDIR?]
Y entonces llegó el pensamiento final.
[¡EL DUQUE GUAPO ME VA A QUEMAR!]
Vesta retrocedió un paso.
Mirando aquella pequeña llama con absoluto terror.
Sus ojos verdes comenzaron a humedecerse.
—Escuche.
Levantó ambas manos.
—Sé que parece sospechoso.
La llama seguía flotando sobre los dedos del duque.
—Pero no soy mala persona. No quiero destruir el reino. No estoy conspirando. No pertenezco a ninguna secta extraña. Sólo quería construir escuelas.
Su voz comenzó a acelerarse.
—Y beber té. Y comer pasteles. Y quizás conquistar a un duque atractivo.
El silencio se volvió absoluto.
La pequeña llama seguía ardiendo.
Vesta tragó saliva.
Y añadió con desesperada sinceridad..
—¡Por favor, no me queme!
El duque Reed permaneció inmóvil.
Mirándola.
La joven que había entrado en su mansión coqueteando descaradamente.
La misma que había quedado fascinada por el color rojo.
La misma que quería construir escuelas para niños pobres.
La misma que, enfrentada a un noble mago capaz de invocar fuego, no negaba preocuparse más por perder a su familia y sus proyectos que por su propia reputación.
Finalmente...
El duque llevó una mano al rostro.
Y, por primera vez en muchísimo tiempo...
Se echó a reír.
No una pequeña sonrisa.
No una breve exhalación divertida.
Una risa genuina.
Sorprendida.
Incontenible.
Y Vesta, todavía pálida como la nieve de Sunderland, lo miró horrorizada.
Porque aquello sólo confirmaba una cosa en su mente aterrada.
[Se volvió completamente loco.]
[Y los villanos guapos son muchísimo más peligrosos de lo que imaginaba.]