La Cocina de César es una apasionante novela Omegaverse donde un arrogante chef alfa acostumbrado a controlar todo se enfrenta por primera vez a un talentoso omega que, marcado por un pasado de abusos y sacrificios, se niega a caer bajo su encanto mientras trabajan juntos frente a millones de espectadores. ¿Podrá alguien como César un alfa nacido en cuna de oro conquistar a alguien como Hamlet quien no piensa unir su vida a ningún alfa?
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Café heraldo y rumores parte 2
La madre se puso avergonzada.
—No digas eso, amor. No los conoces.
—Pero mira cómo se hablan —insistió la niña, con la brutal honestidad de sus seis años—. Él lo mira bonito como papá te mira a ti.
Hamlet quiso desaparecer.
César, en cambio, se inclinó un poco hacia la niña.
—Tú sí entiendes de estas cosas, piccolina.
—César, por favor, no le des aires—murmuró Hamlet, entre dientes.
La niña sonrió triunfante y la madre se llevó una mano a la cara.
—Lo siento muchísimo.
—No se preocupe —dijo Hamlet, con una amabilidad impecable—. Los niños dicen lo que piensan.
—Y a veces tienen razón —añadió César.
Hamlet lo fulminó con la mirada.
La madre arrastró a la niña lejos de allí antes de que la situación se pusiera peor.
Cesar iba a decir algo cuando Hamlet lo interrumpió.
— Más le vale que no diga nada.
Cuando por fin salieron del supermercado, Hamlet dejó las bolsas en el maletero del coche y exhaló despacio.
—¿Te divertiste?— pregunta triunfando Cesar.
—No vuelvo a hacer compras con usted.
—Que cosas dices.
—Lo digo en serio.
—Te divertiste y yo también. Además fue muy rápido.
—Me estresé.
—Te reíste varias veces.
—Eso no tiene nada que ver.
—Fueron cinco veces... Tiene todo que ver.
—Está inventando.
—No. Las conté.
Hamlet cerró el maletero.
— Usted es rarisimo.
—Gracias otra vez.
—Definitivamente necesito cambiar de trabajo.
César lo observó unos segundos, divertido.
—No digas estupideces ...¿Café?
Hamlet lo miró como si no hubiera escuchado bien.
—¿Qué?
—Hay una cafetería aquí al lado. Podemos tomar algo antes de irnos. Modo desestresante.
—Chef... Debemos irnos. Se va a descongelar los ingredientes congelados.
—No me digas chef fuera del estudio, me hace sentir de setenta años.
—No puedo ir por café con usted.
—¿Por qué?
—Porque sigue siendo mi jefe.
—Y tú sigues necesitando cafeína. Te vi bostezar dos veces hoy.
Hamlet apretó los labios para no sonreír.
—Una vez.
—Fueron dos. También las conté.
—Eso vuelve a ser raro. ¿Siempre es así de "atento" con su personal?
—Sientete privilegiado.
Al final fueron.
La cafetería era pequeña, con dos mesas afuera y una vitrina llena de cannoli, tartas de fruta y panecillos. Un olor a café irresistible 6 croissant rellenos de todo tipo.
César pidió un espresso doble.
Hamlet, un cappuccino.
—Y dos helados —añadió César.
Hamlet lo miró.
—¿Helado?
—Si. Para este golpe de calor.
—¿Entonces para que compramos café?
—Uno para mí y uno para ti. Es la mejor combinación, ya verás.
—No quiero.
La dependienta, una chica joven de cabello negro recogido en una trenza, sonrió mientras cobraba.
—Sí quiere. Solo se está haciendo el difícil.
César apoyó un codo en el mostrador.
—¿Ves? La gente te conoce en cinco segundos mejor que yo en dos días.
Hamlet suspiró.
—Uno de vainilla entonces.
—Con pistacho —corrigió César.
—No me gusta el pistacho.
—Porque no has probado uno bueno.
Se sentaron afuera con los cafés y los helados.
Por primera vez en todo el día, el silencio volvió.
Pero no era incómodo.
Hamlet dio un pequeño sorbo al cappuccino y luego probó el helado.
Cerró los ojos un instante.
César lo miró y sonrió.
—¿Qué?
—Nada.
—Está haciendo esa cosa rara otra vez.
—¿Qué cosa?
—Mirarme como si estuviera resolviendo un misterio.
César apoyó la cucharita del café en el plato.
—Quizá lo estoy haciendo.
Hamlet sostuvo su mirada apenas un segundo más de lo necesario.
Luego apartó la vista hacia la calle.
