Elena San Román es la esposa abnegada de Julián Ferrara, el heredero de un imperio hotelero. Ella lo dio todo: dejó su carrera como arquitecta para apoyarlo y cuidó de su madre enferma. Sin embargo, el día de su tercer aniversario, Elena descubre que Julián nunca la amó. Él solo se casó con ella para cumplir una cláusula del testamento de su abuelo y así obtener la presidencia.
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El espejismo de cristal
Punto de vista de Elena
El sol de la tarde se filtraba a través de los ventanales de doble altura de la mansión Ferrara, bañando la sala principal en un tono dorado que recordaba al champán de la mas alta calidad. Me detuve un segundo frente al espejo del recibidor, ajustando los pliegues de mi vestido de seda color perla. Era un diseño sobrio pero exquisito, el tipo de prenda que una "esposa perfecta" debe usar para recibir a su esposo después de un día de arduo trabajo.
—¿Todo listo, Rosa? —pregunté, sin apartar la vista de mi reflejo.
—Todo impecable, señora Elena —respondió el ama de llaves con una sonrisa que destilaba una mezcla de lástima y respeto—. Las rosas blancas acaban de llegar de la floristería, tal como usted pidió. El vino está listo y el chef ya tiene el solomillo a punto.
Asentí, sintiendo un leve cosquilleo de orgullo en el pecho. Hoy cumplíamos tres años de matrimonio. Mil noventa y cinco días desde que caminé hacia el altar para unir mi vida a la de Julián Ferrara. Recordaba los titulares de aquel entonces: "La boda del siglo: El heredero de los hoteles Ferrara se casa con la hermosa furura arquitecta Elena San Román.
Aquel día, Julián me juró que no solo construiríamos edificios, sino un imperio de amor. Y yo le creí. Le creí tanto que, cuando su madre enfermó seis meses después, no dudé en renunciar a mi puesto en la firma de arquitectos para dedicarme a cuidar de la mujer que me había dado al hombre de mis sueños. Le creí tanto que, cuando él me pidió que le cediera la administración de las tierras de mi familia para "expandir el patrimonio común", firmé los documentos sin leer la letra pequeña, con la pluma impulsada por la confianza absoluta.
Subí a la planta alta. El pasillo estaba adornado con fotografías de nuestros viajes: París, Tokio, las Maldivas. En todas, Julián me abrazaba por la cintura y yo sonreía como si tuviera el mundo en mis manos. Y es que lo tenía. Mi vida era la envidia de las páginas sociales de la ciudad. Era la anfitriona perfecta, la nuera devota y, sobre todo, la roca sobre la que Julián había construido su ascenso a la presidencia de los Hoteles Ferrara.
Entré en nuestro dormitorio, que olía a su colonia de sándalo y a lavanda. Sobre la cama, había dejado una pequeña caja de terciopelo azul. Era mi regalo para él: un reloj de edición limitada que había rastreado durante meses. Pero lo que más me emocionaba no era el objeto, sino la noticia que guardaba en el bolsillo de mi bata.
Llevé mi mano instintivamente a mi vientre, todavía plano. Dos rayas rosas en un test de farmacia eran el sello final a nuestra felicidad. "Un heredero para los Ferrara", podía imaginarme ya los brindis.
Escuché el sonido del motor de su auto deportivo en la entrada. Mi corazón dio un vuelco, igual que la primera vez que lo vi en la facultad. Julián era la propia imagen de la elegancia masculina: mandíbula tallada, ojos oscuros que parecían leerte el alma y una seguridad que rozaba la arrogancia.
Bajé las escaleras casi volando, con la sonrisa ensayada y el corazón desbocado. Pero al llegar al recibidor, Julián no entró solo. Venía con Sofía, mi mejor amiga desde la infancia, la mujer que me había acompañado en cada etapa de mi vida.
—¡Julián! ¡Sofía! Qué sorpresa —dije, extendiendo mis manos hacia ellos—. Sofía, no sabía que vendrías, pero qué bueno que estás aquí. ¡Es nuestro tercer aniversario!
Julián no me abrazó. Ni siquiera me besó en la mejilla. Se quitó el saco y se lo entregó a Rosa con un gesto de impaciencia que no cuadraba con la fecha.
—Elena, tenemos que hablar —dijo él. Su voz era plana, desprovista de cualquier calidez—. Sofía está aquí porque es necesario que haya un testigo de confianza.
—¿Hablar? —sentí un frío repentino en el estómago—. Julián, hay una cena preparada. Tengo... tengo una sorpresa para ti. Es un día especial.
