🚩🔞⚠️Tras cinco años de injusto exilio en las heladas estepas del norte, el implacable General Yan Jincheng regresa a la capital con un solo objetivo: vengarse de la dinastía Li. Para salvar a su familia biológica de la ejecución pública, el Segundo Príncipe, Li Xiaowei, acepta un destino humillante: convertirse en el consorte cautivo de su antiguo amor.
En un palacio militar donde el rencor y los secretos dictan las reglas, Xiaowei soportará el dolor de la servidumbre y la crudeza del cautiverio en un silencio frío. Sin embargo, lo que el general ignora es que el príncipe sacrificó su propia reputación para mantenerlo con vida.
¿Podrá el remordimiento de Jincheng sanar un cuerpo y un alma destrozados cuando la verdad salga a la luz en medio de un imperio en cenizas? Una historia BL oscura de traición, redención y amor incondicional.
HAY SUFRIMIENTO. SI NO ESTÁN LISTOS, NO LO LEAN.⚠️🔞🚩
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Jade frío
Diez días transcurrieron en un silencio asfixiante dentro de las paredes de piedra del cuartel general. Diez jornadas donde el palacio militar contuvo el aliento mientras el Segundo Príncipe, Li Xiaowei, libraba una batalla sorda contra las secuelas de la infección y el desgaste de su espíritu. Durante ese tiempo, Yan Jincheng se convirtió en una sombra distante pero omnipresente. El general no volvió a invadir el espacio del joven; permanecía fiel a su guardia de cuatro pasos, observando cómo el lino de las sábanas se teñía gradualmente del sudor de la convalecencia, pero retirando sus manos con un pánico reverencial cada vez que los ojos oscuros del príncipe se abrían en la penumbra.
En la mañana del décimo día, el viejo médico militar realizó la última inspección profunda antes de los preparativos de la ceremonia ceremonial. Jincheng permanecía al pie del lecho, con los brazos cruzados y la mandíbula tan apretada que la cicatriz de su mejilla izquierda parecía una línea de tiza blanca. Xiaowei, sentado contra la cabecera de madera, permitía los exámenes con esa rigidez aristocrática que ya era su única armadura contra el mundo.
El médico terminó de ajustar los vendajes limpios de las muñecas del príncipe y se incorporó, limpiando sus manos en un lienzo con una lentitud que delataba su propia angustia. El anciano miró al suelo antes de dirigir la palabra a los hombres en la habitación.
—La infección ha cedido por completo gracias a los ungüentos de loto salvaje, mi general —comenzó el médico en un susurro trémulo—. Las heridas internas han cerrado. Sin embargo... el daño estructural en los tendones de la cadera y los músculos de la pelvis, debido a la violencia del desgarro inicial y el esfuerzo inhumano de cargar peso físico con el cuerpo roto, ha dejado secuelas.
Jincheng dio un paso al frente de forma instintiva, con los ojos rojos.
—Habla claro —ordenó, y su voz fue un rugido.
—Su Alteza... quedará cojo —confesó el médico, encogiéndose ante el pánico del general—. Al caminar, su paso derecho perderá la simetría. No se notará de forma exagerada ante los ojos de la corte si viste túnicas largas y pesadas, pero el dolor sordo persistirá. No puedo asegurar si este daño será permanente o reversible. Debe ser tratado diariamente con masajes de aceites calientes, reposo estricto y acupuntura de agujas de plata durante los próximos meses. Si el cuerpo se somete a más tensiones, el hueso se fijará de forma errónea para siempre.
El impacto de la noticia cayó sobre la alcoba como una losa de mármol. Jincheng sintió que el suelo se abría bajo sus botas. Miró las piernas delgadas del príncipe bajo la manta blanca y una culpa corrosiva, un dolor inmenso que le oprimió el pecho, le impidió respirar. Él había destruido la andar del príncipe; la gracia divina con la que Xiaowei solía recorrer los jardines secretos de la infancia había sido quebrada por su propia brutalidad.
Xiaowei, sin embargo, aceptó la noticia en silencio.
Su rostro no mostró una sola lágrima, ni un parpadeo de indignación, ni un destello de tristeza. Mantuvo la mirada fija en el brasero de bronce, con las manos descansando sobre su regazo. Esa mirada de jade frío, esa ausencia absoluta de emociones, era su forma de demostrar que su mente ya no pertenecía a ese cuartel. Había asumido que su cuerpo era solo una cáscara vacía, el precio que debía pagar por mantener el pacto de sangre y salvar los restos de su imperio.
—Si el examen ha terminado, preparen las túnicas de la coronación —dijo Xiaowei. Su voz fue fría, limpia de cualquier calor, una melodía suave que resonó en las paredes con una indiferencia aterradora—. Los ministros no esperarán a un soberano que llora por un paso quebrado.
El Salón del Trono del Palacio de la Armonía Suprema lucía una opulencia que contrastaba de forma cruda con el aroma a humo y hierro que aún flotaba en los pasillos exteriores. Las columnas de laca roja y los dragones de oro observaban la reunión de los setenta ministros supervivientes de la antigua corte. Los hombres refinados, vestidos con sus ropas ceremoniales de invierno, se mantenían de rodillas, con la frente pegada al suelo de mármol pulido. El pánico del protocolo dominaba el ambiente; la dinastía Li se restablecía, pero bajo la sombra de las lanzas largas del ejército del norte, que flanqueaban cada una de las salidas del salón principal.