—No hay mucho que resolver.
—Eso lo dices tú.
—Lo digo yo porque me conozco.
—Y yo porque tengo curiosidad.
Hamlet se quedó en silencio.
Se llevó otra cucharada de helado a la boca, como si eso le permitiera no responder.
César se descubrió pensando que incluso eso —el simple gesto de Hamlet comiendo helado con la mirada perdida en la calle— le parecía absurdamente encantador.
Y ahí fue cuando entendió que estaba entrando en un terreno peligroso.
Porque no se trataba solo de deseo.
No era solo el cuerpo de Hamlet, ni su boca, ni su forma de moverse.
Era la calma.
La seriedad.
La dignidad con la que se plantaba frente al mundo.
La forma en que jamás intentaba impresionarlo, ni hablar de más.
La forma en que, sin darse cuenta, lo estaba desarmando pieza por pieza.
—¿En qué piensa? —preguntó Hamlet de pronto.
César salió de sus pensamientos.
—En que mañana voy a necesitar que llegues con más hambre al programa.
—¿Por qué?
—Porque te ves demasiado bonito disfrutando la comida y la audiencia va a empezar a exigirme primeros planos tuyos.
Hamlet lo miró, incrédulo.
—Eso no fue un comentario profesional.
—No, definitivamente no.
—¿Y dice esas cosas a todos sus empleados?
—No. A ti te estoy haciendo una excepción.
Hamlet negó con la cabeza, pero no pudo evitar sonreír.
Y César sintió, con una claridad molesta y deliciosa al mismo tiempo, que si Hamlet seguía sonriéndole así, muy pronto iba a meterse en un problema del que no tendría ninguna intención deYsalir.
Cuando regresaron al coche, el cielo ya se había teñido de naranja.
Y mientras Hamlet se acomodaba en el asiento. César pensó que tal vez había ganado algo más importante que una buena audiencia o un asistente eficiente.
Tal vez, sin darse cuenta, acababa de encontrar a la primera persona en mucho tiempo con la que realmente quería compartir el final de un día y el inicio de un futuro a su lado.
Y eso...
Eso sí que era emocionante.
al día siguiente Saulo nota demasiado la cercanía entre ambos, los maquillistas empiezan a chismear,
y César se pone celoso porque un camarógrafo beta coquetea un poquito con Hamlet.
Volvieron a hacer las compras del día siguiente juntos, Hamlet casi deja caer una bolsa de espinacas.
César, la iba a recoger pero una doñita la tomó primero.
—Grazie, signora. Mi novio, quiero decir... Mi acompañante a veces es torpe.
—¡César!
Hamlet le dio un codazo suave en las costillas.
La señora se rió.
—No se ponga rojo, ragazzo. Se nota que ese hombre lo mira como si ya quisiera pedirle matrimonio.
César se echó a reír sin pudor.
Hamlet, en cambio, tomó los tomates con una rapidez sospechosa.
—Sigamos, por favor.
Cuando se alejaron del pasillo, César todavía sonreía.
—¿Te pusiste nervioso?
—No.
—Te pusiste rojo.
—Hace calor.
—Estamos en la sección refrigerada.
Hamlet se detuvo, lo miró con expresión seca y metió la lechuga en el carro.
—Si sigue molestando, lo golpeo con esto.
César soltó una carcajada tan sincera que una pareja al fondo volteó a verlo.
—Madonna santa, sí que me gusta cuando te enfadas.
Hamlet siguió caminando sin responder.
Pero tenía las orejas rojas.
Y César lo notó.
Por supuesto que lo notó.
La compra les tomó casi una hora y media.
Entre discusiones por marcas de pasta, una mini pelea porque César insistía en llevar el aceite de oliva más caro “porque el barato es un insulto a la patria”, y otra porque Hamlet quería comparar precios hasta del perejil, terminaron llenando dos carros.
—Tú fuiste pobre de verdad —murmuró César cuando lo vio revisar el precio por kilo de tres marcas distintas de arroz.
Hamlet siguió comparando. No le importaba esas conjeturas porque si lo fue.
—Y usted no.
—No, la verdad no.
—Se nota.
—¿Por qué?
—Porque echó trufa al carrito como si fuera yogur.
—La trufa es una necesidad espiritual.
Hamlet soltó una risa, cansada pero real.
—Tiene un problema.
—Tengo dinero, que es diferente. Y... Puedo compartirlo.
Hamlet se le queda mirando, no se atreve a hacerle ninguna pregunta porque ya sospecha que anda echándole los perros atrás.