—Para mí es un día de liberación, Elena —soltó él, caminando hacia el bar de la sala para servirse un whisky doble.
Sofía se quedó de pie junto a la chimenea. No me miraba a los ojos. Ella, que siempre había sido mi confidente, ahora estudiaba sus uñas con una indiferencia que me puso los vellos de punta.
—No entiendo —balbuceé, acercándome a él—. ¿Qué está pasando?
Julián se dio la vuelta, el cristal del vaso chocando contra sus anillos de oro.
—El abuelo murió hace tres años y dejó una cláusula clara: debía estar casado durante tres años completos para asumir la presidencia permanente y heredar el fideicomiso principal. Hoy se cumple ese plazo. Hoy, la empresa es legalmente mía, sin condiciones.
—¿Y eso qué tiene que ver con nosotros? —pregunté, aunque en el fondo de mi mente una alarma empezaba a sonar con una estridencia insoportable.
—Tiene que ver en que ya no necesito simular este falso matrimonio —respondió él, dándole un sorbo a su trago—. Me aburres, Elena. Tu devoción me asfixia. Tu papel de "esposa santa" es irritante.
Me quedé petrificada. Las palabras eran como dagas de hielo. Miré a Sofía, esperando ver indignación en su rostro, esperando que defendiera a su amiga. Pero Sofía finalmente levantó la vista y sonrió. No era una sonrisa de consuelo, era una sonrisa de victoria.
—Ay, Elena, siempre tan ingenua —dijo Sofía, caminando hacia Julián y pasando su mano por el brazo de mi marido con una familiaridad obscena—. ¿De verdad creíste que un hombre como él se conformaría con una mujer que huele a caldo de hospital y que solo sabe hablar de reformas de cocina?
Sentí que el mundo giraba fuera de su eje. Julián no la apartó. Al contrario, la atrajo hacia sí y depositó un beso posesivo en sus labios, justo frente a mí, sobre la alfombra que yo misma había elegido para nuestro hogar.
—Sofía y yo hemos estado juntos desde antes de la boda —continuó Julián, mirándome con un desprecio que me hizo retroceder—. Pero ella fue inteligente. Ella entendió que necesitábamos tu apellido y tu imagen de "niña buena" para convencer a la junta directiva y al viejo. Ahora que el viejo está bajo tierra y la presidencia está firmada, tú eres un estorbo.
—Julián... estoy embarazada —susurré, las palabras saliendo de mi boca antes de que pudiera procesar si era buena idea decirlas.
El silencio que siguió fue absoluto. Julián se detuvo un segundo, pero no hubo brillo de alegría en sus ojos. Hubo una oscuridad letal.
—Eso es un problema —dijo él, volviendo a dejar el vaso sobre la mesa—. Pero no uno que no tenga solución. Mañana presentaré la demanda de divorcio. Alegaré inestabilidad mental, algo fácil de creer dado lo "obsesiva" que te has vuelto con mi madre. No obtendrás nada, Elena. Ni la casa, ni las tierras de tu familia, ni un centavo de los Ferrara.
—¡Las tierras son mías! —grité, recuperando un destello de voz—. ¡Me pertenecen por herencia!
—Eran tuyas —intervino Sofía con malicia—. Hasta que le firmaste el poder total a Julián el año pasado. Ahora son parte del activo de la corporación. Eres una extraña en esta casa, Elena. Mañana a primera hora tus maletas estarán en la puerta. O mejor dicho, lo que yo decida dejarte.
Julián se acercó a mí, su sombra cubriéndome por completo. La mirada de amor que me había vendido durante tres años se había evaporado, revelando al monstruo que siempre habitó bajo la seda.
—No intentes pelear, Elena. Nadie te creerá. Todos en el club saben que has estado "delirando" últimamente. Sofía se ha encargado de esparcir los rumores adecuados mientras tú jugabas a ser la enfermera perfecta.
Se dieron la vuelta y subieron las escaleras juntos, hacia nuestro dormitorio, dejándome sola en la sala dorada. La cena seguía caliente en el comedor, las rosas blancas seguían oliendo a paraíso, pero mi vida acababa de convertirse en un infierno.
Me desplomé en el suelo, apretando el test de embarazo en mi bolsillo hasta que el plástico se clavó en mi palma. El espejismo de cristal se había roto, y los pedazos estaban listos para cortarme la piel. La traición no era solo un acto; era una sentencia de muerte social. Pero mientras las lágrimas me nublaban la vista, un pensamiento empezó a germinar entre las ruinas de mi corazón: si ellos habían diseñado mi caída, yo diseñaría su destrucción.