Una chica de ciudad, acostumbrada a la comodidad, la tecnología y el ritmo acelerado de la vida urbana, conoce por chat a un chico de campo. Con el paso del tiempo, las conversaciones se convierten en una hermosa historia de amor. Decidido a conocerla, él viaja para verla y ambos descubren que sus sentimientos son verdaderos. Cuando deciden construir un futuro juntos, ella debe adaptarse a una vida completamente diferente. Aprende las costumbres del campo, a cocinar en leña, a convivir con la naturaleza y a disfrutar de la tranquilidad que la rodea. Entre cambios, desafíos y nuevas experiencias, descubre una felicidad que jamás imaginó encontrar.
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Capítulo 19: El paseo de las vacas
Narra Hernán
Después de terminar la videollamada con Lilibeth me quedé acostado en la hamaca.
La verdad estaba cansadísimo.
Había madrugado a trabajar, había estado toda la mañana haciendo labores en la finca y después me puse a hablar con ella.
Sin darme cuenta cerré los ojos.
La brisa fresca que entraba por el corredor era deliciosa.
La hamaca se movía suavemente.
Y lo siguiente que recuerdo fue escuchar una voz.
—¡Oiga!
Abrí los ojos de golpe.
Era Felipe.
Mi hermano estaba parado frente a mí.
—¿Qué pasó?
—¿Qué pasó? Que está durmiendo como un tronco.
—Déjeme descansar.
—Nada de descansar.
—¿Y ahora qué quiere?
Felipe soltó una risa.
—Vaya a llevar las vacas a la otra finca.
—¿Yo?
—No, pues las vacas no se van a ir solas.
—Hermano, estoy cansado.
—Y yo también.
—Llévelas usted.
—Me toca hacer otras cosas.
Yo suspiré.
—Qué vida tan dura.
—Muévase.
—Ya voy.
Me levanté de la hamaca mientras Felipe seguía riéndose.
Fui hasta el establo y preparé el caballo.
Era un caballo noble que conocía perfectamente los caminos entre las fincas.
Le acomodé la montura.
Le di unas palmaditas en el cuello.
Y me subí.
—Bueno, vamos pues.
Empecé a reunir las vacas.
Algunas caminaban tranquilas.
Otras parecían no tener afán por nada.
Como siempre.
—Vamos pues, señoras.
Poco a poco comenzaron a avanzar.
Yo iba detrás guiándolas por el camino de tierra.
El sol estaba fuerte.
El paisaje se veía hermoso.
A ambos lados había árboles, potreros y montañas verdes.
Aquellas eran las vistas con las que había crecido toda mi vida.
Mientras avanzábamos pensé en Lilibeth.
Y sonreí.
Todavía me parecía increíble que ya nos hubiéramos conocido.
Después de tres años hablando por fin habíamos estado juntos.
Saqué el celular un momento cuando las vacas estaban tranquilas.
Me tomé una foto montado en el caballo.
Con la gorra puesta.
Las montañas al fondo.
Y una sonrisa enorme.
Inmediatamente se la mandé a Lilibeth.
No pasó ni un minuto cuando respondió.
—¡Qué bonito!
Yo me reí.
—¿El caballo o yo?
—El caballo.
—Muy chistosa.
—Mentiras.
—Ah bueno.
—Se ve feliz.
—Lo estoy.
—¿Y trabajando?
—Como siempre.
—Pobrecito mi campesino.
—Pobrecito nada.
—Sí.
—Cuando venga le toca ayudarme.
—Ay no.
—Sí señora.
Ella respondió con varios emojis de risa.
Y yo seguí sonriendo mientras guardaba el celular.
Continué guiando las vacas hasta la otra finca.
El recorrido tomó bastante tiempo.
Algunas se desviaban.
Otras querían quedarse comiendo pasto.
Y tocaba estar pendiente de todas.
Finalmente llegamos.
Las acomodé en el nuevo potrero.
Revisé que todo estuviera bien.
Y después emprendí el regreso.
Cuando llegué a la casa ya era aproximadamente la una y media de la tarde.
Tenía hambre.
Mucha hambre.
Apenas entré por la puerta sentí el olor del almuerzo.
—¡Qué rico huele!
Mi mamá apareció desde la cocina.
—Llegó el vaquero.
—Y con hambre.
—Eso me imaginé.
Felipe estaba sentado en la mesa.
—¿No se perdió por allá?
—Casi.
—Mentiroso.
—Un poquito.
Todos comenzaron a reírse.
Me senté en mi lugar.
Y mi mamá me sirvió el almuerzo.
Había arroz.
Fríjoles.
Carne.
Ensalada.
Y jugo.
La verdad parecía un banquete después de toda la mañana trabajando.
—Gracias, mamá.
—Coma bastante.
—Eso pienso hacer.
Comencé a comer con ganas.
Estábamos todos hablando cuando de repente escuchamos unos pasitos pequeños acercándose.
Era Miguel Ángel.
Mi sobrino.
Ya tenía tres años y era la alegría de la casa.
Llegó corriendo hasta donde yo estaba.
—Tíoooo.
—Hola, campeón.
Se acercó sonriendo.
Y se apoyó en mi pierna.
—Tío.
—¿Qué pasó?
Me miró muy serio.
Como si fuera a decir algo importantísimo.
—El sábalo...
—¿Qué?
—El sábalo.
Mi hermano empezó a reírse.
—El sábado, mijo.
—Sí, el sábalo.
Todos nos reímos.
Miguel Ángel siguió hablando.
—El sábalo me van a hacel mi cumpleaños.
—¿Sí?
—Sí.
—Qué bueno.
—Y tiene que il.
—¿A dónde?
—A mi cumpleaños.
—Claro que voy.
Entonces el niño sonrió feliz.
Y dijo:
—Y tlaiga a Lilibé.
Yo casi me atraganto con el jugo.
Todos comenzaron a reírse.
—¿Qué dijo?
—Que traiga a Lilibeth —respondió Felipe entre risas.
Miguel Ángel asintió.
—Sí.
—¿Y para qué?
—Polque sí.
—Ah bueno.
—Quielo conocela.
Mi mamá se tapó la boca para no reírse.
Sara también estaba sonriendo.
Y Felipe prácticamente se estaba muriendo de la risa.
—¿Escuchó, hermano?
—Sí.
—Ya tiene invitación oficial.
Yo miré a Miguel Ángel.
—¿Y usted quiere conocerla?
—Sí.
—¿Mucho?
—Mucho.
Todos volvimos a reírnos.
La verdad era imposible no hacerlo.
El niño estaba completamente convencido.
—Bueno —le dije—. Voy a ver.
—Sí.
—No prometo nada.
—Sí.
—¿Y si no puede?
Miguel Ángel se quedó pensando.
—Sí puede.
Todos estallamos en carcajadas.
Porque para él la solución era así de sencilla.
Si quería que fuera, entonces iba.
Y punto.
Mientras seguíamos almorzando, observé a mi familia alrededor de la mesa.
Mi mamá sonriendo.
Felipe molestando como siempre.
Sara riéndose.
Miguel Ángel hablando de su cumpleaños.
Y pensé que la vida, aunque sencilla, era bastante bonita.
Especialmente ahora que también tenía a Lilibeth para compartir todos esos momentos.