Hay una razón por la que el Emperador Celestial jamás tomó una emperatriz.
No fue porque no pudiera amar.
Fue porque la perdió.
Treinta mil años después...
ella despierta sin recordar quién es.
Y él está dispuesto a poner de rodillas a los siete reinos para conseguir que vuelva a mirarlo como antes.
El problema es que ella ya eligió al hombre equivocado.
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Capítulo 19 : La niña de los ojos grises
El Purgatorio despierta antes que yo.
No necesito abrir la ventana para saberlo.
Las voces llegan desde el patio principal mucho antes de que el sol plateado termine de iluminar los corredores. Hay pasos apresurados, armaduras chocando unas contra otras y un murmullo constante que recorre todo el palacio como una corriente imposible de detener.
Permanezco unos segundos acostada, observando el techo.
Algo ocurrió.
Y, por alguna razón, tengo la extraña sensación de que ya conozco la respuesta.
Me incorporo despacio, todavía con aquella frase dando vueltas en mi cabeza.
"Cuando vuelvas a olvidarme... volveré a enamorarte."
Aprieto los ojos con fuerza.
Ya ni siquiera sé si fue un sueño.
Empiezo a sospechar que los recuerdos y los sueños dejaron de ser cosas distintas.
---
Apenas cruzo el corredor, el movimiento confirma mis sospechas.
Sirvientes cargando bandejas.
Guardias ocupando sus puestos.
Mensajeros corriendo de un lado a otro.
Incluso Seraphine parece más seria de lo habitual.
Detengo al primer muchacho que pasa junto a mí.
—¿Qué ocurrió?
El joven me mira sorprendido.
—¿No lo sabe?
—Empiezo a cansarme de que todos me respondan con otra pregunta.
Esboza una sonrisa nerviosa.
—Su Majestad regresó esta madrugada.
Mi corazón da un salto absurdo.
Vuelvo a sentir esa sensación incómoda.
Como si algo dentro de mí hubiera estado esperándolo sin pedirme permiso.
—Gracias.
Continúo caminando.
Cinco pasos después...
me descubro buscando inconscientemente el jardín.
Resoplo.
—Ridícula.
—¿Con quién discutes ahora?
Levanto la cabeza.
Gabriel aparece con la tranquilidad de siempre.
Cruzo los brazos.
—Con una persona bastante terca.
—¿Y quién va ganando?
—Lamentablemente...
ella.
Gabriel deja escapar una risa.
—Eso explica muchas cosas.
Intento no sonreír.
Fracaso.
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El patio principal está lleno.
Nunca había visto tanta gente reunida.
Las filas de guardianes permanecen inmóviles.
Los consejeros hablan en voz baja.
Los generales esperan junto a la gran escalinata.
Todo el mundo mira hacia la entrada principal.
Yo también.
No debería.
Lo hago de todos modos.
Primero aparecen varios soldados.
Después algunos consejeros.
Y finalmente...
Azrael.
Mi respiración se interrumpe.
Camina exactamente igual que siempre.
La espalda recta.
Las manos detrás de la espalda.
El rostro sereno.
Como si el paso de los días no hubiera conseguido alterar absolutamente nada en él.
Durante un instante olvido dónde estoy.
Pienso que levantará la vista.
Que nuestras miradas volverán a encontrarse.
Después de aquel beso...
después de aquellas palabras...
al menos eso.
Solo eso.
Pero no ocurre.
Azrael pasa frente a mí.
No disminuye el paso.
No gira la cabeza.
No parece notar siquiera mi presencia.
Continúa caminando acompañado por los generales hasta desaparecer al final del corredor.
Permanezco inmóvil.
No sé cuánto tiempo.
Lo suficiente para descubrir que la decepción pesa mucho más cuando una misma se había encargado de crear las expectativas.
Qué tonta.
¿Qué esperaba?
¿Que el hombre que gobierna los Siete Reinos interrumpiera una ceremonia oficial por mí?
Bajo la cabeza.
No tengo derecho a sentirme decepcionada.
Y, aun así...
me duele.
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Intento convencerme de que no me importa.
Me refugio en la biblioteca.
Ordeno pergaminos.
Ayudo a Gabriel.
Escucho apenas la mitad de lo que me dice.
