Traicionada por su propia hermana y sacrificada como moneda de cambio por su familia, Selena Sanches vio cómo sus sueños de amor se derrumbaban cuando Ingrid falsificó sus exámenes prenupciales.
Considerada “estéril”, Selena fue descartada por Cássio Álvarez, el hombre que juró amarla y con quien iba a casarse… pero él decidió casarse con Ingrid sin dudarlo.
Humillada y sin apoyo, Selena creyó que nada podía empeorar, hasta que su padre la ofreció como esposa al misterioso y temido Henrico Garcês, un mafioso al que nadie jamás se atrevía a mirar a los ojos. Un hombre que vive en las sombras, rodeado de rumores, poder… y peligro.
Ahora, unida a un desconocido que inspira tanto miedo como fascinación, Selena deberá descubrir si este matrimonio forzado será su ruina…
o su salvación.
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Capítulo 6
El jardín de la casa Garcês estaba irreconocible: linternas de cristal flotaban entre los árboles, filas de sillas forradas de lino blanco se alineaban como soldados, y un arco de flores blancas y follaje importado se erguía como un altar de suspenso. Henrico había pedido discreción, pero la discreción nunca excluía el refinamiento. Todo allí decía riqueza, poder y control absoluto.
Los invitados murmuraban en pequeños grupos, susurrando nombres, intercambiando teorías sobre el hombre que nadie había visto. Había aristócratas del submundo, empresarios de quienes se sabían historias dudosas, y algunos parientes de fachada —cada rostro serio como quien aguarda un veredicto. Curiosidad y miedo se mezclaban en el aire cálido de la noche.
Selena ya estaba en el centro del pasillo, vestida como una imagen viva de porcelana. Caminaba al lado de Rodrigo, los pasos medidos, el velo deslizante, el rostro compuesto. A su alrededor, las cámaras privadas —las del jefe, no las de la prensa— captaban cada movimiento con frialdad. Ella aguardaba que el novio entrara en el altar, pero había en sus manos una firmeza nueva: si Henrico no aparecía para honrar la ceremonia como hombre, ella se marcharía. Y no por orgullo —por principio.
Del otro lado, Marcello circulaba como una sombra atareada. Pasó por la línea de sillas y subió al pequeño escenario para hablar bajo al oído del maestro de ceremonias.
—Señor Henrico —susurró él en la radio—, pedí que la novia entrara, pero ella se negó. Dijo que solo entra cuando el señor esté en el altar.
La voz de Henrico, por la radio, era calma como acero.
—Déjala esperar. Aquí quien dicta las reglas soy yo.
Media hora pasó en murmullos. La paciencia de algunos invitados aflojaba; el cuchicheo cruzaba la platea: “¿vendrá?”, “¿por qué demora?”, “¿será una prueba?”. Rodrigo miraba a la hija con aprehensión creciente. Patrícia, al lado de Ingrid, intentaba mantener la sonrisa protocolar, pero las manos temblorosas denunciaban ansiedad.
—Padre —dijo Selena en un tono bajo, cuando Rodrigo se acercó—, no voy a entrar sin él. Nunca vi a una novia cruzar el altar sin que el novio esté presente. Si él no aparece en 15 minutos, me voy.
Rodrigo la miró, contrariado.
—Hija, Henrico es peligroso. Haz como te digo.
Ella respondió solo con la misma firmeza. No era rebeldía —era ley de quien había tenido la propia vida tomada antes. Selena prefería la libertad de la carretera al matrimonio sin rostro.
Marcello volvió, la preocupación marcando el rostro. Se acercó a Henrico por última vez, ahora con urgencia.
—Señor —dijo por fin—, ella insiste. Si el señor no está en el altar en quince minutos, ella se marchará. Parece serio.
Silencio en la oficina de Henrico. Cuando vino la respuesta, fue tan suave como amenazadora:
—Está bien. Voy a ceder esta vez. Pero ella pagará por eso.
Y pagaría —pensó Marcello, sin entender aún en qué moneda el patrón se refería.
Algunos minutos después, con la pompa del lugar prendiendo el aliento de todos, las puertas se abrieron lentamente. Una figura entró, envuelta en un aura que apagó el murmullo: Henrico Garcês.