Las pesadas puertas se abrieron de par en par, y el sonido golpeó el interior como un trueno.
Li Xiaowei entró al salón. Vestía las pesadas túnicas imperiales de seda dorada, bordadas con hilos de oro que dibujaban los nueve dragones del poder soberano. Sobre su cabeza descansaba la corona ceremonial, cuyas hileras de perlas ocultaban parcialmente su rostro pálido y sus ojeras profundas. Avanzaba despacio, con una dignidad que dejó mudos a todos los presentes. Tal como el médico había advertido, el príncipe caminaba con un paso quebrado: su pierna derecha se arrastraba sutilmente, interrumpiendo la fluidez de su marcha. El dolor sordo en su vientre bajo y en su cadera se intensificaba con cada paso, obligándolo a apretar los dedos dentro de sus largas mangas para no flaquear ante los ojos de la corte. Sin embargo, el balanceo de las telas doradas disimulaba la cojera ante los ministros, transformando su herida en una marcha deliberada y severa.
Xiaowei subió los tres escalones del altar imperial con un esfuerzo sobrehumano y se sentó en el trono. Al apoyarse en los brazos del asiento, su anatomía delgada se tensó y un sudor frío brotó de su frente, pero su mirada se mantuvo fija en el centro del salón.
Fue entonces cuando Yan Jincheng avanzó desde el fondo del pasillo.
El general no vestía su capa militar negra, ni la armadura abollada de las estepas heladas; llevaba el uniforme oficial de Comandante Supremo del Imperio, pero su rostro reflejaba una sumisión absoluta que causó una tremenda conmoción entre los sabios de la corte. Caminó con paso firme hasta detenerse a tres pasos del pie del altar.
El silencio en el salón era tan absoluto que se podía escuchar el crepitar de las antorchas.
Jincheng miró hacia arriba, fijando sus ojos enrojecidos en el rostro inalcanzable del nuevo Emperador. Con un movimiento rápido y ceremonioso, desabrochó el cinturón militar de su cintura y extrajo su espada de ejecución, la misma hoja que había teñido la plaza pública con la sangre de los traidores. Sostuvo el arma de forma horizontal sobre sus dos palmas limpias y, con una solemnidad que dejó mudos a sus propios soldados, dobló las rodillas.
El demonio de la guerra se arrodilló ante el trono de Xiaowei, bajando la cabeza hasta que su frente rozó el suelo sagrado.
—Yo, Yan Jincheng, General del Ejército del Norte, entrego mis armas ante el único soberano legítimo de este imperio —anunció Jincheng, y su voz dominante resonó en todo el salón, cargada de una devoción que pretendía purgar sus propios pecados—. Ofrezco mi espada, mis tropas y mi vida a los pies de Su Majestad, el Emperador Li Xiaowei. Declaro mi lealtad absoluta y perpetua. Mis hombres serán el escudo de su corona, y mi acero castigará a cualquiera que ose dudar de su palabra.
Un murmullo de horror y asombro corrió entre los ministros oficiales que permanecían de rodillas. El pánico del protocolo era real: ver al general rebelde que había tomado la capital por la fuerza arrodillarse de forma voluntaria y entregar sus armas ante un príncipe debilitado y herido rompía todas las reglas de la lógica política. Los consejeros corruptos se miraban de reojo, comprendiendo que la relación entre el nuevo monarca y su captor ya no era la de un prisionero y su verdugo, sino una dinámicas de poder, una tensión traumática y romántica que dominaría el destino del imperio.
Xiaowei miró la espada sobre las palmas de Jincheng y luego bajó los ojos hacia la cabeza inclinada de su esposo. A pesar de la sumisión y el arrepentimiento público del general, la desconfianza seguía latiendo en el pecho del príncipe con la fuerza de una llaga abierta. Su cuerpo recordaba con demasiada crudeza el dolor de las manos de Jincheng en la alcoba y la humillación. Temía que este acto protocolar fuera solo una fachada política, una tregua temporal antes de que el monstruo regresara a reclamar su cuerpo en la penumbra de la noche.
—El General Yan puede conservar su acero —respondió Xiaowei. Su voz suave era un hilo de agua helada que recorrió el salón, carente de cualquier rastro de emoción—. Un Emperador necesita un verdugo que mantenga la paz en las fronteras. Cumpla con su deber militar, Comandante, y asegúrese de que la tierra de esta capital no vuelva a teñirse de sangre. Su lealtad ha sido registrada.
Jincheng apretó los dientes, sintiendo que el perdón público del monarca se sentía exactamente como otra corona de espinas hundiéndose en su propio orgullo. Se incorporó despacio, envainando la espada con un sonido metálico y seco, retirándose hacia un costado del altar para asumir su nuevo rol como el protector implacable del lecho imperial.
Xiaowei permaneció inmóvil en el trono, sintiendo que el peso de los nueve dragones le asfixiaba el pecho, mientras la corte se postraba ante su paso quebrado y el amanecer del Imperio comenzaba a teñirse de la desconfianza eterna entre un soberano herido y el esposo que aún buscaba la redención en la distancia de sus propios pecados.