Mi cabeza sigue atrapada en aquel pasillo.
En aquella mirada que nunca llegó.
Cuando salimos al patio lateral escucho dos voces.
No debería prestar atención.
Lo hago.
—¿Ya la viste?
—Sí.
Es preciosa.
—Tiene los mismos ojos que él.
Mi cuerpo se tensa.
Las dos mujeres siguen hablando mientras riegan unas flores.
—Dicen que llegó con el Emperador.
—¿Será su hija?
El aire desaparece de mis pulmones.
No.
No puede ser.
¿Su hija?
La idea resulta absurda.
Y, sin embargo...
también completamente posible.
Treinta mil años.
Ha tenido tiempo de vivir miles de vidas.
De amar.
De formar una familia.
De olvidar.
Entonces...
¿por qué nunca pensé en esa posibilidad?
¿Por qué me molesta tanto haberlo hecho ahora?
Gabriel dice algo a mi lado.
No lo escucho.
Solo puedo pensar en una pregunta.
¿Hubo alguien antes que yo?
No.
La pregunta está mal.
¿Hubo alguien...
para quien también sonrió de esa manera?
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No debería seguirlo.
Pero termino haciéndolo.
No para enfrentarlo.
Ni siquiera para hablarle.
Solo necesito comprobar si el rumor es cierto.
Lo encuentro en uno de los patios interiores.
Estoy demasiado lejos para distinguir los detalles.
Solo veo una figura pequeña correr hacia él.
Cabello oscuro.
Vestido claro.
La figura se lanza directamente a sus brazos.
Azrael la recibe sin dudar.
La levanta con una facilidad que me desarma por completo.
Desde esa distancia resulta imposible calcular la edad.
Podría ser una muchacha joven.
Podría ser una niña.
Lo único que alcanzo a distinguir es la expresión de Azrael.
Sonríe.
De verdad.
No la pequeña curva en los labios que alguna vez me dedicó.
No.
Esta sonrisa nace en sus ojos.
Transforma por completo su rostro.
Él aparta con infinita delicadeza un mechón de cabello del rostro de aquella pequeña figura.
Después besa su frente.
Ella ríe.
Y él...
ríe con ella.
Siento un vacío extraño.
No porque quiera ocupar su lugar.
Porque nunca había visto esa versión de Azrael.
Una versión cálida.
Ligera.
Humana.
Y descubro que duele pensar que quizá nunca estuvo destinada a conocerla.
La figura gira apenas un instante.
Ahora sí puedo verla mejor.
Es una niña.
No tendrá más de siete años.
Los ojos grises brillan mientras vuelve a abrazarlo.
Respiro.
Sin darme cuenta había estado conteniendo el aire.
Pero el alivio dura muy poco.
Porque las palabras de las sirvientas regresan como un golpe.
"¿Será su hija?"
Bajo la mirada.
No sé por qué esa idea me rompe por dentro.
No es la niña.
Es todo lo que esa posibilidad significa.
Si realmente es su hija...
entonces hubo una mujer.
Una mujer a la que miró así.
A la que sonrió así.
A la que quizá también le prometió cosas imposibles.
Y, por primera vez desde que desperté en el Purgatorio...
dudo de él.
No de sus palabras.
Del lugar que ocupan esas palabras.
¿Y si nunca fueron solo mías?
Retrocedo despacio antes de que pueda descubrirme.
No quiero seguir mirando.
Porque temo que, si lo hago...
termine convenciéndome de algo que todavía no estoy preparada para aceptar.
---
—Nirvana.
La voz de Gabriel me alcanza cuando ya estoy cruzando el corredor.
No me detengo.
Él camina a mi lado sin insistir.
Agradezco el silencio.
Hasta que habla.
—No todo lo que ves... significa lo que crees.
Levanto la vista.
—¿De qué hablas?
Gabriel mantiene la mirada al frente.
—De nada.
Hace una breve pausa.
—Solo recuerda que, en este lugar la verdad suele llegar después de los rumores.
Quiero hacer más preguntas.
Pero él ya no dice una palabra más y yo tampoco.
Porque, por primera vez desde que conocí a Azrael...no tengo miedo de descubrir quién fui.
Tengo miedo de descubrir que quizá nunca fui tan importante para él como empecé a creer.