Al contrario de las leyendas susurradas, él no era viejo ni grotesco. Era un hombre de presencia inmediata: alto, hombros anchos, traje oscuro que parecía tallado en su piel, rostro esculpido en trazos regulares y una mandíbula firme. El cabello corto, y ojos que parecían piedra líquida —bonitos y peligrosos al mismo tiempo. Había en él la combinación mortal de juventud y autoridad; la edad sugerida rondaba los treinta y pocos, y la energía en él recordaba a un predador en pleno dominio.
El aire cambió. Patrícia e Ingrid, sentadas próximas, intercambiaron una mirada que mezclaba sorpresa y envidia; hasta Cássio quedó impresionado, apretó los dedos en el brazo del asiento.
—Madre, qué hombre más lindo, no es ningún calvo y barrigudo como todos decían, él es muy guapo.
—Hija compórtate, tu marido está ahí a tu lado.
—Esta Selena, tiene mucha suerte, el hombre más rico de esta región, y por lo visto el más bonito, elegante y atractivo.
Henrico caminó con pasos medidos, como quien conoce el escenario y al público lo suficiente para no necesitar mirarlos. Cuando alcanzó la primera fila, el sonido se apagó; solo restaba el latir del propio corazón. Él ocupó el lugar en el altar como si tomara posesión de una silla de mando. Su expresión era impasible, pero un leve arqueamiento de la boca indicó que observaba, evaluaba.
En el momento en que Rodrigo dio aquel paso final al lado de la hija para entregarla, Henrico alzó los ojos y vio a Selena de frente. Por un instante, el tiempo pareció ceder. Él, que antes juzgara a la novia una mercader de ventajas, experimentó una inquietud inesperada —no por cariño, sino por sorpresa. Selena estaba espléndida, sí; había algo en ella que no se compraba ni se vendía: dignidad, un juego de luz y retroceso en los ojos que lo jaló a pensar.
“Esa debe ser una interesada,” pasó por su mente en un relámpago, “quiere dominarme con belleza y nombre.” Pero luego la sombra de su comando volvió. Él no permitiría ser dominado. La ceremonia tendría el ritmo que él dictara. Ella conocería, tarde o temprano, quién era Henrico Garcês —y si hubiese delincuencia, él la hará conocer el precio.
La voz del celebrante cortó el momento cargado: formalidades, votos lavados de pasión y, por fin, el apretón de manos que sellaría alianzas y silencios. La expectativa explotó en aplausos contenidos cuando el acto se consumó: esposo y esposa, en nombre de la familia y del poder.
—¡Puede besar a la novia! —dijo el celebrante.
Selena que había olvidado este detalle del beso, se puso nerviosa, no estaba preparada para besar a un extraño, aún más siendo Henrico, sería más fácil si fuera el calvo y barrigudo. Aquel hombre le causaba miedo.
—Será que podemos saltar esta parte del beso, nos mal nos conocemos. —Dijo Selena, en la esperanza que Henrico escuchara.
Henrico vio allí la chance de dar el primer castigo a ella por ya querer llegar imponiéndose, él iba a mostrar a ella ahora que quien dicta las reglas es ella.
Él pasó la mano por el rostro de Selena, y la jaló para más cerca.
Sus labios se encontraron, y el beso fue largo. Selena intentó alejarse, más fue impedida por él.
Después de casi un minuto fue que él se alejó.
Selena sonrió, corto, de lado de labio —una sonrisa que no era de alegría, sino de sobreviviente. Rodrigo apretó el brazo del yerno con satisfacción visible. Ingrid, forzando el encanto, lanzó miradas y cumplidos; Patrícia, con aires de madre triunfante, anotaba mentalmente las futuras ventajas.
Henrico, por su parte, no sonrió. Observaba todo como un comandante que ya había colocado las piezas en el tablero. Dentro de él, planeaba el primer movimiento para someter aquella nueva pieza a su juego. Y en la mirada que lanzó a Selena había promesa y advertencia: él la había tomado, pero también le diría, sin ceremonia, quién iba a mandar.
La fiesta prosiguió, en alabanzas contenidas y cumplidos medidos. El jardín brillaba bajo la luz de las lámparas, pero la verdadera claridad venía de una mirada afilada por detrás de un traje impecable —la mirada de Henrico Garcês, que acababa de surgir de las sombras y que, al mismo tiempo, hacía que el mundo entero silenciara para oírlo.