Aylany, al cumplir quince años, comienza a descubrir su propio camino, enfrentando nuevos sueños, emociones y decisiones que marcarán el inicio de su propia historia.
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Capítulo 23: Confianza que crece en silencio
Pasaron casi tres semanas desde que Tomás se sentó a su lado y le entregó aquella primera rosa azul, y lo que antes parecía una situación extraña y temporal ya se había convertido en la rutina diaria del aula.
Nadie se sorprendía ya al verlos entrar juntos, compartir sus apuntes o quedarse un rato más después de clase para repasar lo visto en las materias más difíciles.
Para todos, incluida la mayoría de los profesores, era una muestra de madurez y reconciliación: dos jóvenes que habían tenido sus diferencias y que ahora lograban trabajar en armonía.
Pero esa realidad que todos veían no era más que la fachada perfecta de un plan que avanzaba con paso firme y calculado.
Para Tomás, cada día era una confirmación de que su estrategia funcionaba mejor de lo esperado.
Ya no tenía que esforzarse tanto para fingir amabilidad; los gestos pequeños se habían vuelto mecánicos, repetidos con tanta frecuencia que parecían naturales, aunque en su interior seguía reinando la misma frialdad y convicción de que todo tenía un fin.
No sentía nada por ella, ni atracción, ni cariño, ni mucho menos amor.
Cada sonrisa, cada palabra suave y cada ayuda que le prestaba era solo una herramienta para llegar a su objetivo final.
Observaba cada cambio en Aylany con la atención de quien estudia el movimiento de una pieza en un tablero de ajedrez: notaba cómo ya no se ponía rígida cuando él se acercaba, cómo le contaba detalles de su familia sin reservas, cómo le preguntaba por sus gustos y sus días con un interés genuino que no podía fingir.
Una tarde, mientras estaban en el rincón más alejado del patio, lejos de cualquier oído ajeno, sus amigos volvieron a tocar el tema que tenían pendiente.
Se apoyaron en la barandilla y hablaron con tono de complicidad, sabiendo que nadie los escucharía.
—Va mucho mejor de lo que creíamos —le dijo uno de ellos, con una sonrisa burlona—.
Ya no solo te cree, sino que busca tu compañía por sí misma.
Si sigues así, en muy poco tiempo tendrás su confianza total y entonces podremos plantearte esa apuesta más importante que te comentamos.
—No hay que apresurar el momento —respondió Tomás, encogiéndose de hombros mientras miraba a Aylany a lo lejos, que hablaba con Valeria y Camila—.
La confianza no se gana en días, sino en la constancia.
Mientras ella sienta que soy alguien en quien puede apoyarse, será mucho más fácil guiarla hacia donde queremos.
Y quiero que quede claro: yo no voy a confundir nada.
Esto sigue siendo un juego, una lección que debe aprender.
Ella sigue siendo para mí la misma chica que tiene todo sin esfuerzo, la que ocupa un lugar que no le corresponde por mérito propio.
No hay nada más entre nosotros que lo que yo decido mostrarle.
—Bueno, cuando estés listo, la propuesta sigue en pie —añadió otro con tono de reto—: si logras que te diga claramente que está enamorada de ti y que confía plenamente en lo que le dices, ganas lo que acordamos.
Y si te atreves a ir más allá, la recompensa será mucho mayor.
Pero recuerda: sin que te pillen, y sin que termines creyéndote tu propio cuento.
—Eso nunca pasará —afirmó Tomás con firmeza, sin dudar ni un segundo—.
Sé muy bien quién soy y qué quiero.
No voy a dejar que una actuación me haga perder de vista la realidad.
Esto es solo un medio para demostrar que puedo con ella, nada más.
Mientras tanto, para Aylany esos días eran una mezcla de sensaciones nuevas que le resultaban difíciles de nombrar.
Cada mañana, al entrar al aula y verlo sentado esperándola, sentía que el corazón le daba un vuelco suave y agradable.
Ya no le temía a su presencia, al contrario, empezaba a esperarla con ganas.
Cuando él le pasaba un lápiz, le explicaba un ejercicio o le dejaba una pequeña rosa azul en la mesa, sentía que una sensación cálida le recorría el pecho, algo que no había experimentado antes y que no lograba definir del todo.
Todavía no se atrevía a llamarlo amor, pero sí sabía que empezaba a verlo con otros ojos: ya no como el enemigo que le hacía daño, sino como alguien que parecía estar cambiando de verdad.
—Tienes que tener mucho cuidado —le repetía Valeria una tarde, mientras caminaban hacia la salida del colegio—.
Sigo pensando que todo es demasiado perfecto para ser verdad.
Recuerda lo que te hizo durante meses: las bromas pesadas, las mentiras, estropear tus trabajos… Eso no se borra de un día para otro.
—Lo sé, lo recuerdo cada día —respondía Aylany con voz suave, mirando al suelo mientras caminaban—. Pero también veo que hace semanas que no me hace nada malo, que me trata con respeto y que se preocupa por cómo me va.
¿No será posible que de verdad se haya dado cuenta de que no soy su enemiga? Quiero creer que las personas pueden cambiar.
—O que está preparando algo mucho peor —añadió Camila con preocupación—.
Cuanto más confíes en él, más daño podrá hacer si todo es una mentira.
Aylany asintió en silencio, sabiendo que sus amigas tenían razón, pero sintiendo al mismo tiempo que su propio corazón empezaba a tener una opinión distinta.
Cada pequeño gesto, cada palabra tranquila, cada mirada que ya no tenía odio, iban construyendo un puente que ella no quería ver, pero que no podía evitar cruzar poco a poco.
Esa misma tarde, después de que todos se hubieran ido, Tomás se quedó unos minutos más en el aula para recoger sus cosas.
Mientras ordenaba sus cuadernos, pensó en todo lo que había dicho a sus amigos y se repitió a sí mismo una vez más: No te confundas.
Esto es solo una apuesta, solo una forma de demostrar que tienes el control.
Ella no significa nada para ti.
Sacudió la cabeza para borrar cualquier pensamiento que pudiera desviarlo de su meta y salió del aula con paso decidido, listo para seguir con su plan al día siguiente, sin ningún sentimiento que no fuera el de cumplir lo que había acordado.